Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
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Capítulo 5: La Verdad Detrás de la Máscara
La duda sembrada en la mente de Melany la llevó a levantarse al amanecer al día siguiente. Se embozó en una manta tejida y se apostó en la terraza antes de que saliera el sol, dispuesta a observar la dinámica del campamento desde la distancia.
A la mañana del séptimo día, presenció una escena que derribó por completo sus convicciones.
Cuando los primeros rayos de luz dorada comenzaban a ilusionar las cumbres de las montañas, una pequeña puerta secreta en la muralla posterior del palacio se abrió. De ella emergió una figura solitaria, acompañada únicamente por dos guardias vestidas con ropa de viaje sin insignias.
Melany reconoció de inmediato el porte alto e imponente de la figura: era Antonio.
El emperador no llevaba su corona, ni sus hombreras de acero, ni su capa de gala. Vestía una túnica sencilla de lana oscura y botas de montar gastadas. Melany observó detenidamente cómo el soberano de Solaria caminaba entre las filas de tiendas del campamento. Esperaba que la gente huyera aterrorizada o se postrara llena de miedo ante la presencia del "tirano".
Lo que ocurrió fue todo lo contrario.
Los refugiados lo saludaban con inclinaciones respetuosas y sonrisas cálidas. Antonio caminaba despacio, respondiendo a los saludos con asentimientos amables. Melany vio, con la garganta apretada por la conmoción, cómo el enorme emperador se arrodillaba directamente en el barro para hablar con una anciana en silla de ruedas, tomando sus manos arrugadas entre las suyas con infinita paciencia.
Poco después, lo vio acercarse a una carreta de suministros, quitarse el sobretodo y comenzar a cargar pesados sacos de trigo junto a los campesinos, sudando a la par con ellos bajo el fresco de la mañana. Finalmente, una niña pequeña tropezó cerca de él y comenzó a llorar; Antonio se inclinó, levantó a la pequeña en sus brazos gigantescos con una delicadeza asombrosa, le habló al oído hasta sacarle una sonrisa y sacó una manzana roja de su bolsillo para dársela antes de entregársela a su madre.
Melany retrocedió dos pasos en la terraza, apoyando la espalda contra la pared de la torre. El aire parecía habérsele escapado de los pulmones.
"Nos han mentido", pensó, sintiendo una mezcla devoradora de culpa, fascinación y desconcierto. "Todo lo que mi padre me dijo... todo lo que los ministros proclamaban en el consejo de guerra era una mentira. Él no es un monstruo. Él está cuidando a nuestra gente..."
La figura del emperador comenzó a transformar el odio de Melany en un interés profundo, casi obsesivo, que hacía latir su corazón con una fuerza desconocida.
Esa misma tarde, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas, el pesado cerrojo de la puerta de la celda giró con un chasquido metálico.
Melany se puso de pie de golpe junto a la chimenea, ajustándose el vestido verde oscuro que los sirvientes le habían dejado esa mañana. El corazón le dio un vuelco salvaje.
Antonio cruzó el umbral.
Esta vez venía solo. Se había quitado la armadura y la capa real; vestía únicamente una camisa de lino blanco con los primeros botones desabrochados, dejando entrever la parte superior de su pecho ancho y fuerte, y pantalones oscuros de cuero ajustados. Su presencia física llenó la habitación de inmediato, imponiendo una atmósfera densa, cálida y cargada de una electricidad casi palpalble.
—Veo que has estado pasando mucho tiempo en la terraza posterior —dijo Antonio con su voz grave, cerrando la puerta tras de sí con lentitud.
Melany dio un paso atrás de forma instintiva hasta que sus caderas chocaron contra la mesa de caoba, pero mantuvo la cabeza erguida, negándose a mostrar cobardía.
—Vi el asentamiento —admitió ella, intentando que su voz sonara firme—. Vi lo que haces allí abajo todas las mañanas.
Antonio caminó despacio hacia ella. Cada uno de sus pasos parecía acortar no solo la distancia física, sino también las barreras que los separaban. Se detuvo a menos de un metro de la princesa. Su altura obligaba a Melany a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Los ojos dorados del emperador brillaban con la luz de la chimenea.
—¿Y qué conclusiones ha sacado la princesa de Aethelgard tras sus observaciones? —preguntó él en un tono suave, casi burlón, pero con una mirada cargada de intensidad.
—Veo a un emperador montando un espectáculo —respondió ella, aunque sus palabras carecían del veneno de días anteriores—. ¿Intentas limpiar tu conciencia por la sangre de mis compatriotas? ¿O es una forma refinada de propaganda para ganar aliados?
Antonio no se enfureció. Dejó escapar un largo y cansado suspiro, y por un segundo, la máscara de soberano invencible se cayó, dejando ver la profunda fatiga de un hombre que llevaba el peso de un imperio sobre sus hombros.
—Si quisiera propaganda, llevaría bardos y poetas para que escribieran canciones sobre mis actos —dijo Antonio, mirándola directamente—. Esta guerra no la inicié yo, Melany. La inició la ambición insaciable de los nobles de tu reino, que invadieron nuestras provincias fronterizas buscando minas de plata, y la codicia de mis propios ministros, que se enriquecen vendiendo armas y suministros. Yo solo intento evitar que mi pueblo y el tuyo mueran de hambre mientras busco la forma de desmantelar este desastre sin que ambos reinos se destruyan por completo.