Estela tiene veinticinco años y la vida rota. Tras perder a su padre y cuidar a su madre enferma, se refugia en sus musicales favoritos. Es una soñadora que espera un amor de película, sin saber que el destino aguarda en la primera fila de un teatro.
David es el barítono del momento, una estrella internacional cansada de la soledad. Al salir al escenario para encarnar al Fantasma de la Ópera, una mirada inocente y húmeda entre el público lo hechiza por completo.
Decidido a conocerla sin el ruido de su fama, David inicia un juego desde el anonimato. Mediante rosas, notas y llamadas de madrugada con una voz que la derrite, reconstruye el mundo de Estela. Pero cuando los secretos se vuelven pesados, la realidad de la fama, los chantajes de una actriz y un embarazo en el exilio amenazan con destruir su paraíso.
¿Sobrevivirá el amor cuando caigan las máscaras? Descubre una historia profunda donde él fue salvado por sus ojos; y ella, arrullada por su voz.
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CAPITULO 17. ALMAS EN LA PENUMBRA
La noche terminó por cerrarse sobre el acantilado costero, arrastrando consigo los últimos restos de claridad del atardecer. En el interior de la suite 104, la docena de velas de cera blanca comenzaba a consumirse lentamente, proyectando sombras alargadas y danzarinas sobre las paredes de piedra y madera noble. El sonido del mar Cantábrico, rugiendo con una fuerza majestuosa e incansable contra las rocas del exterior, se filtraba por los ventanales como una melodía de fondo, aislando por completo a Estela y a David del resto del universo conocido. Ya no había teatros, ni distancias, ni responsabilidades familiares; en ese rincón del mundo, el tiempo parecía haberse detenido.
Tras aquel primer beso cargado de añoranza, David no se alejó de ella. Sus manos, firmes y delicadas a la vez, continuaron acunando el rostro de Estela en mitad de la sutil semioscuridad. La joven soñadora, con el corazón latiéndole con una fuerza que amenazaba con romperle el pecho, alzó los brazos para rodear el cuello de él. El satén frío de su vestido se mecía levemente con la brisa que entraba por la rendija de la terraza, creando un contraste abrasador con el calor corporal que el hombre emanaba.
—He pasado tantas noches imaginando este momento, Estela —susurró David, y su voz barítona, profunda y aterciopelada rozó los labios de la joven, provocándole un escalofrío de pura emoción—. Hablar contigo a través de una pantalla o escuchar tu voz en la distancia era un dulce tormento. Pero tenerte aquí, sentir tu respiración... me hace darme cuenta de que mi vida estaba vacía antes de cruzarse con tu mirada.
—Yo también te he extrañado tanto... —confesó Estela con un hilo de voz, entrelazando sus dedos en el cabello de él—. Siento que he pasado toda mi vida esperando a que aparecieras. No me importa el misterio, no me importa que no pueda ver tus ojos con claridad en esta penumbra. Mi alma te reconoció en el primer mensaje, y mi cuerpo te reconoció en cuanto me tocaste.
David sintió una oleada de profunda ternura y deseo recorrerle cada fibra del ser. Estela se estaba entregando a él con una fe ciega, una pureza que en el frívolo mundo de la fama que él habitaba simplemente no existía. Con un movimiento pausado y reverente, David sopló la lámpara de mesa más cercana y, una a una, fue apagando las sutiles velas hasta que la estancia quedó sumida en una oscuridad casi absoluta, rota únicamente por el reflejo plateado que la luna llena proyectaba de forma intermitente a través de los cristales cuando las nubes del norte se lo permitían.
En mitad de esa penumbra gótica y protectora, los dos mundos terminaron de fusionarse. David guió a Estela con suavidad hacia la inmensa cama con dosel del fondo de la habitación. Cada caricia, cada roce de piel con piel se sintió amplificado por la falta de luz. Estela descubrió, con un agradable respingo de sorpresa, la increíble dualidad de ese hombre: poseía la fuerza física protectora y arrolladora del misterioso chico de la gorra con el que había chocado en la calle, pero a la vez la trataba con la extrema delicadeza poética del autor del vals. Ya no había dudas en su cabeza; la voz y el tacto eran el mismo ser.
Con infinita paciencia, David deslizó la cremallera lateral del vestido de satén, dejando que la prenda cayera al suelo en el silencio de la noche. El contacto de sus manos desnudas sobre la piel clara de Estela desató una tormenta de sensaciones físicas que la joven nunca antes había experimentado. Ella, que había pasado sus veinticinco años idealizando el amor a través de las películas románticas y los musicales de Broadway, descubrió que la realidad, cuando se vivía con el alma correcta, superaba con creces cualquier ficción escrita.
La entrega mutua se desarrolló de una manera hermosa, lenta y sumamente mística. No hubo ruidos mundanos, solo el eco del oleaje contra el acantilado y el compás acelerado de sus dos respiraciones acompasadas. En la total oscuridad de la habitación, despojados de ropas, de contextos y de nombres públicos, se convirtieron únicamente en dos almas sensibles que se necesitaban y que se fundían para sanar sus respectivas soledades. David la amó con una pasión contenida que hizo desfallecer a la joven soñadora, besándola en cada rincón de su piel, susurrándole palabras de amor al oído con ese barítono aterciopelado que la derretía por dentro. Estela se aferró a sus hombros anchos, perdiéndose en el abismo de esa entrega absoluta, sintiéndose por fin la protagonista de su propia e intensa historia de amor.
Horas más tarde, cuando la madrugada comenzaba a teñir el cielo del Cantábrico de un tono azul oscuro y frío, el silencio regresó a la suite. Estela descansaba con la cabeza apoyada directamente sobre el pecho desnudo de David, escuchando el latido rítmico y pausado de su corazón. Él la rodeaba firmemente con un brazo protector, manteniendo la sábana de hilo blanco subida hasta los hombros de ambos.
Estela sonrió en la penumbra, acariciando sutilmente el torso firme del hombre. Se sentía plena, protegida y profundamente enamorada. Había cruzado el punto de no retorno; se había entregado en cuerpo y alma a su misterioso admirador desde las sombras, convencida de que lo que compartían era un lazo sagrado que nada ni nadie en la tierra podría romper. Lo que la joven soñadora no podía imaginar, mientras contemplaba el suave reflejo de la luna en los muebles de la estancia, era que la luz del nuevo día traería consigo el inicio de un desayuno revelador y un paseo por los acantilados que empujarían su historia hacia el momento más temido y demoledor de toda su vida.