Un contrato de sangre. Un matrimonio obligado. Un pecado imposible de ocultar.
Para su padre, ella es solo una pieza de ajedrez en un juego de poder. Para Arturo Rial, el hombre con el que debe casarse por obligación, ella es un frío contrato de negocios.
Pero todo cambia cuando aparece el hermano mayor de Arturo, un hombre que no conoce la palabra "no". Él no quiere un acuerdo; la quiere a ella. Entre los rincones oscuros de la mansión, él la marca, la reclama y la convierte en su mundo, desatando una obsesión que amenaza con destruirlo todo.
En este juego de traiciones, ella es la niña dulce que se convertirá en la caída del hombre más peligroso de la mafia.
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 24
El sótano de la mansión Rial volvió a convertirse en el tribunal de las sombras, pero esta vez el aire no olía a duda, sino a sentencia firme. Las luces amarillentas parpadeaban sobre las paredes de piedra desnuda, iluminando los rostros de los doce capos más viejos de la coalición. Eran hombres con arrugas esculpidas por la pólvora y el cinismo, sentados en un semicírculo de sillas de roble. En el centro, presidiendo la mesa de caoba, Don Silvano Rial mantenía las manos apoyadas en su bastón de plata, con una expresión tan gélida que parecía tallada en mármol.
Vincenzo entró al recinto con paso pesado y dominante. Vestía su camisa negra habitual, con las mangas arremangadas revelando los tatuajes de sus antebrazos robustos. A su lado, sujeta por una de sus manos inmensas, avanzaba Isabella. Llevaba un vestido oscuro de terciopelo que acentuaba la palidez de su piel y la rigidez de su postura. Ya no caminaba como la víctima de un contrato; caminaba a la par del lobo, con la cabeza alta y la mirada fija.
Detrás de ellos, dos soldados de "La Sombra" arrastraron a Arturo y lo arrojaron al suelo de piedra. El hermano menor era una ruina humana. Tenía la nariz rota y desviada, las costillas vendadas de nuevo tras el enfrentamiento en la biblioteca y la muñeca fracturada sujeta contra su pecho. Sus ojos, antes llenos de una arrogancia contable, ahora solo reflejaban el pánico del animal que sabe que el cañón del arma está rozándole la frente.
—El consejo está reunido, Vincenzo —habló Don Silvano, su voz raspada por el tabaco resonando en el silencio sepulcral—. Isabella envió los datos confidenciales de la tableta de tu hermano directamente a los servidores de Vargas. Mis analistas confirman que las rutas de la aduana del este fueron entregadas a los clanes del norte desde este dispositivo. ¿Qué tienes que decir antes de que la coalición vote?
Vincenzo dio un paso al frente, su figura masiva bloqueando la poca luz del sótano y proyectando una sombra gigante sobre el cuerpo de Arturo.
—No hay nada que votar, padre —la voz profunda y rasposa de Vincenzo cortó el aire como un disparo—. Arturo vendió la sangre de nuestros soldados a los del norte porque no tuvo los pantalones para sostener el imperio que le diste. Intentó usar una navaja contra mi esposa en la biblioteca para borrar sus huellas. En las leyes de esta familia, la traición a la sangre se paga con un entierro sin nombre.
Los capos del consejo intercambiaron miradas y asintieron con la cabeza en un gesto unánime. En el mundo de la mafia, la incompentencia se perdonaba a veces si dejaba ganancias, pero pactar con el enemigo histórico era una sentencia de muerte automática.
—¡Padre, por favor! —chilló Arturo desde el suelo, escupiendo saliva con sangre mientras intentaba arrastrarse hacia las botas de Don Silvano—. ¡Lo hice porque él me lo quitó todo! ¡Vincenzo me robó a Isabella, me robó el puerto! ¡Yo solo quería defenderme!
Don Silvano no se movió un milímetro. Clavó su mirada severa en su hijo menor con un desprecio absoluto.
—Te defendiste como un cobarde, Arturo. Pactar con los del norte es escupir sobre mi tumba antes de que esté muerta. Ya no eres un Rial. A partir de este segundo, tu nombre queda borrado de los libros de la familia.
El viejo patriarca miró a Vincenzo y luego a Isabella. La joven sostuvo la mirada del anciano sin parpadear, demostrando una sumisión absoluta hacia el nuevo régimen pero una firmeza de hierro frente al traidor. Don Silvano golpeó el suelo con su bastón una sola vez.
—El liderazgo del clan Rial pasa formalmente a Vincenzo. Él controlará las rutas, las armas y el consejo. En cuanto a Arturo... la ley de la pólvora dictará su destino fuera de las fronteras de esta ciudad. Llévenselo.
Los soldados levantaron a Arturo por los brazos, ignorando sus gritos desesperados y sus súplicas rotas que se desvanecieron a medida que los arrastraban por el pasillo del sótano.
Cuando las pesadas puertas de hierro se cerraron, Vincenzo se giró hacia los capos del consejo. Se apoyó con ambas manos en la mesa de caoba, inclinando su anatomía grandota hacia adelante, obligando a cada uno de los viejos a sostenerle la mirada gris.
—La guerra con los del norte empezó esta mañana en el muelle —sentenció Vincenzo, su tono bajando a un registro de pura muerte—. Limpiamos la aduana, pero ellos van a querer venganza. A partir de hoy, mis hombres de "La Sombra" patrullarán cada esquina. El que no esté de mi lado, que empiece a cavar su fosa.
Extendió la mano hacia atrás e Isabella la tomó de inmediato, entrelazando sus dedos con los de él frente a toda la coalición. Fue el sello definitivo del nuevo poder. Los capos se levantaron uno a uno, inclinando la cabeza ante el verdadero heredero y su nueva reina.
La farsa de Arturo se había terminado para siempre, sepultada bajo el peso de su propia traición. La noche caía sobre la mansión Rial con la promesa de una tormenta de balas en el exterior, pero dentro de los muros de piedra, el poder absoluto de Vincenzo se había consolidado, y esta vez, Isabella estaba dispuesta a reinar a su lado sin importar cuánta sangre tuviera que correr para mantener la corona.