Cien mil dólares. Un contrato. Un hijo que no será suyo.
Dalia tiene dieciocho años, una madre atrapada en un burdel y una deuda imposible de pagar. Andrés Salvatierra tiene cuarenta, un imperio empresarial, una esposa a la que adora y una exigencia de su familia que no puede cumplir: un heredero. Él necesita un vientre. Ella necesita una salida.
La boda es en secreto. La noche de bodas, él la deja sola. Y a la mañana siguiente, Ágata, su esposa, hace las maletas y se va, con una condición: que el contrato se cumpla lo antes posible.
Bajo el mismo techo, entre órdenes secas, portazos y miradas que dicen lo que ninguno se atreve a pronunciar, la chica de pueblo y el hombre de hielo descubren que las cláusulas no lo previeron todo. Ni los celos. Ni la ternura. Ni lo difícil que es no desear lo que juraste no querer.
Pero hay otras mujeres que también tienen algo que perder, una familia que no perdona y un secreto que podría romperlo todo.
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Sustos para el corazón
—Mamá... Mamá... ¡ven por aquí! —Andrés, veloz como un rayo, arrastró a su madre con un brazo por los hombros hacia el frente de la casa. No podía ser que se encontrara con su esposa, la segunda, la jovencita ingenua. Dalia. ¡Peligro!
Con la mirada afilada, yendo de un lado a otro, presa del pánico, vio la puerta del cuarto de huéspedes abierta. ¿Dónde está esa niña?, pensó, sin dejar de guiar a Mamá lejos de allí. Las dos mujeres, de edades tan distintas, no debían encontrarse.
Dalia le quedaba mejor de nieta que de nuera. Andrés no dejaba de mirar a todos lados, buscándola.
—Tengo sed, ¿por qué me arrastras hasta acá? ¡Hmp! —protestó Mamá.
—Yo te lo traigo. ¡Siéntate!
Se apresuró a entrar a buscar a Dalia, esa niña que últimamente le revolvía el corazón a un hombre alto, fornido y atlético como él.
—¿Dónde se habrá metido esa chiquilla? —murmuró, paseando la vista.
—¡Dalia! —susurró al verla entrar por la puerta lateral.
—¿De dónde vienes? —Seguía en voz baja.
Dalia supuso que Esteban andaba cerca. Por eso Andrés actuaba a escondidas.
—De atrás, con doña Chela. Cortamos mangos y le pusimos bolsas a los longanes para que no se caigan todos. —Respondió con ingenuidad, mostrando el cubo a medio llenar. Un cubo lleno de mangos maduros, tan maduros como la propia Dalia.
—¿Para qué haces eso? ¡No tienes nada mejor que hacer! —soltó, algo molesto.
—En esta casa... no tengo nada que hacer, Andrés. ¡Doña Chela no me deja tocar nada! —explicó con sencillez.
—¡Grrr...! —Andrés, furioso, sintió ganas de pellizcar a la traviesa.
—¡Yo no te pago para que seas sirvienta! ¿Entiendes para qué me casé contigo? —añadió, con los brazos en jarras.
Dalia apretó los labios y se mordió un poco el inferior. Los ojos agudísimos de Andrés lo captaron. Ese hombre de corazón de acero perdió la concentración al instante.
—¿Andrés... y mi bebida? —gritó Mamá desde el frente.
—¡Escóndete un rato! —reaccionó él. Absorto en regañar a Dalia, había olvidado su misión principal: esconderla para que su madre no la viera.
—¿Esconderme? —Las cejas, como lunas crecientes, se afilaron. No entendía por qué tenía que esconderse.
—¡Está Mamá! No quiero problemas. ¡Rápido, escóndete! —dijo, mirando a todos lados. Por el momento se había esfumado la imagen del hombre imponente.
Dalia buscó el lugar ideal para esconderse.
¡El cuarto de Chela!, pensó. Y echó a andar hacia el cuarto de la empleada de su marido.
—¿A dónde vas? —susurró Andrés cuando la vio moverse.
—Al cuarto de Chela —respondió ella también en voz baja, como quien cuchichea.
Mientras tanto, Mamá, con la garganta seca y muerta de sed, ya no aguantaba. Andrés era lentísimo. Traer una bebida no era tan difícil: parecía haber ido a hacer fila en una caja de supermercado. ¡Qué demora! Mamá decidió ir ella misma a buscar a su hijo.
Tap, tap, tap.
Se sobresaltaron al oír pasos cada vez más cerca.
Andrés y Dalia entraron en pánico: el cuarto de Chela quedaba lejos y no había tiempo. Solo había un baño cercano.
De prisa, Andrés tiró de su brazo. La metió en el baño de la cocina. Era más pequeño que el de su cuarto: no era el principal, sino el del personal de la casa.
Cuando Mamá llegó, los dos ya estaban dentro del baño estrecho.
—¡Andrés! ¿Por qué te escondes tú también? —Dalia lo miró extrañada.
Como un tonto, ni él mismo se explicaba por qué había entrado al baño con ella.
—¿Andrés? ¿Dónde se metió Andrés? —Mamá lo buscaba.
Al ver la puerta cerrada con seguro, creyó que estaba dentro.
Toc, toc, toc.
—Dijiste que traerías la bebida. ¡Y te metes al baño! —soltó Mamá después de golpear.
Se sirvió ella misma del refrigerador. —¿Dónde está el servicio en esta casa? Tsk... parece que tendré que traer pronto a Ágata de vuelta —murmuró, después de beber jugo de caja.
Por un lado entró Chela, la empleada.
—¡Señora! —exclamó. Se sobresaltó: tan temprano y la madre de su patrón ya estaba en la casa.
—¿Dónde andabas, Chela? —gruñó Mamá.
—Es que, señora, cosechábamos los mangos.
—Mm... está bien. Prepárame un té de hierbas. Me duele la cabeza.
—Sí, señora.
Mamá se fue de nuevo a la sala. Andrés y Dalia ya podían salir.
Andrés salió primero, y cuando Dalia iba a seguirlo, Mamá volvió de pronto a la cocina. Andrés se metió otra vez de un salto, y el golpe de la puerta empujó a Dalia hacia atrás.
Sin querer, la mano de Dalia tocó la llave de la ducha a su espalda. Y ¡chorro!...
El agua de la regadera le cayó de golpe, empapándola de pies a cabeza.
—Andrés, ¿te estás bañando? —preguntó Mamá.
—Ah... sí, Mamá —contestó Andrés nervioso, y no por nada: lo que tenía delante le hacía latir el corazón a mil.
—¿Por qué no en tu propio baño?
—Está dañado. ¡Se tapó el agua! —respondió Andrés, inventando.
—No tardes. Tengo algo importante que decirte.
—¡Sí!
Su boca decía que sí, pero su cabeza ya estaba de viaje a quién sabe dónde.
Clic.
Andrés cerró la ducha, que había estado cayendo con fuerza.
La miró fijamente, tragando saliva. Con la mano le apartó el pelo que le tapaba los ojos.
Era una tentación. Una prueba de fuego. Se le pasó por la cabeza: ¿y si Dalia había abierto la ducha a propósito? ¡Para provocarlo, otra vez!
Dalia, que no sabía de las ideas retorcidas de su marido, solo aguantaba el frío que le caía encima.
Ni siquiera reaccionó cuando Andrés le tocó la piel suave de la mejilla. Solo quería salir y cambiarse.
—Andrés, creo que Mamá ya se fue. ¿Salimos ahora? —pidió Dalia, empapada hasta los huesos.
—Tocaste la llave de la ducha a propósito, ¿verdad? —la acusó Andrés, con la mano aún acariciándole el pelo mojado.
Dalia entrecerró los ojos. —¿De qué hablas, Andrés? Además, yo ya me bañé. ¿Para qué iba a abrir la ducha, para bañarme dos veces? —replicó con espontaneidad.
Andrés bufó. ¡Cómo se hace la difícil!, rezongó, desviando la cara.
—Vamos, Andrés, salgamos. Ya no hay nadie. —Dalia estaba impaciente por ponerse ropa seca.
—Primero hazte responsable.
—¿Responsable de qué? Yo no hice nada.
—No lo vuelvas a hacer —advirtió Andrés, sin decir qué. Dalia no entendía a qué se refería su marido.
—Sí, sí... no voy a usar ducha cuando me bañe. Usaré la jarra.
Irritado, Andrés frunció la cara. Parecía un trapo viejo, inservible.
Al verlo callado, Dalia volvió a preguntar. —¿Puedo salir ya? —Se preparó para abrir la puerta.
¡Pam!
Andrés la detuvo con la palma contra la puerta. Y clavó en ella una mirada penetrante.
Dalia se sobresaltó. Su cuerpo retrocedió despacio. La actitud de Andrés parecía indicar que no pensaba dejarla salir sana y salva.