Luke Evans pasó su infancia protegiendo a su hermana de un hombre violento. Ahora, a los veintisiete años, tiene un taller mecánico en Grecia y una oportunidad de empezar de cero. Solo hay algo que amenaza su tranquilidad:
Aria Greco.
La hija consentida de un poderoso mafioso es todo lo que Luke cree que debe evitar. Sin embargo, un solo beso basta para hacerle perder el control y despertar miedos que lleva años escondiendo. Asustado, se aleja y comete el peor error: decirle que besarla fue una equivocación.
Aria ha crecido rodeada de amor, pero jamás había sentido algo tan intenso como lo que Luke despierta en ella. Herida en su orgullo, decide mantener las distancias. El problema es que ninguno consigue olvidar aquella tarde.
Él teme convertirse en el hombre que más odia. Ella se niega a mendigar amor.
Pero algunas tentaciones son imposibles de resistir.
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Un golpe de realidad
Luke Evans
El olor a cemento nuevo es lo primero que percibo cuando abro los ojos.
Lo segundo es el dolor en mi espalda.
—Mierda —murmuro, incorporándome con cuidado.
Dormir en un sofá que probablemente tiene más años que yo no ha sido mi mejor idea. Aunque, siendo justos, tampoco es la peor que he tenido.
Podría haber subido y dormido en la cama, como un hombre normal, pero estuve ordenando hasta tarde y el sofá se veía demasiado tentador para ignorarlo.
Me paso las manos por la cara y miro alrededor.
El taller está sumido en una semioscuridad que apenas interrumpen los primeros rayos del sol, filtrándose por los enormes ventanales superiores. Hay cajas apiladas contra las paredes, herramientas todavía envueltas en plástico y un par de mesas de trabajo que ayer conseguí montar antes de caer rendido.
Todavía falta mucho… Pero es mío.
Bueno, técnicamente el local está arrendado, los elevadores lo pagaré en cuotas y buena parte de las herramientas todavía navegan por algún lugar del océano Atlántico.
Pero el negocio es mío.
Y eso es algo que todavía me cuesta creer.
Me levanto, estiro los brazos por encima de la cabeza y siento crujir varias vértebras. Tengo veintisiete años, pero después de pasar los últimos tres días descargando cajas y arrastrando muebles, mi cuerpo parece convencido de que tengo setenta.
Camino hasta el pequeño baño que hay al fondo, me lavo la cara y me observo en el espejo.
Tengo ojeras, necesito afeitarme y llevo la misma camiseta negra de ayer.
Un empresario de éxito, sin duda.
Sonrío ligeramente.
Regreso al taller y levanto la persiana metálica de la entrada. El ruido retumba por todo el edificio mientras el aire fresco de la mañana entra de golpe, llevándose parte del olor a pintura y cemento.
Grecia.
Todavía resulta extraño pensar que estoy aquí.
Hace apenas unas semanas mi vida transcurría en un pequeño pueblo de Idaho, entre motores averiados, facturas atrasadas y la constante preocupación de que algo saliera mal en casa.
Ahora estoy a miles de kilómetros, en un país cuyo idioma apenas entiendo, intentando montar un negocio desde cero.
Con mis propios ahorros.
Con mi propio nombre.
Y, por primera vez, sin tener que pedirle permiso a nadie.
Saco el teléfono del bolsillo y reviso la hora. Son poco más de las siete.
Tengo un mensaje de mi hermana.
Cass:
¿Sigues vivo o te aplastó uno de los elevadores?
Resoplo.
Cassidy tiene una manera muy particular de demostrar preocupación.
Yo: Estoy vivo. El elevador perdió la batalla.
La respuesta llega casi inmediatamente.
Cass: Qué decepción. Ya estaba pensando en vender tus herramientas.
Yo: Ni se te ocurra.
Cass: ¿Desayunaste?
Miro el envoltorio vacío de un sándwich que compré anoche en una gasolinera.
Yo: Por supuesto.
Cass: Luke.
Sonrío.
Yo: Voy a comprar algo.
Cass: Más te vale.
Guardo el teléfono antes de que decida llamarme para comprobarlo personalmente.
Cassidy está feliz. Tiene su propia vida, sus propios proyectos y un novio que parece decidido a convertir cada uno de sus sueños en realidad.
Me alegro por ella.
De verdad.
Durante años, lo único que quise fue verla lejos de aquella casa, estudiando, trabajando en algo que le gustara, sin tener que preocuparse por cuánto dinero quedaba para llegar a fin de mes.
Ahora lo tiene.
Y yo también tengo una oportunidad. Solo necesito conseguir que funcione.
Extiendo sobre el escritorio una libreta, las facturas de compra y el inventario que preparé antes de salir de Estados Unidos.
La primera página está dividida en tres columnas.
Disponible.
En tránsito.
Urgente.
Empiezo por lo sencillo.
Juego de llaves combinadas, completo. Dados métricos, completos. Llaves de impacto, dos. Compresor de aire, instalado. Gatos hidráulicos, tres. Caballetes de seguridad, seis.
Compruebo cada caja, marco los artículos y coloco las herramientas en los paneles metálicos que instalé ayer.
La organización siempre me ha gustado.
Cada cosa tiene un lugar. Cada herramienta cumple una función. Cada problema mecánico tiene una explicación, aunque encontrarla pueda llevar horas.
Los motores son mucho más sencillos que las personas.
Si algo falla, existe una causa.
Una pieza desgastada, un cable cortado, un sensor defectuoso.
No se enfadan porque respiras demasiado fuerte ni deciden arruinarte el día porque alguien colocó un vaso en el lugar equivocado.
Tomo una llave inglesa y la acomodo sobre su soporte.
Después continúo.
El equipo de diagnóstico profesional todavía está en camino. También el torno, algunas herramientas especializadas para transmisiones y una buena parte del equipo que Cassidy insistió en incluir en el envío.
Mi hermana puede ser extraordinariamente convincente cuando empieza a explicar por qué necesita determinado aparato.
Especialmente si utiliza palabras que entiendo por separado, pero que juntas parecen pertenecer a otro idioma.
Reviso la fecha estimada de llegada del contenedor.
Tres semanas.
Con suerte.
—Fantástico —murmuro.
Tres semanas es mucho tiempo cuando necesitas comenzar a facturar cuanto antes.
Abro la libreta en una página nueva y escribo las herramientas que tengo que comprar hoy.
Un segundo multímetro. Una lámpara de inspección. Juego adicional de extractores. Cargador de baterías. Consumibles. Aceites. Filtros. Tornillería.
Levanto la mirada hacia los estantes vacíos.
También necesito existencias.
No puedo tener un vehículo ocupando un elevador durante dos días porque me falta un filtro que podría haber comprado por unos cuantos euros.
Me siento frente al portátil y abro la hoja de cálculo donde llevo mis cuentas.
El saldo aparece en la pantalla.
Lo observo durante varios segundos.
He trabajado desde que tengo memoria. Primero haciendo pequeños arreglos, después ayudando en talleres y finalmente aceptando cualquier reparación que pudiera pagarme algo.
He cambiado motores con las manos congeladas, trabajado turnos interminables y pasado noches enteras arreglando vehículos que sus propietarios necesitaban a primera hora de la mañana.
Todo eso está aquí.
Cada dólar que conseguí guardar.
Cada compra que pospuse.
Cada cosa que decidí no necesitar.
Y ahora buena parte de ese dinero se ha convertido en paredes, maquinaria y herramientas.
Repaso los gastos.
Arriendo del local. Garantía. Instalación eléctrica. Adecuaciones del suelo. Elevadores. Mesas de trabajo. Transporte de equipos. Trámites administrativos.
Aprieto los labios.
Las cifras no son precisamente alentadoras.
Tengo suficiente para cubrir los gastos básicos durante el primer mes, siempre que no aparezca ningún imprevisto importante.
Y que consiga clientes.
Preferiblemente antes de que tenga que empezar a vender órganos.
El teléfono vibra sobre el escritorio.
Cassidy me envía una fotografía de su desayuno.
Debajo escribe:
Esto es comida. Deberías probarla alguna vez.
Niego con la cabeza.
Yo: Estoy trabajando.
Cass: Qué novedad.
Yo: ¿No tienes un novio al que molestar?
Cass: Lo estoy molestando. Tú eres mi segundo proyecto.
Suelto una carcajada.
Me gustaría decirle que deje de preocuparse por mí, pero sé que sería inútil.
Durante años fuimos nosotros dos contra el mundo.
Supongo que aprender a vivir de otra manera también nos llevará tiempo.
A media mañana decido mover una de las mesas de trabajo.
Es pesada, de acero, con un tablero grueso y seis cajones que todavía están vacíos. La instalé demasiado cerca de uno de los elevadores y necesito ganar espacio para trabajar alrededor de los vehículos.
Empujo desde un extremo.
La mesa apenas se mueve.
—Vamos, preciosa. No me hagas esto.
Vuelvo a intentarlo.
Esta vez se desliza varios centímetros, pero una de las patas tropieza con una pequeña irregularidad del suelo.
El movimiento sacude el tablero.
Una llave de carraca que dejé encima cae al cemento.
El golpe es seco.
Metálico.
Violento.
Me quedo inmóvil.
Aria ya te dijo que ella quiere todo contigo
ya luke será tan tonto en volver apartarla
creo que luke necesita ayuda