Ella renace en otra época, decidida a priorizarse a si misma y a no enamorarse para no sufrir.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Vacaciones 1
Semanas después, la tranquilidad del trabajo de Regina se vio interrumpida por una energía… ya conocida.
—¡Regina!
—¡Regina!
Las voces de Celeste y Helena llegaron antes que ellas mismas.
Entraron casi corriendo, con las mejillas ligeramente sonrojadas y los ojos brillando de emoción.
—¡Nuestro primo se casa! —dijeron al unísono.
Regina levantó la vista de los documentos, sin perder la calma.
—Entiendo…
Pero ellas no se detuvieron.
—¡Y tienes que venir!
—¡Es obligatorio!
Regina parpadeó.
—No creo que sea necesario.. No pertenezco a ese círculo.
Celeste llevó una mano al pecho, escandalizada.
—¡Claro que perteneces!
Helena asintió con fuerza.
—¡Eres parte del ducado!
Pero Regina negó con la cabeza.
—Mi lugar está aquí. No en eventos sociales.
Las hermanas se miraron.
Y, sin decir nada más… sonrieron.
Esa sonrisa que Regina ya había aprendido a reconocer.
Significaba que no se rendirían.
Horas después, estaban frente a su padre.
—¡Debe ir! —dijo Celeste.
—¡Es una gran oportunidad! —añadió Helena.
El duque Declan las observó en silencio.
Sabía perfectamente lo que estaban haciendo.
No era solo por la boda.
Era por Regina.
Por incluirla.
Por llevarla a su mundo.
Y, en el fondo… no le parecía mal.
Desvió la mirada hacia Regina, que permanecía tranquila.
—Es cierto.. Podría ser una buena instancia para conocer socios más importantes.
Las hermanas sonrieron, victoriosas.
Pero el duque no terminó ahí.
—Aunque… si no desea asistir, habrá otras oportunidades.
Regina lo miró.
Y entendió.
No era una orden.
Era una opción.
Podía negarse.
Podía seguir como hasta ahora.
Pero…
Giró levemente la mirada hacia las hermanas.
Ellas la observaban con expectativa… casi conteniendo la respiración.
Tan ilusionadas.
Tan genuinas.
Regina suspiró suavemente.
—Está bien… iré.
El silencio duró un segundo.
Y luego..
—¡¿EN SERIO?!
—¡SÍ!
Las dos gritaron al mismo tiempo, saltando de emoción.
—¡Tenemos tanto que hacer!
—¡El vestido!
—¡El peinado!
—¡Todo!
Regina apenas pudo reaccionar antes de ser prácticamente arrastrada fuera de la habitación.
El duque observó la escena.
Y, por primera vez en mucho tiempo… sonrió con claridad.
Los días previos a la boda fueron… caóticos.
Pero de una forma curiosamente agradable.
Celeste y Helena se tomaron la tarea con una seriedad absoluta.
—¡Nada puede fallar!
—¡Tiene que ser perfecto!
Revisaron telas, colores, estilos… como si se tratara de una misión de gran importancia.
Y finalmente…
Eligieron.
Un vestido de un tono amarillo oscuro, elegante, profundo, que caía con delicadeza pero con presencia.
No era exagerado.
Pero sí… inolvidable.
—Es perfecto —dijeron al unísono.
También eligieron una cinta para su cabello, del mismo tono, que complementaba sin recargar.
Cuando se lo entregaron, Regina dudó un segundo.
—No era necesario…
—¡Claro que sí! —respondieron ambas.
Y esta vez… no insistió.
Aceptó.
Porque entendía que no era solo un regalo.
Era una forma de incluirla.
El día de la boda, Regina se preparó con calma.
Se colocó el vestido.
Ajustó la cinta en su cabello.
Y luego… abrió un pequeño estuche.
Dentro, estaban las joyas de su madre.
Un collar.
Unos aros.
No eran grandes.
No eran ostentosos.
Pero tenían valor.
Un valor que no se medía en oro… sino en memoria.
Los colocó con cuidado.
Y al mirarse al espejo…
Por un momento, el tiempo se detuvo.
No vio solo a Regina Sallow.
Vio todo lo que había sido.
Y todo lo que había decidido ser.
Fuerte.
Independiente.
Dueña de sí misma.
Cerró el estuche.
Y salió.
Cuando llegó donde las hermanas la esperaban…
El silencio fue inmediato.
Celeste y Helena la miraron.
Y luego..
—¡AAAAAH!
—¡ESTÁS HERMOSA!
Gritaron al mismo tiempo, llevándose las manos al rostro, completamente emocionadas.
—¡Sabíamos que ese vestido era perfecto!
—¡Pero esto es demasiado!
Se acercaron, rodeándola, observando cada detalle.
—¡El color!
—¡Tu cabello!
—¡Las joyas!
Regina sonrió.
No por vanidad.
Sino por la alegría que ellas mostraban.
—Gracias —dijo suavemente.
Y esta vez… no fue solo por el vestido.
Fue por todo.
Por haberla incluido.
Por haber insistido.
Por haber estado.
Las hermanas se tomaron de sus manos, emocionadas.
—Hoy será increíble.
—¡Y apenas es el comienzo!
Regina no respondió.
Pero mientras salían juntas hacia el carruaje, con el vestido moviéndose suavemente a cada paso…
Sintió algo nuevo.
No era amor.
No era dependencia.
Era algo distinto.
Ligero.
Cálido.
Como si, sin darse cuenta…
Su vida se estuviera llenando de cosas que antes no había considerado necesarias.
Y que, aun así…
Estaban empezando a importarle.
Celeste y Helena se miraron.
Una de esas miradas cómplices que Regina ya empezaba a reconocer… y a temer un poco.
—Bueno… —dijo Celeste, alargando la palabra.
—Hay un pequeño detalle —añadió Helena, intentando sonar casual.
Regina entrecerró levemente los ojos.
—¿Qué detalle?
Las dos sonrieron.
—Debemos irnos ya.
—El carruaje espera.
Regina frunció el ceño, confundida.
—¿Ya? ¿No es la boda aquí cerca?
Hubo un segundo de silencio.
Y entonces..
—Es en el reino de Bernicia.
Regina parpadeó.
Una vez.
Dos.
—¿Qué?
Las hermanas asintieron con entusiasmo, como si acabaran de dar una gran noticia.
—¡Sí!
—¡Será increíble!
Pero Regina no compartía ese entusiasmo… al menos no de inmediato.
—¿Otro reino? —repitió, incrédula.
Nunca se lo habían mencionado.
Nunca imaginó que una simple invitación implicara salir de Mercia.
Su mente comenzó a calcular de inmediato.
Distancia.
Tiempo.
Trabajo pendiente.
Giró lentamente la mirada hacia el duque.
Él ya la estaba observando.
Y, con total calma…
Asintió.
Confirmando.
Era real.
Regina inhaló profundamente.
Un día completo de viaje.
Tal vez más.
Carruaje… y barco.
Demasiado.
Estuvo a punto de negarse.
Las palabras ya estaban formándose en su mente.
“No es necesario.”
“Debo quedarme.”
“Puedo ir en otra ocasión.”
Pero no llegó a decirlas.
Porque en ese preciso momento…
Celeste tomó su brazo.
Y Helena el otro.
—¡Vamos!
—¡Será divertido!
—¡Nunca has salido así!
—¡Lo necesitas!
—¡Por favor!
La arrastraron suavemente, pero con una determinación imposible de detener.
Regina intentó resistirse… apenas.
—Yo…
Pero se detuvo.
Suspiró.
Y en ese suspiro… dejó ir algo.
La rigidez.
El control constante.
La necesidad de estar siempre produciendo, siempre avanzando.
Pensó.
No recordaba la última vez que había tenido un descanso real.
Desde que llegó al ducado… no había parado.
Trabajo.
Estudio.
Responsabilidad.
Siempre.
Miró hacia el carruaje.
Luego a las hermanas, que la observaban con ilusión.
Y finalmente… soltó una pequeña exhalación.
—Está bien…
Las hermanas se quedaron quietas un segundo.
—¿En serio?
—¿Vas a venir?
Regina asintió levemente.
—Tomaré esto… como unas pequeñas vacaciones.
La palabra se sintió extraña en su boca.
Vacaciones.
Casi olvidada.
—Porque no recuerdo haber tenido un día libre desde que llegué aquí.
El silencio duró apenas un instante.
Y luego..
—¡SÍ!
—¡LO SABÍAMOS!
Las hermanas prácticamente saltaron de emoción, apretando sus manos.
—¡Será perfecto!
—¡Te encantará!
Regina negó suavemente con la cabeza, pero esta vez… había una ligera risa en su expresión.
Subió al carruaje.
Y cuando este comenzó a moverse, dejando atrás el ducado Declan…
No sintió preocupación.
No pensó en los documentos pendientes.
Ni en el trabajo acumulado.
Por primera vez en mucho tiempo…
Se permitió no hacerlo.
Apoyó la cabeza ligeramente contra el respaldo y cerró los ojos un segundo.
Un viaje.
Un cambio de ritmo.
Un respiro.
No era parte de su plan.
Pero quizás…
No todo en la vida debía serlo.
Y mientras el camino se abría hacia otro reino, Regina entendió algo nuevo..
Descansar… también era una forma de cuidarse.
Y esta vez…
No iba a negárselo.