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BAJO LA MISMA ORDEN

BAJO LA MISMA ORDEN

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La herida de Dereck

La noche cayó pesada sobre el desierto.

No fue un cambio suave… fue como si alguien hubiera apagado el mundo de golpe. El calor del día se disipó dejando un aire denso, cargado de polvo, pólvora y ese silencio incómodo que siempre llega después de una balacera.

El motor de la camioneta se apagó con un gemido bajo.

Por fin.

Habíamos llegado al punto seguro.

—Perímetro en diez metros —ordené, bajando la voz pero manteniendo el tono firme.

—En marcha —respondió James de inmediato.

Las puertas se abrieron.

Botas contra la arena.

Voces bajas.

Movimientos rápidos.

Todo el equipo descendió como una maquinaria bien entrenada. Emma empezó a coordinar posiciones, Tamy revisó el entorno con su rifle, Marco y James se dispersaron para cubrir los flancos.

Rutina.

Orden.

Control.

Todo en su lugar.

Excepto yo.

Y ella.

Porque Natalie no bajó.

Se quedó.

Y yo también.

El silencio dentro del vehículo fue inmediato. Denso. Casi incómodo.

Mi pierna latía con cada segundo que pasaba, un dolor profundo, constante… como un recordatorio de que el cuerpo tiene límites, incluso cuando la mente se niega a aceptarlos.

Pero no iba a quejarme.

No frente a ella.

Nunca frente a ella.

La vi moverse.

Precisa.

Eficiente.

Como siempre.

Abrió el botiquín sin mirarme, como si todo fuera automático, como si ya supiera exactamente qué hacer… y cómo hacerlo.

—Quédate quieto —murmuró.

No fue una orden fuerte.

Pero fue suficiente.

Saqué una leve sonrisa.

—Siempre tan amable.

No respondió.

Solo tomó la navaja.

Y en un movimiento limpio, rasgó el pantalón a la altura de la herida.

El roce de la tela contra la piel abierta me arrancó un quejido que no logré contener.

—Joder…

—No te quejes —dijo sin levantar la vista—. No fue profundo.

—Eso lo dices tú.

—Lo sé porque estoy viendo tu pierna, Stein.

—Me alegra que alguien lo esté haciendo.

—Cállate.

Pero su voz…

Su voz no era completamente fría.

Había algo ahí.

Un leve temblor.

Una preocupación que intentaba ocultar bajo capas de disciplina.

La observé en silencio.

Tenía el rostro manchado de polvo, algunas gotas de sudor bajaban por su sien. Las mejillas levemente enrojecidas por la tensión, por el esfuerzo… por todo.

Y sus ojos…

Esos malditos ojos marrones.

Seguían siendo mi debilidad.

—¿Cuánto hace que no hacías esto? —pregunté al final, solo para romper el silencio.

No levantó la mirada.

—Demasiado.

Empapó la gasa en desinfectante y comenzó a limpiar la herida.

Ardió.

Fuerte.

—Joder… —apreté los dientes.

—¿Eso fue un quejido, coronel?

—Fue una observación.

—Claro.

Se encogió de hombros ligeramente.

—Digamos que no hago esto desde que mi novio me eliminó del ejército.

La miré.

Fijo.

Sin pestañear.

Solté una risa baja.

Sin humor.

—Vaya… qué suerte la mía.

Ella siguió limpiando, como si no le importara.

—Pensé que habías seguido con tu vida sin mirar atrás.

Ahí se detuvo.

Solo un segundo.

Pero lo suficiente.

Levantó la vista.

Y me miró.

Ese brillo en sus ojos…

Ironía.

Dolor.

Y algo más que no quise nombrar.

—¿Y qué esperabas, Dereck? —dijo finalmente—. ¿Que me quedara esperándote después de que tú también te fuiste sin decir nada?

Sentí la mandíbula tensarse.

No podía.

No podía decirle la verdad.

No todavía.

No ahí.

Así que hice lo único que sabía hacer.

Defenderme.

—Supongo que fue lo mejor.

Sus labios se apretaron apenas.

—Supongo.

Pero no sonó convencida.

Sonó…

Rota.

Siguió trabajando en silencio.

Cada vez que presionaba la herida, el dolor subía por la pierna… pero ya no sabía si era físico o si venía de otro lado.

Estábamos demasiado cerca.

Podía sentir su respiración rozando mi piel.

Su aroma.

Ese mismo perfume suave que alguna vez reconocía en la oscuridad sin necesidad de verla.

Cerré los ojos un segundo.

Error.

Porque los recuerdos llegaron de golpe.

Su risa.

Su voz susurrando mi nombre.

Sus manos.

Maldita sea…

Abrí los ojos.

Y ella estaba ahí.

Tan cerca.

Demasiado.

Levantó la vista justo cuando yo ya no pude evitar observarla.

De verdad.

Como antes.

Ojos marrones profundos.

Cejas definidas.

Piel morena marcada por la luz tenue del vehículo.

El cabello ligeramente desordenado, algunas ondas escapando del recogido.

Y sus labios…

Tensos.

Contenidos.

Como si estuviera sosteniendo palabras que no quería dejar salir.

El aire cambió.

Se volvió más denso.

Más pesado.

Por un segundo…

Todo desapareció.

El desierto.

La misión.

La guerra.

Solo éramos ella y yo.

Otra vez.

Como antes.

La miré.

Ella me miró.

Nadie dijo nada.

Pero todo estaba ahí.

Lo que fuimos.

Lo que se rompió.

Lo que aún seguía… enterrado bajo años de silencio.

Mi mano se movió apenas.

Casi sin pensar.

Como si quisiera tocarla.

Como si quisiera comprobar que era real.

Pero me detuve.

Otra vez.

Siempre me detenía con ella.

El momento se rompió de golpe.

Un golpe en la puerta.

—¿Cómo va la herida?

Marco.

Natalie se apartó de inmediato.

Como si nada hubiera pasado.

Como si ese instante nunca hubiera existido.

—Controlada —respondió rápido.

Demasiado rápido.

Guardó el botiquín sin mirarme.

Ni una vez.

Ni un segundo más.

Me recosté en el asiento, soltando el aire lentamente.

—¿Eso es todo, capitana? —murmuré.

Se detuvo en la puerta.

Sin girarse.

—Por ahora.

—Qué alivio.

No respondió.

Bajó del vehículo.

Con esa firmeza militar.

Con esa forma suya de marcharse como si no dejara nada atrás.

Pero yo sabía la verdad.

Siempre dejaba algo.

Y esta vez…

Había dejado demasiado.

La vi alejarse.

Su silueta perdiéndose en la oscuridad del campamento improvisado.

Las sombras la tragaron poco a poco.

Hasta que desapareció.

Apoyé la cabeza contra el asiento.

Mi pierna ardía.

Pero no era lo que más dolía.

Solté una risa baja.

Vacía.

—Maldita sea, Cardona…

Cerré los ojos.

Pero no encontré descanso.

Porque cada vez que lo hacía…

Volvía a ese momento.

A su mirada.

A su cercanía.

A lo que casi pasó.

Y entendí algo que llevaba años evitando aceptar:

No importaba cuántas misiones completara.

Cuántas guerras sobreviviera.

Cuántas mujeres pasaran por mi cama…

Había una batalla que nunca iba a ganar.

Y estaba sentada frente a mí hace apenas unos minutos.

Con las manos manchadas de mi sangre…

Y el corazón…

igual de peligroso que siempre.

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