En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.
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capitulo 24
El amanecer sobre Madrid no trajo claridad, sino una neblina espesa que se filtraba por los ventanales de mi ático. Sobre la mesa de cristal, los planos amarillentos que Gabriel me había entregado parecían mapas de un campo de minas. No eran simples dibujos de arquitectura; eran la confesión póstuma de un robo intelectual que Arturo había convertido en un peligro público. El "Sistema de Cimentación Activa" que sostenía los rascacielos más emblemáticos de la capital tenía un error de fatiga de materiales que Julián Valdés, mi verdadero padre, había intentado corregir antes de ser destruido. Arturo, en su prisa por monetizar el genio ajeno, ignoró las advertencias.
—Si esto sale a la luz, Elena —dijo Julián Torres, entrando en el salón con dos cafés y ojeras que delataban una noche de investigación—, la ciudad entrará en pánico. Hablamos de evacuar zonas enteras. La constructora no solo irá a la quiebra; serás procesada por negligencia si ocultas esto ahora que eres la presidenta.
—Y si lo revelo, Julián, destruyo la economía de miles de familias —respondí, masajeándome las sienes—. Arturo nos dejó una herencia de dinamita. Gabriel quiere que apriete el detonador en nombre de la justicia de nuestro padre. Pero yo me pregunto... ¿es justicia o es simplemente un incendio que él quiere ver arder desde la barrera?
Decidí citar a Gabriel en el lugar donde el engaño comenzó: los cimientos de la Torre Norte, el edificio que ya estaba bajo orden de demolición por el escándalo del cemento, pero que escondía un secreto mucho más profundo en sus raíces de acero.
Llegamos escoltados por el silencio de las grúas detenidas. Gabriel me esperaba en el nivel más bajo del parking, una catedral de hormigón donde el aire era húmedo y pesado. Vestía una chaqueta de cuero desgastada y sostenía un medidor láser.
—¿Lo sientes, Marina? —preguntó, apuntando con el rayo rojo a una de las vigas maestras—. Hay una micro-vibración que no debería estar ahí. Arturo usó el diseño de nuestro padre para edificios de diez plantas, pero lo forzó para rascacielos de cincuenta. Es un milagro que la ciudad siga en pie.
—He revisado los informes, Gabriel. Hay una forma de reforzarlos sin causar un colapso público. Una intervención técnica silenciosa financiada por el holding Valerius. Podemos salvar la ciudad sin destruirla.
Gabriel soltó una carcajada amarga que resonó en las paredes de hormigón.
—¿Salvarla? ¿Quieres salvar el monumento a la infamia de Arturo? No. El mundo tiene que saber que cada lujo que han disfrutado en esta ciudad se construyó sobre el robo a un hombre bueno que murió solo y olvidado. Quiero que vean cómo se agrietan sus paredes. Quiero que sientan el miedo que sintió nuestro padre cuando se dio cuenta de que Arturo le había quitado todo.
—Estás enfermo de odio, igual que lo estaba Arturo —le espeté, dando un paso hacia él—. No te importa la gente. Solo te importa tu propia narrativa de mártir. Si revelas esto ahora, provocarás muertes. El pánico en una evacuación masiva matará a más personas que una grieta estructural a largo plazo.
—Es el precio de la purificación —respondió él, sacando un dispositivo móvil—. Tengo el dossier listo para enviarlo a todas las agencias de noticias internacionales en diez minutos. A menos que tú, como presidenta, firmes la confesión pública de la empresa y aceptes la liquidación total.
Me di cuenta de que Gabriel no era un aliado. Era un extremista de la verdad. En su mente, yo era solo una herramienta que había hecho el trabajo sucio de eliminar a los De la Vega, y ahora él venía a reclamar el clímax de la tragedia.
—No voy a hacerlo, Gabriel —dije, manteniendo mi voz firme—. He pasado cinco años en una celda por un error que no cometí. No voy a pasar el resto de mi vida siendo la responsable de un desastre humanitario por tu sed de espectáculo.
—Entonces lo haré yo solo. Y de paso, revelaré quién es realmente Elena Valerius. Diré que la hija de la víctima se convirtió en la cómplice del encubrimiento para salvar sus acciones.
En ese momento, Julián Torres emergió de las sombras de una columna. No estaba solo. Dos de los técnicos de seguridad que habíamos reclutado tras la caída de Garrido lo flanqueaban.
—Gabriel Valdés —dijo Julián, con la mano apoyada en su cinturón—, no vas a enviar nada. Hemos rastreado tu conexión. Tu servidor en Londres ya ha sido intervenido por Antonia. No hay dossier, no hay gran revelación. Solo hay un hombre resentido en un sótano vacío.
Gabriel palideció. Miró su teléfono y vio la pantalla en negro. La Maestra, desde su prisión, seguía siendo la mejor hacker y estratega que el dinero —o la gratitud— podía comprar.
—¿Me vas a encerrar a mí también, Marina? —preguntó Gabriel, su voz temblando de rabia—. ¿Vas a usar los mismos métodos que Arturo para silenciar a tu propia sangre?
—No —respondí, acercándome a él hasta que nuestras frentes casi se tocaron—. Voy a darte lo que siempre quisiste: el reconocimiento de nuestro padre. Voy a anunciar una fundación internacional de ingeniería con el nombre de Julián Valdés. Vamos a patentar la solución técnica para estas cimentaciones y vamos a salvar la ciudad en su nombre. Él será recordado como el genio que salvó a Madrid de la avaricia de Arturo, no como el hombre cuya sombra causó un desastre.
Gabriel bajó la cabeza. La furia pareció drenarse de su cuerpo, dejando solo el vacío de un hombre que se había alimentado de rencor durante demasiado tiempo.
El contraataque de las sombras (Beatriz)
Mientras lidiaba con Gabriel en las profundidades de la ciudad, en la superficie, Beatriz De la Vega no se había quedado quieta. A pesar de estar bajo custodia, sus contactos en las altas esferas del poder judicial y político —hombres que le debían favores sexuales o financieros de la época de Arturo— estaban moviendo los hilos.
Un mensajero llegó a la oficina de la Torre Norte con una notificación urgente. Un juez de la Audiencia Nacional, conocido por su cercanía al antiguo régimen de Arturo, había emitido una orden de suspensión temporal de mis funciones como presidenta del holding, alegando "riesgo para la seguridad nacional" debido a las filtraciones sobre la inestabilidad de los edificios.
Beatriz había jugado su última carta: si ella caía, intentaría que el Estado interviniera la empresa, quitándome el control y poniéndolo en manos de un administrador judicial afín a sus intereses.
—Ella sabía lo de los cimientos —susurré, leyendo la orden en mi despacho—. Arturo se lo contó. Sabía que esta era la "opción nuclear" si alguna vez perdía el control.
—Estamos bloqueados, Elena —dijo Julián, mirando por la ventana hacia el despliegue policial que empezaba a rodear el edificio—. Si la administración judicial entra, encontrarán los informes de Gabriel. Pero no los usarán para salvar la ciudad, los usarán para chantajear a los propietarios y perpetuar el ciclo de corrupción.
Miré el pendrive que Garrido me había dado, el que contenía la lista de los jueces y políticos que Arturo tenía en su bolsillo. Entre ellos estaba el nombre del juez que acababa de firmar mi suspensión.
—No vamos a irnos en silencio, Julián —dije, poniéndome mi abrigo de cachemira—. Antonia, activa el protocolo "Cicatriz". Vamos a filtrar los nombres de los que están intentando intervenir la empresa. Si quieren seguridad nacional, les daremos la mayor crisis de confianza de la historia del país.
—¿Estás segura? —preguntó Julián—. Esto no tiene vuelta atrás. Una vez que publiquemos esos nombres, Elena Valerius será un objetivo para el Estado, no solo para una familia.
—Elena Valerius nació para ser un objetivo. Marina De la Vega murió para que Elena pudiera ser el mazo que rompiera estas cadenas. Hazlo.
marina estaba sentada en el despacho de su padre, viendo cómo los helicópteros de la policía sobrevuelan la torre. Las pantallas de televisión de todo el país empiezan a mostrar la lista de políticos corruptos vinculados a la constructora. e "Todo o Nada". Marina ha salvado a la ciudad de un colapso físico, pero ha iniciado un colapso político que la pone en el punto de mira de fuerzas mucho más poderosas que Beatriz o Isabella.
La guerra doméstica había terminado. La guerra contra el Sistema acababa de comenzar.