La Diosa del Veneno : Madrastra Fatal.
Una asesina letal del siglo XXV, Expertas en venenos y curaciones, muere perseguida y despierta en la época antigua, en un mundo antiguo lleno de prejuicios y abusos. Decidida a sobrevivir, rehacerse y proteger a los cuatro hijos que la otra vida dejó a su cargo, rompe todas las reglas: castiga la crueldad con su propia medicina, se gana el respeto con hechos y construye su propio destino. Una historia de fuerza, justicia y transformación, donde la "mujer débil" se convierte en la ley que nadie se atreve a desafiar.
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Capitulo 17: Y SOMBRAS EN EL PALACIO
Los matones se giraron hacia mí y soltaron risas burlonas.
—¿Y tú quién eres, mujer? —dijo el más grande, el de la cicatriz, acercándose con amenaza—. Vete o te haremos lo mismo que a él. Quizás peor.
No les respondí con palabras. Solo levanté mi mano y, con un movimiento rápido y preciso, lancé tres agujas de plata, una tras otra. Cada una dio en el hombro del líder y en las piernas de los otros dos, dejándolos paralizados y cayendo al suelo con gemidos de dolor que se ahogaron en sus gargantas. Lucas me miró con los ojos muy abiertos, asombrado y profundamente avergonzado.
Me acerqué a él, lo agarré del brazo con firmeza y, sin decir palabra, lo puse boca abajo sobre una piedra plana y lisa. Saqué una vara flexible y le di varios golpes firmes en las nalgas.
—¡Estúpido! —le dije mientras lo castigaba—. ¡Idiota! ¿Te das cuenta de lo que podrían haberte hecho? ¡Y todo por una chica que te pidió lo que no podías dar, sin preguntarte si estabas bien! ¡Eres un niño valiente, pero hoy has sido un tonto! ¡¿Pensaste con el corazón y dejaste el cerebro en casa?!
Lucas lloraba, no tanto por el dolor, sino por la vergüenza y la realidad que caía sobre él con todo su peso.
—¡Lo sé, mamá, lo sé! —sollozó—. ¡Fui un idiota! ¡Ella no me quiso, y yo no debí irme sin decir nada! ¡Perdóname!
Lo ayudé a levantarse, lo abracé con fuerza y lo miré a los ojos, secándole las lágrimas con el dorso de la mano.
—Te perdono, pero escúchame bien: el amor no se compra ni se ruega. Quien te quiere no te pide que te arriesgues solo para demostrar algo. Y quien te ama, busca tu seguridad antes que nada. Ahora ven, volvamos a casa.
Los matones seguían paralizados en el suelo, y Larisa, que se había detenido en la entrada, pálida y temblando, intentó huir. Pero me detuve un instante y le dije con voz gélida, sin rastro de piedad ni de ira:
—Si te vuelves a acercar a él para pedirle algo que lo ponga en peligro, la próxima vez no serán agujas paralizantes. Recuérdalo bien.
Ella salió corriendo despavorida, sin mirar atrás. Lucas caminó a mi lado, cabizbajo al principio, pero con la cabeza poco a poco más alta: había aprendido una lección dolorosa pero necesaria, y eso valía más que cualquier moneda.
Mientras tanto, en una de las alas más privadas y silenciosas del palacio, el General Protector —el hombre más leal al difunto Príncipe Heredero y quien fuera mentor de Víctor— caminaba de un lado a otro con una carta arrugada entre los dedos. Su rostro, habitualmente severo e inamovible, mostraba una expresión de asombro y esperanza que nadie había visto en él en más de una década. Se sentó un instante, volvió a leer las palabras, y sus manos temblaron levemente.
—¿Es posible? —murmuró para sí mismo—. ¿Que estén vivas? ¿Después de todo este tiempo?
La carta, escrita con una letra que él conocía mejor que la suya propia, decía que su esposa y su hija, a quienes él creía muertas en un incendio hace más de diez años, en realidad habían sobrevivido y vivían escondidas, esperando el momento seguro para revelarse. Su corazón latía con fuerza, mezcla de alegría abrumadora y el temor de que todo fuera una trampa. Sin embargo, algo en su interior, esa voz que nunca le fallaba, le decía que era verdad.
—Las buscaré —se prometió a sí mismo, apretando el papel contra su pecho—. No importa dónde estén, las encontraré.
Pero en ese instante, una sombra se deslizó por el pasillo del palacio, silenciosa y letal. Nadie la vio llegar, nadie escuchó pasos ni respiración. En la habitación de la Consorte Real —la segunda esposa del Emperador, una mujer hermosa pero fría y ambiciosa que siempre había conspirado para ganar poder—, el aire pareció volverse denso y helado de pronto.
Ella estaba de pie frente a su espejo de marfil, arreglándose el cabello con movimientos lentos y elegantes, cuando algo brilló apenas una fracción de segundo, tan rápido que podría haber sido un parpadeo. No hubo grito, no hubo lucha. Simplemente, la Consorte cayó al suelo sin vida, con una expresión de terror absoluto congelada en el rostro. No tenía heridas visibles, no había rastro de veneno ni arma alguna. En su pecho, sobre su vestido de seda blanco inmaculado, solo había una sola flor negra, perfecta y aterciopelada, que empezaba a marchitarse en cuestión de segundos, como si hubiera sido cortada minutos antes y ya se consumiera. Su aroma, dulce y empalagoso, llenó la habitación en un instante y luego se desvaneció.
El asesino se había ido antes de que cualquier guardia pudiera acercarse. Nadie sabía quién era, cómo había entrado ni cómo había salido. Un silencio sepulcral envolvió la habitación, y la flor negra, ya seca y frágil sobre la seda blanca, parecía mirar a todos los que entraban, como una firma macabra y sin nombre.
El palacio entero se llenó de gritos y alarmas en cuestión de minutos. El Emperador llegó corriendo, pálido y temblando de furia y un miedo profundo que no se molestó en ocultar.
—¡Esto es obra suya! —gritó, señalando el cuerpo con un dedo que le temblaba—. ¡El Príncipe Regente… él ha vuelto y nos está cazando uno por uno!
—Majestad… no hay rastro de entrada ni salida —dijo el capitán de la guardia con voz entrecortada, sin atreverse a levantar la vista—. Es imposible que alguien haya entrado y salido sin ser visto… y sin dejar ni una gota de sangre ajena.
—Entonces es magia… o algo peor —susurró el Emperador, retrocediendo ante la flor marchita como si esta pudiera morderlo—. ¡Aumenten la guardia al doble! ¡Nadie entra ni sale sin mi permiso escrito! ¡Quien sea que hizo esto, volverá!
Pero el General Protector, de pie en un rincón apartado, miraba la flor negra con una expresión distinta: no era miedo, sino reconocimiento. Una memoria antigua, enterrada bajo años de servicio y dolor, volvió a él de golpe.
—Esa flor… —murmuró tan bajo que nadie lo escuchó—. Es la marca de alguien que creí muerto hace años. Alguien que solo mata a los que merecen morir.
Nadie lo notó. El palacio, antes símbolo de poder y orden, ahora estaba sumido en el caos, el miedo y una oscuridad que parecía crecer con cada hora. Un asesino invisible caminaba entre ellos, y nadie sabía cuál sería su próximo objetivo.