Dos príncipes gemelos unidos por el trono, pero separados por sus propias sombras. Entre secretos de palacio, guerras inminentes y mujeres invencibles que se niegan a ser dominadas, el amor se convertirá en su mayor fortaleza... o en su ruina. Una historia de lealtad, pasión y un destino escrito con sangre que ni el tiempo podrá borrar. Traiciones de corte, pasiones prohibidas y un imperio que renace del caos. Sigue la historia de dos hermanos y las mujeres que conquistaron sus corazones, sin imaginar que la profecía que los unió dejaría una huella imborrable que trascenderá a través de los siglos.
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Capítulo 20: El orgullo del Rey 2
El frío del invierno comenzaba a colarse por los pasillos del palacio imperial cuando la guerra estalló en dos frentes simultáneos.
En las fronteras del Sur, las tropas leales a la corona fueron emboscadas por la armada del Reino del Sol Naciente, en abierta conspiración con los ministros rebeldes que aún quedaban en el Consejo. El general Felipe resistía en las trincheras, pero las líneas de suministro habían sido cortadas. La única forma de mantener a los soldados en pie era el envío inmediato de fondos y municiones desde la tesorería central.
Y la única persona capaz de autorizar esa ruta en tiempo récord era Daría.
La princesa Sora, comprendiendo que la bastarda de las monedas era la columna vertebral de la resistencia militar en el Sur, ejecutó su movimiento en las sombras.
A través de una sirvienta comprada, introdujo un veneno de parálisis progresiva en el té de Daría. No buscaba matarla de inmediato, sino incapacitarla durante los días cruciales en que el ejército del Sur necesitaba los pertrechos.
El efecto fue devastador. Daría se desplomó en los archivos reales y fue trasladada de urgencia a sus aposentos con fiebres altísimas y la respiración al borde del colapso.
Cuando la noticia llegó al despacho real, el monarca congeló todas las audiencias. Canceló las reuniones de estrategia y se trasladó personalmente a la habitación de Daría. Durante tres días y tres noches, el rey no cruzó el umbral de esa estancia. Permaneció sentado en la penumbra al lado de su cama, velando su pulso, sosteniendo su mano fría y obligando a los médicos imperiales a trabajar bajo amenaza de muerte.
Para cuando Daría abrió los ojos en la mañana del cuarto día, fuera del peligro mortal, el rey emitió un decreto inmediato sin consultar al Consejo: Daría fue nombrada Concubina de Primer Rango, otorgándole el control absoluto e irrevocable de la tesorería imperial sobre cualquier objeción de la nobleza.
Esa decisión fue la gota que derramó el vaso para la princesa Sora.
Cegada por la rabia al ver que su atentado solo había servido para elevar a la mujer que pretendía destruir, Sora decidió terminar el trabajo con sus propias manos.
Aprovechando que el rey había abandonado los aposentos para enviar a Felipe las órdenes de la tesorería, la princesa extranjera se deslizó por las galerías privadas hacia la habitación donde Daría aún descansaba, convaleciente y sin fuerzas para defenderse, llevando una daga oculta en la manga.
Lo que Sora no calculó fue que esa noche no era el rey quien custodiaba la vida de Daría.
Al cruzar el umbral del aposento, Sora se topó de frente con una figura majestuosa que aguardaba en la penumbra: Amira, la Reina Consorte.
—¿A dónde crees que vas, niña? —preguntó Amira con una voz helada que hizo vibrar el aire de la estancia.
Sora, fuera de sí por la desesperación, no retrocedió. Desenvainó la daga con un gesto torpe y encaró a la reina.
—¡Apártate! ¡Esa basura de cuna baja debe morir para que el consejo recupere el control! ¡Tú también deberías estar muerta, reina de papel! —gritó la princesa, abalanzándose con la hoja en alto directamente hacia el pecho de Amira.
Oculta tras las cortinas de la estancia, Alessia mantenía la mano sobre la empuñadura de su espada, lista para intervenir y decapitar a la invasora. Sin embargo, la guerrera se congeló al presenciar lo que ocurrió a continuación.
Amira ni siquiera pestañeó.
Con una velocidad y una precisión afilada que nadie en el palacio habría esperado de la aristocrática soberana, la reina esquivó la estocada con un movimiento elegante.
Con su mano izquierda sujetó la muñeca de Sora, desviando el acero, y con la derecha le propinó un golpe certero en la garganta que le cortó el aire a la princesa. Antes de que Sora pudiera recuperarse o emitir un solo gemido, Amira le arrebató la daga en un giro impecable y le atravesó el corazón con una fuerza limpia y letal.
El cuerpo de la princesa del Sol Naciente se desplomó sobre la alfombra sin vida, con los ojos abiertos en un gesto de pavor absoluto.
Amira soltó el arma, ajustó las mangas de su túnica de seda sin que una sola gota de sangre hubiera manchado su vestido, y contempló el cadáver con una serenidad aterradora.
Desde las sombras, Alessia emergió despacio. Por primera vez en su vida, la implacable guerrera del Norte sentía una admiración profunda que le erizaba la piel.
En los ojos oscuros y fríos de Amira vio la misma aura de autoridad implacable que el rey proyectaba cuando se daba su lugar ante el consejo. Comprendió en ese instante con absoluta claridad por qué el monarca la había elegido a ella, entre todas las mujeres del imperio, para llevar la corona.
Amira no era frágil; era un depredador silencioso vestido de seda.
—No dejes rastro, Alessia —ordenó Amira en voz baja, mirando a la guerrera con absoluta compostura.
—Déjalo en mis manos, mi reina —respondió Alessia con una reverencia que jamás le había dedicado a ningún otro noble.
Trabajando en perfecta coordinación, Alessia y Amira manipularon la escena con una astucia quirúrgica.
Limpiaron el lugar, colocaron a Sora en sus propios aposentos y arreglaron los detalles para que la muerte pareciera un acto de desesperación. Antes del amanecer, la noticia recorrió los pasillos del palacio: la princesa Sora se había suicidado en sus aposentos tras ser rechazada por el monarca y perder definitivamente el favor real.
Horas más tarde, en el despacho privado, el rey escuchaba el informe a solas.
Alessia permanecía firme frente al escritorio, relatándole punto por punto cómo Amira había ejecutado a la princesa con la precisión de un soldado experimentado y cómo habían encubierto la escena para evitar una crisis diplomática antes de tiempo.
Mientras Alessia hablaba, observó la reacción del rey.
En los labios del monarca no hubo sorpresa ni reproche. En su lugar, una sonrisa de orgullo genuino y salvaje se dibujó en su rostro. Sus ojos oscuros brillaron con la satisfacción de quien confirma que su reina era invencible.
—Hicieron un trabajo impecable —murmuró el rey con voz grave.
Poco después, el monarca emitió un decreto administrativo de emergencia: de forma arbitraria y sin justificación pública ante el consejo, asignó una astronómica suma de oro de las arcas recuperadas directamente al presupuesto personal del pabellón de la Reina Consorte.
Un 'premio' monetario concedido de la nada que dejó a la corte confundida y especulando sobre los motivos del soberano.
Alessia, observando la transacción en silencio desde la esquina del despacho, conectó los puntos con su habitual agudeza. Sonrió de medio lado mientras ajustaba su espada.
El imperio entero creía que la reina estaba siendo olvidada en favor de las concubinas.
Ningún noble entendía que ese dinero no era una dote ni un regalo caprichoso; era el tributo de un rey orgulloso reconociendo la victoria de la verdadera dueña del palacio.
lo siento, me quedo con el rey y el príncipe 😅😅
yo creo que el rey ama a la reina, y que ella es su amada. por eso la reina sueña con ese enmascarado