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ARQUITECTO DE MI PROPIO DESASTRE

ARQUITECTO DE MI PROPIO DESASTRE

Status: En proceso
Genre:Romance / Comedia / Arrogante / Mujer poderosa / Malentendidos / Romance de oficina
Popularitas:7k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.

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El ex-pretendiente

...CAPÍTULO 17...

...----------------...

...SEBASTIÁN VÉLEZ ...

Un tirón violento en la base del cráneo me devolvió a la realidad. Abrí un ojo, luego el otro, y lo primero que registré fue que mi barbilla estaba pegada a mi pecho y que un hilo de baba traicionero había decidido hacer rappel por la comisura de mi boca.

—¡Maldita sea mi columna! —gemí, tratando de enderezarme mientras escuchaba cómo mis vértebras crujían como una bolsa de papas fritas—Siento que dormí en una licuadora.

Hice un esfuerzo sobrehumano para estirarme sin que el brazo vendado me recordara que Vanesa me había usado de tabla de picar. Miré a Luciana. Estaba despierta, muy digna ella en su cama, con una sonrisa sospechosamente angelical y los ojos pegados a su celular.

—Buenos días, "Guardián de la Noche" —me soltó con un tono de voz que me puso los pelos de punta—. Dormiste como un tronco. O más bien, como una motosierra vieja.

—El cansancio del héroe, Lu. No lo entenderías —dije, tratando de recuperar mi dignidad mientras me limpiaba la cara con la manga de la camisa sana—. ¿Qué hora es? ¿Pasó el doctor?

Mi celular, que estaba sobre la mesa de noche, empezó a vibrar como si tuviera una convulsión. Lo tomé con pereza. Tenía 47 notificaciones del grupo de WhatsApp de la oficina.

—¿Pero qué...? —susurré, desbloqueando la pantalla.

Lo primero que vi fue una imagen. Mi imagen. La peor imagen de mi existencia. Ahí estaba yo, en alta definición, con la boca tan abierta que parecía que estaba esperando que una mosca hiciera nido, roncando con una expresión de absoluto vacío y un parche de saliva en el hombro.

—¡LUCIANA! —grité, ahogando un alarido de horror—. ¿Qué hiciste?

—Solo compartí un poco de la realidad detrás del mito, Sebas —respondió ella, aguantándose la risa—. El público merecía saber la verdad.

Empecé a leer los comentarios de mis "queridos" compañeros de trabajo.

Gabriel: "Sebastián, te enviaré un contacto de un centro de apnea del sueño. Eso no es roncar, es pedir auxilio en código morse".

Felipe (pasante): "Lo siento jefe pero, parece un pez fuera del agua buscando oxígeno".

Ingeniero: "Arquitecto, le puse de sticker 'Modo Lunes'. Ya es tendencia en el tercer piso".

—Esto ya no me parece gracioso, Luciana ¡Soy un meme institucional! —exclamé, llevándome las manos a la cabeza—. Mi autoridad en la obra ha muerto. Ahora cuando dé una instrucción, los obreros me van a mirar y van a pensar en mis ronquidos de tractor.

Luciana soltó una carcajada de esas que te curan hasta el alma (y que por suerte ya no le causó calambres).

—Relájate, Sebas. El sticker de 'Modo Lunes' te hace ver más humano, menos egocéntrico—dijo, guiñándome un ojo—Además, Gabriel puso que hoy los cafés de la oficina van por tu cuenta por habernos dado “material de calidad”.

—Voy a cobrarle cada café a la Senadora como 'gastos médicos colaterales' —refunfuñé, aunque en el fondo verla reírse así me hacía sentir que, el tajo y el dolor de cuello habían valido la pena—Pero que sepas que la venganza es un plato que se sirve frío, y yo tengo fotos tuyas con la mascarilla de aguacate que...

—¡Ni se te ocurra, Vélez! —me advirtió, señalándome con un dedo amenazador—. Recuerda que tengo un bebé de escudo humano y estoy en reposo absoluto. No puedes atacar a una mujer embarazada.

—Tramposa —mascullé, sentándome de nuevo a su lado y tomándole la mano—. Me ganaste esta ronda. Pero solo porque no te puedo causar emociones fuertes.

No habían pasado ni diez minutos desde que me convertí en el hazmerreír de la oficina cuando la puerta de la habitación se abrió. Gabriel entró con una sonrisa de oreja a oreja, cargando una caja de donas en una mano y un bulto ortopédico en la otra.

—¡Buenos días al paciente más ruidoso del hospital! —exclamó Gabriel, dejando las donas sobre la mesa—. Sebastián, por el amor de Dios, ese sticker ya está en mi grupo de excompañeros de la universidad. Te ves... majestuoso. Como un contorsionista en película de terror.

—Ja, ja. Qué chistosos todos —mascullé, cruzándome de brazos—. Me sacrifico por la familia y recibo bullying de parte de todos.

—No te quejes, que te traje un regalo de parte de toda la oficina —dijo Gabriel, extendiéndome el bulto. Era un protector de cuello acolchado, de esos de espuma rígida—. Es para que tu próxima siesta sea ergonómica y no parezca que estás intentando lamerte el hombro.

Luciana soltó una carcajada que casi hace que el monitor pite otra vez, mientras Gabriel se ponía serio de repente, bajando el tono de voz para entrar en terreno legal.

—Fuera de bromas, Sebas, Lu... hablé con Michelle. La fiscalía no va a dar tregua. Con el ataque en el apartamento, sumado a los testigos de la obra, Vanesa no tiene escapatoria. La Senadora ya firmó el acta donde se desvincula de cualquier defensa privada; le asignarán un abogado de oficio. El juicio será rápido porque las pruebas son contundentes. Ella no va a volver a molestarlos.

Sentí un alivio real recorriéndome la espalda. La sombra de Vanesa finalmente se estaba disipando. Luciana asintió, suspirando con pesadez, y de repente su expresión cambió por completo. La risa desapareció. Sus ojos se entrecerraron y me miró con una intensidad que me dio más miedo que la locura de Vanesa.

—Sebastián —dijo, con una voz sepulcral.

—¿Qué pasó? ¿Te duele algo? ¿Llamo al médico? —me puse de pie de un salto, olvidando el dolor de cuello.

—Quiero una arepa con queso del restaurante de doña Antonia —sentenció ella, sin parpadear—Esa que tiene el queso derretido por fuera y está doradita. La quiero de verdad.

Gabriel y yo nos quedamos congelados. El restaurante de doña Antonia queda al otro lado de la ciudad, y a esta hora el tráfico es un safari de cemento.

—Amor, son las siete de la mañana... Doña Anto abre a las ocho y... —intenté razonar.

—Sebastián Vélez —me interrumpió ella, señalando su vientre con una autoridad divina—. El heredero ha hablado a través de mis papilas gustativas. Si no recibo esa arepa en los próximos cuarenta minutos, no respondo por mi estabilidad emocional. Y recuerda que el doctor dijo: "Cero estrés para Luciana".

Miré a Gabriel buscando ayuda. Él simplemente se encogió de hombros, tomó una dona y me dio una palmadita en la espalda.

—Bienvenido a la paternidad, amigo —se burló Gabriel—. Yo me quedo aquí cuidándola y hablándole de las cosas graciosas que hacen los gemelos. Tú ve a pelearte con el tráfico de la ciudad por esa arepa. ¡Y tráeme una a mí también!

—Esto es un complot —refunfuñé, agarrando las llaves del auto y mi nuevo protector de cuello—¡Me voy! Pero si me ponen una multa por exceso de velocidad, la va a pagar el fondo de pañales.

Salí de la habitación escuchando las risas de mi esposa y mi mejor amigo a mis espaldas. Mi primera misión oficial como "mandadero del bebé" había comenzado.

...----------------...

Llegué al restaurante de doña Antonia con el protector de cuello puesto —porque, honestamente, me daba un aire de víctima herida que pensaba explotar— y me encontré con lo que más teme un hombre con una esposa embarazada y antojada: una fila que doblaba la esquina. Había más gente esperando por un desayuno que en un concierto gratuito de reguetón.

—¡Doña Antonia! ¡Mi sol! ¡Mi salvación! —exclamé, abriéndome paso con una sonrisa que ensayé en el espejo del ascensor—. ¡Míreme! Vengo de la guerra, herido en combate, con el cuello torcido y una mujer en el hospital que si no come su arepa en quince minutos, me pide el divorcio y se lleva al heredero.

Doña Teresa, que me conoce desde que era un estudiante muerto de hambre, me miró por encima de sus gafas con diversión, mientras ayudaba a doña Antonia con los pedidos.

—Ay, mi Sebitas... siempre tan dramático. Pase por el lado, mijo, que a una mujer antojada no se le hace esperar.

Estaba a punto de celebrar mi victoria táctica cuando, al girarme hacia la barra, mi felicidad se apagó. Mis ojos se toparon con un tipo que parecía sacado de un catálogo de ropa de invierno pretenciosa. Un tipo con un complejo de Johnny Bravo mal curado, peinado con un galón de gel y una bufanda de seda que en el calor de esta ciudad era un insulto al sentido común.

Era Enrique Fonseca.

Sentí un sabor amargo en la garganta. Este era el tipo que la familia "ausente" de Luciana adoraba. El "partido perfecto" que sus padres, instalados en su burbuja en Canadá, seguían mencionando en cada videollamada como si fuera el santo grial de los yernos. Luciana tuvo que poner un océano de distancia y mucha terapia de por medio para sacudirse la presión familiar y casarse conmigo, “El payaso sin decencia" que no tenía un poco de alcurnia.

Se suponía que este idiota estaba en Toronto comiendo jarabe de arce, pero ahí estaba, pidiendo un tinto con una suficiencia que me revolvió las entrañas.

—¿Sebastián? ¿Sebastián Vélez? —soltó él, con esa voz engolada que parece que siempre está narrando un documental sobre su propia grandeza—. Vaya... cuánto tiempo. Veo que sigues igual de... pintoresco. ¿Y ese collarín? ¿Te caíste de un andamio o es lo último en moda de clase media?

Me acomodé el protector de cuello con toda la dignidad que pude reunir.

—Enrique. Qué sorpresa. Parece que en Canadá el frío te ha congelado las neuronas definitivamente —le respondí con una sonrisa falsa—. Y no, es una herida de guerra protegiendo a mi familia. Cosas de hombres de verdad, ya sabes. ¿Qué haces aquí? ¿Te deportaron o se acabó el presupuesto para el gel?

—Vine a arreglar unos asuntos personales —dijo, dándole un sorbo a su café mientras me miraba de arriba abajo con desprecio—. Mis suegros... perdón, los padres de Luciana, me pidieron que pasara a ver cómo estaba todo. Me enteré de que tuvo un "incidente". Pobre Lulú, siempre tan impulsiva con sus elecciones de vida.

—Se dice "esposa", Enrique. Mi esposa —le corregí, dando un paso hacia él y sintiendo que la adrenalina de la pelea con Vanesa volvía a subir—Y ella está muy bien, gracias. Estamos esperando nuestro primer hijo, así que si me disculpas, tengo una arepa que llevarle antes de que me olvide de que estoy en un lugar público y se me acabe la decencia.

Vi cómo su expresión de superioridad flaqueaba por un microsegundo al mencionar al bebé. Sus padres no sabían nada del embarazo, y el hecho de que yo le soltara la noticia así fue como darle un puñetazo en su ego.

—¿Un hijo? —balbuceó—. Vaya... no sabía que...

—Ahora lo sabes. Y ahora sabes que no eres bienvenido ni en su vida, ni en esta ciudad —le dije, tomando la bolsa con las arepas calientes que doña Antonia me entregaba con una mirada de "Acábalo"—. Que tengas un buen viaje de regreso a Canadá. O al siglo pasado, de donde sea que hayas salido.

Salí del restaurante con el corazón a mil por hora. Ver a Enrique me trajo recuerdos de todas las veces que Luciana lloró por las comparaciones de sus padres. Tenía que volver al hospital ya.

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Crucé la puerta de la habitación con el aroma a queso fundido inundando el pasillo, pero mi cabeza seguía en la barra del restaurante de doña Antonia. Entregué las bolsas mecánicamente, sin mi habitual fanfarria de "el mesero más guapo del hospital". Me senté en la silla y me quedé mirando un punto fijo en la pared, procesando todo.

—¿Sebastián? —la voz de Luciana me sacó del trance. Me miraba con una ceja levantada y la arepa a medio camino a la boca—. ¿Qué te pasa? Has estado exactamente un minuto en silencio. Sin chistes, sin quejarte de Gabriel, sin decir una sola barbaridad... No es normal ¿Estás bien, amor?

Gabriel, que ya tenía media arepa en la mano y la boca llena de queso, asintió con gravedad.

—Confirmo —dijo Gabriel después de tragar—Un minuto de silencio de Sebastián equivale a siete años de mala suerte o a un colapso mental inminente. ¿Te pusieron una multa? ¿Viste a una araña? ¿Se acabó la mantequilla en el mundo?

Forcé una sonrisa que probablemente pareció una mueca de dolor estomacal.

—Nada de eso, par de exagerados —mentí, acomodándome el collarín con un gesto seco—. Solo es el tráfico. La gente conduce como si tuviera un deseo de muerte y el calor me tiene algo estresado. Coman, que se enfría.

Luciana me analizó con esos ojos de esposa que detectan un problema a kilómetros de distancia. Iba a insistir, lo sabía, pero el sonido de su celular sobre la mesa de noche cortó el interrogatorio. Miró la pantalla y su rostro palideció un tono.

—Es mi madre —susurró, sorprendida. Contestó y puso el altavoz—. ¿Hola? ¿Mamá?

—¡Lulú! ¡Hija! —la voz de su madre, cargada de esa elegancia que siempre me daba escalofríos, retumbó en la habitación—. Qué bueno que contestas. Estamos en la ciudad, acabamos de aterrizar. Tu padre y yo estamos en el taxi camino al hotel. Mañana mismo pasamos a verte, Enrique nos contó que tuviste un percance en el trabajo. ¡Qué horror, hija, siempre tan descuidada! Menos mal que él al tanto para avisarnos.

El silencio que cayó en la habitación fue más pesado que una viga de acero. Miré a Luciana; su mano temblaba levemente mientras sostenía el teléfono. Gabriel dejó la arepa en la bolsa, perdiendo el apetito de golpe.

—¿Enrique les avisó? —preguntó Luciana con la voz quebrada—. Mamá, yo... yo estoy bien, pero no era necesario que vinieran así de...

—¡Por favor, Luciana! —interrumpió su madre—Enrique ha sido un caballero, nos mantuvo informados de todo. Menos mal que ese hombre si tiene sensatez. Descansa, mañana hablamos. Besos.

Colgó. Me quedé mirando a Luciana, que ahora tenía los ojos fijos en su vientre, como si quisiera proteger al bebé de la tormenta que acababa de aterrizar en el aeropuerto.

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Karla(⁠^⁠^⁠)^⁠_⁠^(⁠T⁠T⁠)
Excelente,divertida extraordinaria
Nancy Parraga
Veamos que va hacer Luciana con esos padres hdp y un ex obsesionado esto es como una bomba 💣a punto de explotar 💥
Nancy Parraga
Ahora ya no es Vanessa, es un ex que creo que psicópata y unos suegros que rayan a la locura
Nancy Parraga
Por Dios Sebas estás más cagado que palo de gallinero🤣🤣 te persiguen los enemigos 🤣
💞Agustina Intriago 💕🌙
Pobre Sebas si no le llueve le escampa 🤣🤣🤣🤣
💞Agustina Intriago 💕🌙
Creo que ese par de desgraciados no son tus padres
💞Agustina Intriago 💕🌙
Primero Vanessa ahora el ex ridículo y también unos padres hdp que merecen que se los envié a martes 🙏🏼
💞Agustina Intriago 💕🌙
Sebastián creo que deberías de darte unos baño de no se que para que te quiten a todos esas personas obsesionadas 🤣🤣🤣
Nancy Parraga
Ese hombre se merecía el golpe y no solo uno si no algunos como pueden tratar así a su hija o sea que no es hija de ellos
Nancy Parraga
La verdad que la familia de Luciana son una joyita de la peor calaña
Nancy Parraga
Pobre sebas no sale de una y le llega otra creo que atraes el caos ahora te llegó el ex a dar problemas 🤣🤣
Nancy Parraga
El héroe caído le puso el cansancio y una locomotora 🚂 le queda corta en ronquidos 😂😂😂😂😂
Nancy Parraga
😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂Sebas pagaras piso por qué dudo que ese par solo te graven para ellas 🤣🤣🤣🤣
Nancy Parraga
Esa mujer si que es una loca de remate, presentarse en el departamento de Sebas
Nancy Parraga
Hay Seba se que no estás brincando en una pata Pero es tu hijo y debes cuidarle se que no estabas preparado Pero nadie está preparado para ser padre pero ya te toco
Nancy Parraga
Ahora le toca a Sebas y a Luciana tomar las cosas con calma para retener el embarazo
Nancy Parraga
por Dios ojalá que den rápido con Vanessa por qué esa mujer es un peligro en la calle
Nancy Parraga
Lo mejor que pudo hacer Sebas fue confiar en su esposa
Nancy Parraga
La verdad que esa mujer es el diablo y eso por qué la madre la a de concentir por ser la hija de la senadora ella se cree invencible
Maya
Se supone que el es el esposo el único que puede autorizar su salida ojalas no se salgan con la suya
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