Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.
Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.
En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.
Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.
Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.
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6. La niña que no existía.
La fotografía tiembla entre mis dedos.
No porque tenga frío.
Porque acabo de descubrir que toda mi vida podría estar construida sobre una mentira.
—Mateo Rivas —repito, mirando el nombre escrito en el reverso—. ¿Qué significa esto?
Mi madre no responde.
Está sentada al borde de la cama, con las manos entrelazadas y los ojos clavados en la fotografía. Parece haber envejecido varios años en cuestión de minutos. Tiene los labios apretados, los hombros rígidos y esa expresión que conozco demasiado bien: la misma que pone cuando alguien le pregunta por mi padre, cuando encuentra una carta antigua en el fondo de un cajón o cuando cree que no la estoy mirando mientras llora en la cocina.
Es la expresión de alguien que lleva demasiado tiempo escondiendo algo.
—Mamá, te hice una pregunta.
Ella levanta la mirada.
—No deberías tener esa fotografía.
Suelto una risa breve, incrédula.
—¿En serio? ¿Eso es lo que vas a decirme? ¿Que no debería tenerla?
—Abril…
—¡Me acabás de decir que Mateo estuvo allí la noche que murió Mara!
Mi voz rebota contra las paredes de mi habitación. Desde la ventana llega el ruido lejano de un automóvil que atraviesa la calle. Por lo demás, la casa está en silencio.
Mi madre se sobresalta cuando menciono el nombre de Mara.
Siempre ocurre lo mismo.
Como si pronunciarlo fuera suficiente para despertar algo que ella ha mantenido encerrado durante diez años.
—No dije exactamente eso.
—Dijiste que la otra niña era Mateo Rivas.
—Dije que Mateo estuvo allí.
—¿Y por qué lo llamaste niña?
La pregunta queda suspendida entre nosotras.
Mi madre abre la boca, pero no sale ninguna palabra. Por primera vez desde que comenzó todo esto, no parece estar buscando una mentira convincente. Parece estar intentando recordar cuál de sus mentiras puede permitirse contarme.
Me acerco a ella y le muestro la fotografía.
—¿Quién tomó esto?
—No lo sé.
—¿Quién escribió nuestros nombres?
—Tampoco lo sé.
—¿Por qué estábamos en la mansión Valdés?
Mi madre cierra los ojos.
Y entonces lo hace.
Lo que lleva días haciendo cada vez que le pregunto algo relacionado con aquella noche.
Llora.
No es un llanto escandaloso ni desesperado. Son lágrimas silenciosas que le resbalan por las mejillas mientras mantiene la cabeza inclinada, como si incluso llorar fuera una confesión que no puede permitirse.
Durante unos segundos, me siento culpable.
Después recuerdo a Olivia.
Recuerdo su último mensaje.
Necesito hablar contigo. Es sobre Mara.
Recuerdo la fotografía de dos niñas —o dos figuras que podrían serlo— delante de una mansión abandonada. Recuerdo a Gael diciéndome que una persona de aquella imagen no debería estar viva.
Y recuerdo las palabras escritas en el sobre que alguien dejó en mi casa.
La noche que murió Mara, vos no fuiste una testigo. Fuiste la razón por la que todos guardaron silencio.
La culpa desaparece.
—Mamá, Olivia está muerta.
Ella levanta la cabeza de golpe.
—No vuelvas a decir eso.
—¿Por qué? ¿Porque te duele escucharlo o porque sabés algo que podría explicar por qué la mataron?
—¡No sabés de lo que estás hablando!
—Entonces explicámelo.
Se pone de pie tan rápido que la cama cruje detrás de ella.
—Quiero que me entregues esa fotografía.
Aprieto la imagen contra mi pecho.
—No.
—Abril, por favor.
—No.
—No entendés lo que puede pasar si seguís buscando respuestas.
—¡Entonces dame una razón para detenerme!
Mi madre me mira.
Durante un instante, veo miedo en sus ojos. No el miedo de una madre que teme que su hija se meta en problemas, sino el de alguien que acaba de comprender que el pasado ya no está dispuesto a permanecer enterrado.
—Porque hay personas que hicieron cosas terribles para protegerte —susurra—. Y si descubrís la verdad, quizá entiendas que no todas esas personas eran tus enemigas.
Me quedo inmóvil.
—¿Me estás diciendo que alguien mató a Mara para protegerme?
Mi madre se tapa la boca.
El silencio que sigue es tan absoluto que puedo escuchar el zumbido de la lámpara.
Acabo de hacer una pregunta.
Y su reacción acaba de responderla.
—Mamá…
—Andate a dormir.
—No.
—Por favor, Abril.
—¿Qué me pasó esa noche?
Su rostro pierde el poco color que le quedaba.
—No me acuerdo de todo —dice finalmente—. Y hay cosas que desearía no recordar nunca.
—¿Qué significa eso?
—Significa que tenés que dejar de buscar.
Se acerca a la puerta y la abre.
La conversación ha terminado.
Lo sé por la forma en que evita mirarme, por cómo aprieta el picaporte y por la manera en que se queda esperando que salga, como si todavía pudiera obligarme a obedecerla con la misma facilidad con la que lo hacía cuando era pequeña.
Recojo mi teléfono de la mesa de luz.
Guardo la fotografía en el bolsillo de mi pantalón.
Y camino hacia la puerta.
Antes de salir, me detengo junto a ella.
—Si Mateo estuvo allí, voy a preguntárselo.
Mi madre cierra los ojos.
—Entonces no le preguntes qué vio, Abril.
La miro por encima del hombro.
—¿Por qué?
Sus labios tiemblan.
—Preguntale qué hizo.
No duermo.
A las dos y diecisiete de la madrugada sigo sentada en el suelo de mi habitación, con las fotografías extendidas delante de mí y una libreta abierta sobre las rodillas.
He dibujado una línea en el centro de la página.
A la izquierda, escribí los nombres de las personas que estuvieron relacionadas con la muerte de Mara.
A la derecha, los de quienes podrían estar relacionados con la muerte de Olivia.
Mara Vidal.
Olivia Soria.
Gael Ferrer.
Inés Valdés.
Elena Montenegro.
Mateo Rivas.
Y yo.
Me detengo frente a mi propio nombre.
No sé en qué momento dejé de ser la chica que intentaba descubrir quién había matado a su antigua compañera de pueblo y me convertí en una pieza más de una historia que todos parecen conocer menos yo.
Dibujo un círculo alrededor de mi nombre.
Después, otro alrededor del de Mateo.
La fotografía de los dos niños sigue a mi lado.
La he observado tantas veces que ya distingo detalles que antes no había notado: la forma en que la figura más pequeña mantiene los brazos pegados al cuerpo, el borde oscuro de su capucha, la mano de la niña pelirroja apoyada contra una verja.
Mi mano.
Reconozco la pulsera que llevo en la muñeca.
Una pulsera de hilo rojo que mi madre guardó durante años en una caja de madera. Me dijo que me la había regalado mi abuela cuando era pequeña.
Pero en la fotografía, la pulsera está allí.
En mi muñeca.
La noche del diecisiete de octubre.
Me acerco la imagen a la cara.
Al fondo se distingue una ventana iluminada de la mansión. En el vidrio hay un reflejo borroso, una figura que parece estar observando a los niños desde el interior.
La misma silueta que aparece en la fotografía del observatorio.
No es una coincidencia.
Nada de esto lo es.
Mi teléfono vibra.
Casi lo dejo caer.
Un mensaje de Mateo.
MATEO: ¿Estás despierta?
Miro la hora.
2:19.
YO: Sí.
Los tres puntos aparecen inmediatamente.
Desaparecen.
Vuelven a aparecer.
MATEO: ¿Pasó algo?
Escribo una respuesta.
La borro.
Escribo otra.
La borro también.
Finalmente, fotografío el reverso de la imagen y se la envío.
No pasan ni diez segundos antes de que mi teléfono empiece a sonar.
Contesto.
—¿De dónde sacaste eso? —pregunta Mateo.
No me saluda. No pregunta cómo estoy.
Solo quiere saber de dónde salió la fotografía.
—La dejaron en mi casa.
—¿Quién?
—No lo sé. ¿Qué significa tu nombre, Mateo?
Escucho una respiración entrecortada al otro lado.
—Abril, escuchame…
—No. Esta vez me vas a escuchar vos. Mi madre dice que estuviste en la mansión Valdés la noche que murió Mara. Hay una fotografía de nosotros dos frente a la entrada. Y alguien escribió nuestros nombres en el reverso. Así que te lo voy a preguntar una sola vez: ¿estuviste allí?
Mateo tarda en contestar.
Y en ese silencio encuentro algo que me duele más de lo que esperaba.
No sorpresa.
No indignación.
Reconocimiento.
—Sí —dice finalmente.
Cierro los ojos.
—¿Qué?
—Sí, Abril. Estuve allí.
Me pongo de pie tan rápido que la libreta cae al suelo.
—¿Desde cuándo lo sabés?
—Desde siempre.
Siento que algo se me hunde en el pecho.
—¿Desde siempre?
—No sabía cómo decírtelo.
—¡Podrías haber empezado por no mentirme durante toda nuestra amistad!
—No fue así.
—¿Entonces cómo fue?
Mateo guarda silencio.
—¿Qué hiciste esa noche? —pregunto.
Escucho un ruido al otro lado, como si estuviera caminando por su habitación.
—No puedo explicártelo por teléfono.
—Qué conveniente.
—Abril, por favor.
—No me pidas que confíe en vos.
Las palabras salen más frías de lo que pretendía.
Mateo deja de hablar.
Por un segundo, recuerdo todas las veces que estuvo a mi lado: cuando me caí de la bicicleta a los once años, cuando mi padre se marchó sin despedirse, cuando Olivia dejó de hablarnos durante casi un mes y cuando encontramos el primer mensaje anónimo.
Siempre estuvo allí.
Siempre.
Y ahora me pregunto si alguna vez me acompañó por cariño o porque necesitaba asegurarse de que yo no recordara algo.
—Hay una cosa que tenés que saber —dice.
—Te escucho.
—La fotografía no demuestra que yo estuviera allí por casualidad.
Aprieto el teléfono contra mi oído.
—¿Qué querés decir?
—Yo te llevé a la mansión.
Se me enfrían las manos.
—¿Me llevaste vos?
—Sí.
—¿Por qué?
Mateo respira profundamente.
—Porque me lo pidió Mara.
La habitación parece inclinarse.
Miro la fotografía sobre el suelo. La niña pelirroja. La figura encapuchada. La ventana iluminada.
Mara nos conocía a los dos.
Mara había estado allí.
Y Mateo acaba de admitir que me llevó hasta el lugar donde murió.
—Mañana —dice él—. A las diez. En el puente viejo, junto al río.
—¿Por qué no ahora?
—Porque necesito mostrarte algo.
—¿Qué cosa?
Su respuesta llega tan baja que casi no la escucho.
—Lo que quedó de aquella noche.
La llamada se corta.
Me quedo mirando la pantalla.
Después vuelvo a mirar la fotografía.
Por primera vez, reparo en que la figura encapuchada no está mirando a la cámara.
Está mirando hacia arriba.
Hacia una de las ventanas de la mansión.
Como si hubiera visto algo.
Como si hubiera estado esperando una señal.
Como si supiera que, detrás de ese vidrio, alguien estaba a punto de hacer algo que ninguno de los dos niños olvidaría.
A las nueve y cincuenta y tres de la mañana, estoy esperando junto al puente viejo.
El río Agrio corre bajo mis pies, oscuro por las sombras de los árboles. El aire huele a tierra húmeda y a hojas secas. A unos metros, una rama golpea repetidamente contra la baranda metálica.
No he desayunado.
Tampoco le he dicho a mi madre adónde voy.
Antes de salir, la encontré dormida en el sillón del salón, con una manta sobre las piernas y la fotografía de Mara entre los dedos.
No quise despertarla.
O quizá tuve miedo de preguntarle algo más.
El puente está casi vacío. Un hombre pasea a su perro por la otra orilla y dos chicos pasan en bicicleta sin mirarme. El pueblo parece continuar con su rutina, ajeno al hecho de que algunas de sus calles esconden secretos que llevan una década esperando salir a la luz.
A las diez en punto, Mateo aparece por el sendero.
Lleva una campera negra, el pelo desordenado y unas ojeras que no recuerdo haberle visto antes. Tiene las manos hundidas en los bolsillos y camina despacio, como si cada paso lo acercara a algo que lleva años intentando evitar.
Cuando me ve, se detiene.
—Hola —dice.
No le respondo.
Mira el río.
Después, a mí.
—Supongo que no estás de humor para saludos.
—Supongo que no estás en posición de hacer bromas.
Asiente.
No intenta defenderse.
Eso me enfurece todavía más.
—Empezá.
Mateo saca una pequeña caja de metal del bolsillo de su campera. Está oxidada en los bordes y tiene una abolladura en una de las esquinas. La sostiene entre ambas manos, pero no me la entrega.
—Después de la muerte de Mara, mi familia recibió una llamada.
—¿De quién?
—Nunca lo supe. Mi padre contestó y salió de casa. Cuando volvió, estaba pálido. Me dijo que había ocurrido algo terrible y que, si alguien me preguntaba por la noche del diecisiete de octubre, debía responder que había estado enfermo.
—¿Y vos le hiciste caso?
—Tenía nueve años, Abril.
La respuesta me golpea de una forma inesperada.
Nueve años.
Yo también era una niña.
Durante un instante, veo a Mateo como debía de haber sido entonces: pequeño, asustado, intentando comprender por qué los adultos de su alrededor habían empezado a hablar en voz baja.
Pero la compasión no borra la mentira.
—¿Qué pasó después?
—Unos días más tarde, encontré esto en el cobertizo de mi padre.
Levanta la caja.
—¿Qué hay dentro?
—Algo que guardé porque pensé que algún día iba a necesitarlo.
—¿Y por qué no me lo mostraste antes?
Mateo baja la mirada.
—Porque había olvidado algunas cosas. O eso me convencí de creer.
Extiende la caja hacia mí.
La recibo.
Pesa menos de lo que esperaba.
La tapa está cerrada con un pequeño broche que cede cuando presiono con el pulgar.
Dentro hay tres objetos.
Una cinta de casete.
Una llave antigua.
Y una hoja doblada en cuatro.
Tomo primero el papel.
La letra es irregular, escrita con tinta azul. Algunas palabras están tachadas y otras parecen haber sido añadidas después.
Solo hay una frase legible en el centro.
SI ABRIL RECUERDA, NO DEJES QUE LLEGUE AL SÓTANO.
Levanto la mirada.
—¿Qué sótano?
Mateo parece arrepentirse de haberme entregado la caja.
—El de la mansión Valdés.
Siento un escalofrío.
—La mansión está abandonada.
—La casa sí. El sótano no siempre estuvo vacío.
Miro la llave.
Es pequeña, de hierro oscuro, con un número grabado cerca de la cabeza.
17.
El mismo número que aparece en casi todas las fechas relacionadas con Mara.
Diecisiete de octubre.
Diecisiete de octubre.
Diecisiete de octubre.
—¿Qué hay allí abajo?
—No lo sé.
—Mateo…
—Te juro que no lo sé. Nunca bajé.
—¿Pero sabés que existe?
Asiente.
—Mara me habló de él una semana antes de morir. Me dijo que había algo guardado allí, algo que podía demostrar que una persona había mentido sobre su pasado.
—¿Qué persona?
Mateo se pasa una mano por el pelo.
—No lo dijo.
—¿Y por qué me llevaste a la mansión?
—Porque Mara me pidió que te llevara.
Me quedo inmóvil.
—¿Mara me conocía?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Mateo me mira a los ojos.
—Desde antes de que vos la conocieras.
El ruido del río parece alejarse.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
—Yo no recuerdo haber hablado con ella antes de la escuela.
—Porque no te acordabas de muchas cosas.
Siento que la rabia vuelve a apoderarse de mí.
—Dejá de decirme que no me acuerdo. ¡Explicame qué pasó!
Mateo da un paso hacia mí, pero se detiene al ver mi expresión.
—La noche del diecisiete, vos y yo entramos en la mansión. Mara estaba esperándonos. Había alguien más, pero no vi su cara. Escuché una discusión en el piso de arriba y después…
Se interrumpe.
—¿Después qué?
Mateo traga saliva.
—Después vos empezaste a llorar.
No sé qué responder.
—¿Por qué?
—No lo recuerdo.
—¿Y qué hiciste?
—Te saqué de allí.
Miro la llave otra vez.
—¿Y Mara?
Mateo no contesta.
No hace falta.
La forma en que aprieta la mandíbula, la manera en que evita mirar hacia la otra orilla del río, me dicen que hay una parte de la historia que todavía no se atreve a contarme.
—¿La viste después de esa noche?
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Y estás seguro de que estaba viva cuando te fuiste?
Mateo abre la boca.
La cierra.
Finalmente, niega con la cabeza.
—No.
Me alejo de él.
No mucho. Apenas unos pasos.
Pero necesito espacio para respirar.
Durante diez años, creí que Mara había muerto en un accidente. Una caída, una noche oscura, una desgracia que el pueblo lamentó durante unos días antes de seguir adelante.
Ahora descubro que mi mejor amigo me llevó hasta la casa donde murió, que yo estuve allí y que ambos fuimos obligados a olvidar.
Y todavía no sé por qué.
—¿Qué es la cinta? —pregunto.
Mateo mira la caja.
—No la escuché nunca.
—¿Por qué la guardaste?
—Porque tenía tu nombre escrito.
Giro el casete.
En una de las caras hay una etiqueta amarillenta.
La tinta está casi borrada, pero todavía puedo leer las palabras.
ABRIL — ESCUCHAR CUANDO RECUERDE.
Siento que el corazón me golpea contra las costillas.
—¿Quién escribió esto?
—No lo sé.
—¿Y cómo llegó a tus manos?
—Estaba dentro de la caja.
—¿Qué caja?
Mateo tarda en contestar.
—La que encontré en el cobertizo de mi padre.
Miro el casete.
Quiero escucharlo.
Quiero saber qué hay en esa cinta y por qué alguien pensó que debía oírla cuando recordara.
Pero también tengo miedo.
No de lo que pueda descubrir.
Sino de que una parte de mí ya lo sepa.
—¿Tenés dónde reproducirla? —pregunto.
Mateo asiente.
—Mi padre conservaba un reproductor viejo. Todavía debe estar en el garaje.
—Vamos.
Él no se mueve.
—Abril, hay algo más.
Cierro los ojos un instante.
Por supuesto que lo hay.
Siempre hay algo más.
—¿Qué?
Mateo mira hacia el sendero por el que llegó.
—Cuando encontré la caja, había una segunda nota. No la guardé porque pensé que era una amenaza sin sentido.
—¿Qué decía?
—Que, si algún día me preguntabas por la noche del diecisiete, debía decirte una cosa.
—¿Cuál?
Mateo me mira con una expresión que no le había visto nunca.
No es miedo.
Es vergüenza.
—Que vos no fuiste la única que olvidó.
Antes de que pueda preguntarle qué significa, escuchamos un ruido detrás de nosotros.
Un chasquido.
Como una rama partiéndose bajo un pie.
Mateo gira la cabeza.
Yo también.
El sendero está vacío.
El hombre del perro ya no está y los ciclistas han desaparecido. Solo quedan las ramas moviéndose con el viento y el reflejo del cielo sobre el río.
—¿Viste a alguien? —pregunto.
Mateo niega con la cabeza.
Pero ha guardado la caja.
Y está mirando hacia el mismo lugar que yo.
—Tenemos que irnos —dice.
—¿Por qué?
—Porque no estamos solos.
Miro alrededor.
No veo a nadie.
Entonces, mi teléfono vibra.
Un mensaje de un número desconocido.
No hay saludo ni explicación.
Solo una fotografía.
En ella aparecemos Mateo y yo, junto a la baranda del puente, con la caja abierta entre las manos.
La imagen fue tomada desde el sendero.
Hace apenas unos segundos.
Debajo, hay una frase.
AHORA SABÉS QUE ÉL ESTUVO ALLÍ.
Llega otro mensaje.
PERO TODAVÍA NO SABÉS QUIÉN TE SACÓ DE LA CASA.
Levanto la mirada hacia Mateo.
Él está observando mi pantalla.
Y, por primera vez desde que lo conozco, no parece sorprendido por lo que acaba de leer.
Parece reconocerlo.
—¿Quién te sacó de la casa, Mateo?
Él cierra los ojos.
—No me acuerdo.
—No te creo.
—Abril, te juro que…
—¡Dejá de jurarme cosas!
Mi voz se quiebra.
Aprieto el teléfono con tanta fuerza que me duelen los dedos.
—¿Sabés qué es lo peor? Que todavía quiero creerte. Después de todo lo que me ocultaste, una parte de mí sigue esperando que me digas que hay una explicación, que alguien nos obligó a mentir y que vos solo intentabas protegerme.
Mateo no dice nada.
—Pero ya no sé si me protegías a mí o te protegías vos.
Doy media vuelta.
—Abril, esperá.
Sigo caminando.
—¡Abril!
Me detengo, aunque no me vuelvo.
—Hay una cosa que no te dije —susurra.
Cierro los ojos.
—Si es otra mentira, no quiero escucharla.
—La noche que murió Mara, yo no fui el único que recibió una orden para olvidarlo todo.
Me vuelvo lentamente.
Mateo saca el teléfono del bolsillo y abre una fotografía antigua.
La pantalla está agrietada, pero la imagen se distingue con claridad.
Es una página de un cuaderno.
Hay una lista de nombres escritos a mano.
Mara Vidal.
Gael Ferrer.
Inés Valdés.
Elena Montenegro.
Mateo Rivas.
Y debajo de todos ellos, una última línea.
Mi nombre.
ABRIL MONTENEGRO — NO DEBE RECORDAR.
Siento que el aire abandona mis pulmones.
—¿Quién escribió esa lista?
Mateo niega con la cabeza.
—No lo sé.
—¿De dónde salió?
—La encontré hace tres años.
Lo miro, incapaz de comprenderlo.
—¿Hace tres años?
Asiente.
—Estaba escondida entre las cosas de mi padre. Intenté preguntarle, pero se puso furioso. Me dijo que no volviera a tocar nada relacionado con la familia Valdés.
—¿Y no pensaste que era importante decírmelo?
—Tenía miedo.
—¿De qué?
Mateo mira la pantalla.
Después, me mira a mí.
—De que la persona que escribió esa lista todavía estuviera vigilándonos.
Un escalofrío me recorre la espalda.
Vuelvo a mirar los nombres.
Cinco personas.
Seis, contando el mío.
Y una instrucción repetida sobre mí: no debo recordar.
—¿Por qué yo? —pregunto.
Mateo no responde.
Porque no lo sabe.
O porque sí lo sabe y todavía no se atreve a decirlo.
Guardo el teléfono en el bolsillo.
La llave con el número diecisiete sigue dentro de la caja. La cinta de casete parece pesar más que antes.
De pronto, recuerdo las palabras de mi madre.
Preguntale qué hizo.
Y comprendo que quizá la pregunta nunca fue qué había visto Mateo aquella noche.
La pregunta era qué había hecho para que todos decidieran protegerlo.
O castigarlo.
O mantenerlo a mi lado durante diez años.
—Voy a escuchar esa cinta —digo.
Mateo asiente.
—Te acompaño.
—No.
Mi respuesta lo sorprende.
—Abril…
—Si quiero descubrir la verdad, necesito empezar por alguna parte. Y ya no sé si puedo hacerlo con vos.
Me alejo del puente sin mirar atrás.
No sé cuánto camino antes de detenerme.
Cuando saco el teléfono para comprobar la hora, descubro que ha llegado otro mensaje.
Esta vez no hay fotografía.
Solo una frase.
La cinta no contiene la voz de Mara. Contiene la tuya.
Me quedo inmóvil en medio de la vereda.
Leo el mensaje una vez.
Después otra.
Y otra más.
La pantalla se apaga, pero las palabras siguen ahí, grabadas en mi cabeza.
La cinta lleva mi nombre.
La cinta debe escucharse cuando recuerde.
La cinta contiene mi voz.
Mis dedos empiezan a temblar.
No sé qué dije aquella noche.
No sé qué vi.
No sé por qué mi madre y Mateo llevan diez años intentando protegerme de un recuerdo que ninguno se atreve a nombrar.
Pero sé algo.
Algo que hasta ahora había intentado ignorar.
Si alguien está haciendo todo esto para impedir que recuerde, significa que hay una verdad que todavía puede destruirlos.
Y quizá también destruirme a mí.
Vuelvo a mirar el mensaje.
El número desconocido aparece debajo de la frase.
Por primera vez, no respondo.
Abro la fotografía que me enviaron del puente y amplío la imagen hasta distinguir el fondo.
Allí, detrás de los árboles, casi oculta por las sombras, hay una figura.
Una mujer.
Lleva un abrigo claro y tiene el rostro vuelto hacia nosotros.
No puedo distinguir sus facciones.
Pero hay algo en su postura que me resulta familiar.
Algo en la manera en que sostiene una mano contra el pecho.
Algo que he visto antes.
Amplío la imagen un poco más.
Y entonces lo veo.
En su cuello cuelga una cadena fina.
De ella pende un pequeño objeto con forma de estrella.
La misma estrella que aparece en las fotografías de Mara.
La misma que llevaba la mujer que está junto a mí en una de las fotos de mi infancia.
La misma que, según todos, pertenecía a Inés Valdés.
Siento que el mundo se detiene.
Porque la mujer de la fotografía no está mirando a Mateo.
Me está mirando a mí.
Y debajo de la imagen, el remitente acaba de enviar un último mensaje.
No vuelvas a la mansión, Abril.
La próxima vez que entres, no habrá nadie para sacarte.
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