Damián y su hijo Elían vivían felices y humildes, hasta que Damián se casó con el poderoso Zorán y su mundo cambió.
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— La torta y el corazón pequeño
Damián pasó toda la tarde en la cocina, con las manos enharinadas y una sonrisa que no se le borraba. Mezcló con mimo la harina, la leche, el azúcar y la vainilla, añadió trocitos generosos de chocolate y esa capa de dulce de leche que a Elían le volvía loco. La decoró con cuidado, escribiendo con crema blanca: ¡Feliz cumpleaños, mi vida!
La guardó en una caja bonita, la envolvió con un lazo amarillo —su color favorito— y la acarició suavemente. Mañana, por fin, volverían a estar solos, como siempre.
—Mañana festejamos los dos —susurró para sí mismo—. Como antes.
Pero Lía lo observaba desde el umbral de la puerta, con los ojos muy abiertos y el ceño fruncido. Una punzada de celos le atravesó el pecho. ¿Por qué todo es para él? pensó, apretando los puñitos. ¿Acaso no soy yo la que lo necesita aquí?
Esperó a que Damián saliera a tender la ropa, teniendo empleadas doméstica Demian prefería hacerlo él, para que las empleadas no tuvieran más trabajo de lo que tenían en esa enorme mansión, le gustaba ayudar. Entonces corrió hacia la mesa donde estaba la torta, la miró con deseo y rabia a la vez, y empezó a comerla a bocados rápidos y grandes, sin usar cuchara, manchándose las mejillas y las manos, tragando casi sin masticar. Comió y comió hasta que apenas quedó la mitad, y sintió cómo el estómago se le hinchaba, duro y doloroso.
—Así no irá —murmuró entre lágrimas—. Así se quedará conmigo.
Cuando Damián volvió, la encontró sentada en el suelo, con la cara manchada de crema, abrazándose el vientre y haciendo muecas de dolor. La torta estaba destrozada.
—¡Lía! —corrió hacia ella, arrodillándose—. ¿Qué te pasó, mi cielo?
—Me duele… —gimió ella, con voz fingida pero los ojos brillantes de verdadero malestar—. Me duele mucho la barriga.
Damián la levantó con cuidado, la limpió con un paño tibio y la acostó en la cama. Le puso un paño fresco sobre el estómago, le acarició la frente, preocupado.
—Tranquila, ya va a pasar. Me quedo contigo. No me muevo.
En ese momento sonó el teléfono. Era Elían. Damián dudó un instante, pero contestó con voz alegre, intentando disimular la inquietud.
—¡Papá! —se escuchó al otro lado, radiante—. ¡Ya casi es mi cumpleaños! Tengo todo planeado: iremos al parque donde solíamos ir, compramos helado ó cosas ricas, y luego preparamos juegos divertidos en casa… será como cuando era pequeño, ¿te acuerdas?
Damián sintió un nudo en la garganta.
—Me acuerdo, hijo. Qué alegría…
—Estoy tan feliz —siguió Elían, emocionado—. Te espero mañana temprano, ¿sí? Tengo muchas ganas de verte. Te extraño, papá.
—Yo también te extraño —respondió Damián con la voz entrecortada—. Mañana… mañana hablamos, ¿de acuerdo?
Colgó y miró a Lía. La pequeña lo miraba con ojos suplicantes, asustada de verdad ahora por el dolor que sentía. Él suspiró, la abrazó con ternura y le acarició el cabello.
—No te dejaré solita —le susurró—. Pero tampoco quiero fallarle a él.
Lía bajó la mirada, avergonzada. No esperaba que le doliera tanto. No esperaba sentirse así de culpable.
—¿Irás? —preguntó bajito. No quiero quedarme solita..
Damián la miró, dividido entre dos amores que tiraban de él en direcciones opuestas.
—No lo sé, mi amor. No lo sé.