Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
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Capítulo 9: El nido del león
El traslado de la planta treinta y ocho a la cuarenta y dos se ejecutó en menos de cuatro horas, con la precisión quirúrgica y silenciosa que caracterizaba a todo lo que tocaba el entorno personal de Damian Valmont.
Para el mediodía del lunes, las tres pantallas panorámicas de Valeria ya estaban instaladas frente a un ventanal aún más vertiginoso sobre el lago Lemán. El nuevo despacho no era una oficina satélite: estaba conectado directamente con el santuario privado de Damian a través de una puerta doble de madera maciza que permanecía entreabierta apenas diez centímetros. Un recordatorio constante, invasivo e inevitable de su presencia.
Nora se deslizó dentro como un fantasma bien vestido, cerrando la puerta del pasillo a sus espaldas con una mueca entre la fascinación y el terror.
—Dime que negociaste un seguro de vida con cobertura contra defenestraciones antes de empacar tus carpetas —dijo Nora en un susurro teatral, arrojando una pila de contratos sobre la mesa de Valeria—. En legal estamos haciendo un fondo común. La mitad cree que te van a nombrar vicepresidenta ejecutiva antes de fin de año; la otra mitad jura que un día de estos un helicóptero negro te va a recoger en la azotea y no volveremos a verte.
Valeria ni pestañeó mientras organizaba sus plumas sobre el plumier de cuero.
—Diles que apuesten por lo segundo. Las probabilidades pagan mejor —respondió con ironía seca—. ¿Qué son esos expedientes?
—El preacuerdo con la terminal de Milán —explicó Nora, cruzándose de brazos y bajando aún más la voz mientras miraba de reojo hacia la puerta entreabierta que conectaba con el despacho contiguo—. Quieren cerrar los derechos de tránsito ferroviario para el corredor sur. El problema es que el consorcio italiano no quiere enviar a sus abogados a Ginebra. Exigen una reunión presencial en su sede de Navigli este jueves.
Valeria abrió la primera carpeta. Sus dedos pasaron rápidamente por las cláusulas de peaje y los inventarios de carga.
—Milán —murmuró ella. Su memoria analítica se activó al instante—. La familia Moretti. Tienen el control exclusivo de los almacenes aduaneros en Lombardía. Y según los informes de aduanas que revisé en otoño, dos tercios de sus fletes nocturnos sufren «pérdidas de señal satelital» entre Turín y la frontera suiza.
—Son viejos socios de Valmont —dijo Nora, mordiéndose el labio con aprensión—. O al menos eso dicen los rumores que nadie se atreve a confirmar en voz alta.
—No son socios —cortó una voz grave y pausada desde la puerta comunicante.
Ambas mujeres se tensaron.
Damian estaba apoyado contra el marco de roble, con un hombro descansando en la madera y las manos metidas en los bolsillos del pantalón oscuro. Llevaba la camisa blanca desprovista de corbata, con las mangas enrolladas hasta los antebrazos con pulcritud, dejando al descubierto la firmeza de sus músculos y el inicio de la línea de vendaje médico que aún protegía la base de su pulgar derecho.
Su mirada ámbar no se desvió hacia Nora ni por una fracción de segundo. Estaba fija, densa y absorbente, en Valeria.
Nora dio un paso atrás con la torpeza involuntaria de quien se siente interrumpiendo un ritual sagrado o una ejecución privada.
—Señor Valmont... yo solo venía a entregar las minutas de Milán —se disculpó la abogada, recuperando a trompicones su máscara corporativa.
—Gracias, Nora. Puede retirarse —dijo Damian sin levantar la voz. No hubo hostilidad en el despido, solo la calma inapelable de un amo que no necesita alzar la voz para vaciar una habitación.
Nora no esperó una segunda orden. Lanzó a Valeria una mirada elocuente que mezclaba pésame y curiosidad voraz, y desapareció por el pasillo principal cerrando la puerta tras de sí con un clic amortiguado.
El silencio volvió a caer sobre la planta cuarenta y dos, pesado y cargado de una tensión que Valeria sentía vibrar en la coronilla.
—¿No le enseñaron que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas detrás de puertas entornadas, señor Valmont? —dijo ella, tomando una pluma roja y comenzando a marcar con un círculo una cláusula dudosa en la página tres.
Damian avanzó despacio hacia el escritorio. Sus pasos sobre el suelo pulido apenas emitían sonido, pero el desplazamiento de aire que provocaba su cuerpo bastaba para alterar la temperatura del espacio.
—Esta es mi planta, Valeria. No hay conversaciones ajenas dentro de este perímetro.
Se detuvo al otro lado de la mesa de metal negro. Apoyó la mano izquierda —la sana— sobre el borde pulido, inclinándose ligeramente hacia adelante. El aroma que desprendía era una provocación directa a los sentidos de ella: sándalo fresco, tabaco negro y ese trasfondo metálico, gélido y peligroso que Valeria había aprendido a asociar con el pulso desbocado de la noche en Zúrich.
—Los Moretti no son socios —repitió él en voz baja, casi íntima—. Son deudores. Perdieron tres cargamentos en el Adriático el año pasado y creen que pueden renegociar el porcentaje de custodia ferroviaria dilatando los plazos.
Valeria levantó despacio la vista. Se obligó a recorrer con frialdad los ojos felinos de Damian, ignorando la boca tentadora, el cuello despejado y la intensidad abrumadora con la que él la estudiaba.
—Si son deudores, no se viaja a su terreno a discutir condiciones —dijo ella con lógica aplastante—. Se les bloquea el acceso a los depósitos de Basilea hasta que depositen la fianza. Es doctrina básica de cobro corporativo.
—En el mundo real de las finanzas ordinarias, sí —concedió Damian, curvando la comisura de sus labios en una media sonrisa exasperante—. Pero los Moretti no pagan con cheques certificados. Pagan con acceso a rutas que la Unión Europea ni siquiera sabe que existen. Y si quiero que firmen la entrega del control logístico sin quemar un almacén en el proceso, tengo que mirar a Giancarlo Moretti a los ojos y recordarle qué sucede cuando alguien intenta romper un acuerdo conmigo.
Valeria soltó un suspiro corto y seco, dejando caer la pluma sobre el papel.
—¿Y para qué me necesita a mí en ese circo? ¿Para aplaudir cuando usted rompa una copa contra la mesa o para contar cuántas cajas no declaradas cruzan los túneles alpinos?
Damian rodeó el escritorio. No hubo prisa en su movimiento, solo esa confianza depredadora que no reconocía fronteras físicas. Valeria se negó a retroceder o a girar el asiento para mantener una distancia de seguridad; se quedó inmóvil, sintiendo cómo él invadía su campo visual hasta detenerse justo a su costado, a escasos centímetros de su hombro.
Él no apoyó la mano en la mesa esta vez. Se inclinó sobre el respaldo de su silla ergonómica, atrapando a Valeria entre su sombra y la luz cenicienta que entraba por el ventanal.
—Te necesito porque eres la única que sabe leer un balance adulterado más rápido de lo que un contador corrupto tarda en quemar los libros —murmuró él, y el calor de su aliento rozó la oreja de ella, provocándole un cosquilleo eléctrico que le crispó los dedos sobre el regazo—. Y porque Giancarlo Moretti es un misógino arrogante que cree que las mujeres solo sirven para lucir joyas en la ópera de La Scala. Nada desestabiliza más a un negociador italiano de la vieja escuela que tener a una mujer desarmándole los márgenes de ganancia con una sonrisa helada y un café en la mano.
Valeria giró despacio la cabeza. Sus rostros quedaron alineados a una distancia insultante, tan corta que ella podía ver los diminutos destellos dorados que salpicaban el ámbar de los iris de Damian y la sombra casi invisible del corte cicatrizando en su mandíbula.
—No soy su perro de ataque, Damian —advirtió ella con voz queda, pero cargada de una firmeza inquebrantable—. Ni tampoco su trofeo de exhibición corporativa.
Damian sostuvo su mirada sin parpadear. Sus pupilas se dilataron un milímetro, oscureciendo el dorado de sus ojos mientras una marea de deseo oscuro, contenido y furioso subía desde el fondo de su pecho. Durante una fracción de segundo, sus ojos bajaron hacia los labios carnosos de ella, recordando con una nitidez dolorosa la noche anterior: la suavidad de su cuello cuando apoyó la cabeza delirando por el veneno, la firmeza de sus manos curándolo y el perfume limpio que se le había quedado impregnado en la memoria como una quemadura de tercer grado.
—Sé muy bien lo que no eres, Valeria —susurró él, y su voz bajó una octava, volviéndose áspera, casi ronca—. Un perro de ataque busca complacer a su amo. Un trofeo busca ser admirado. Tú... tú me miras como si estuvieras calculando cuántas balas harían falta para detenerme si doy un paso en falso.
—Cinco —respondió ella de inmediato, sin pestañear y con una frialdad matemática que le arrancó a él un chispazo de fascinación salvaje—. Dos al centro del pecho para atravesar el blindaje corporal ligero que suele usar bajo el traje, una a la pelvis para inmovilizarlo y dos a la cabeza para asegurar el resultado. Eso si tuviera un arma en la mano, claro.
Damian la miró durante un silencio interminable, sintiendo un calor violento y adictivo quemándole la sangre. La respuesta de ella no había sido una bravuconada de película; había sido una secuencia de tiro de combate instintivo, calculada con la precisión de quien ha disparado en galerías cerradas bajo el mando de instructores de élite.
La sonrisa que se dibujó en los labios de Damian fue lenta, perversa y abiertamente hambrienta.
—Eres un peligro público, señorita Taylor —murmuró él, deslizando su mano izquierda hacia el reposabrazos de la silla de ella, sus nudillos rozando apenas la manga de su chaqueta gris—. Y el jueves viajamos a Milán. Salimos en el tren privado de medianoche.
Valeria sostuvo la presión de su cercanía, negándose a mostrar el menor rastro del fuego que su roce encendía bajo la superficie de su piel.
—Bajo una condición, Valmont.
—¿Cuál?
—En ese viaje comemos comida decente, no las raciones frías que su chofer compra en los hangares. Y si su socio italiano intenta tocarme un solo dedo o insinuar que soy su secretaria, no voy a usar el código penal suizo para defenderme.
Damian inclinó la cabeza apenas un milímetro más, su boca quedando a una distancia tan mínima que casi rozó los labios de ella al susurrar:
—Si Moretti intenta tocarte un solo dedo, Valeria... ni siquiera vas a tener que mancharte las manos. Eso corre por mi cuenta.