Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 17
Cap 17: El contrato
El abogado colocó el documento sobre la mesa de centro con la solemnidad de quien entrega un testamento. Dante lo miró desde el sillón con los brazos cruzados, sin tocarlo.
—Es un contrato entre personas físicas —aclaró el abogado, un hombre canoso que llevaba treinta años redactando acuerdos para la familia Valderrama—. Entre usted, señor Valderrama, y el señor Montero. Grupo Valderrama no aparece en ninguna cláusula.
—Así lo quiero —dijo Dante.
Sebastián estaba sentado al otro lado de la mesa, con las piernas cruzadas y una taza de café que apenas había tocado. Llevaba una camisa blanca arremangada hasta los codos y tenía el cabello todavía húmedo de la ducha. Como si firmar un contrato multimillonario fuera parte de su rutina matutina.
—¿Ya lo revisaste? —preguntó Dante.
—Tres veces. —Sebastián tomó el bolígrafo que el abogado había dejado junto al documento—. La cláusula de confidencialidad del artículo séptimo tiene una ventana de treinta días después de la terminación. Te recomiendo ampliarla a noventa.
El abogado alzó las cejas y miró a Dante.
—Tiene razón —admitió Dante con un gruñido.
Sebastián no sonrió, pero algo en sus ojos se suavizó. Pasó las páginas con dedos largos y precisos, señalando cada sección como si diera una clase.
—Don Eduardo le dice a todo el mundo que Emilio dirige los proyectos de expansión. Pero en los últimos tres años, Emilio solo ha cerrado dos desarrollos propios. El resto son contratos heredados que los directores regionales negociaron antes de que él llegara al puesto.
Dante frunció el ceño.
—¿Cómo sabes eso?
—Registro público de licitaciones. Actas de consejo que tu abuelo publica por obligación fiscal. —Sebastián pasó otra página del contrato sin levantar la vista—. También hay dos ejecutivos veteranos, el Licenciado Páramo y el Ingeniero Solís, que en papel reportan al consejo pero en la práctica solo responden a Emilio. Llevan cubriéndole los números desde que lo nombraron vicepresidente.
El silencio en la sala fue denso. El abogado tosió incómodo y fingió revisar algo en su portafolio.
Dante se recargó en el respaldo del sillón y estudió a Sebastián con una expresión que no era exactamente admiración, sino algo más incómodo: el reconocimiento de que alguien había hecho mejor trabajo que él.
—Investigaste más a fondo que yo —dijo Dante, sin rodeos.
—Tú tenías la desventaja emocional. Yo no.
Dante apretó la mandíbula. "Desventaja emocional." Qué forma tan clínica de decirle que su familia era un desastre.
—Yo le prometí a mi abuela que no pelearía por Grupo Valderrama —soltó Dante, como si las palabras le quemaran la lengua—. Se lo prometí cuando tenía diecinueve años, y lo cumplí durante mucho tiempo.
Sebastián dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Qué cambió?
—Hace dos años pasó algo. —Dante desvió la mirada hacia la ventana. La luz de la mañana le cruzaba la cara, marcándole las ojeras que todavía no desaparecían del todo—. Algo relacionado con mi madre.
No dijo más. Sebastián no preguntó.
El abogado, que claramente quería estar en cualquier otro lugar, carraspeó.
—Si ambos están de acuerdo con la modificación al artículo séptimo, puedo tener la versión final lista en dos horas.
—Hazlo —dijo Dante.
En ese momento, el celular de Sebastián vibró sobre la mesa. La pantalla mostró un nombre: Luciana.
Sebastián lo tomó sin prisa.
—¿Bueno?
Dante podía escuchar fragmentos de la voz al otro lado. Aguda, rápida, con ese tono de quien exige algo que considera obvio.
—Estoy ocupado —dijo Sebastián con la misma voz que usaría para informar la hora—. Estoy con mi pareja.
Dante sintió que la sangre le subía a la cara de golpe. Se quedó inmóvil, mirando fijamente la mesa como si el contrato fuera lo más fascinante del universo.
—Si necesitas ayuda con los papeles del fideicomiso, llámale a Emilio —continuó Sebastián—. Para eso es tu esposo, ¿no?
Colgó. Dejó el celular boca abajo sobre la mesa y volvió a tomar el bolígrafo.
—¿En qué íbamos?
Dante no contestó. Tenía las orejas rojas.
El abogado, con la sabiduría de tres décadas de profesión, recogió sus papeles en tiempo récord.
—Les mando la versión corregida por correo. Con permiso.
Nadie lo detuvo.
Cuando la puerta se cerró, Sebastián miró a Dante con una ceja ligeramente alzada.
—¿Estás bien? Tienes la cara roja.
—Es el calor —mintió Dante, levantándose del sillón con brusquedad—. Vámonos. Tengo que pasar al taller.
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El taller estaba en una nave industrial al sur de la ciudad, con piso de concreto manchado de aceite y el olor permanente a gasolina y metal caliente. Tres autos de carreras ocupaban las bahías principales, pero el que dominaba el centro era un sedán gris con franjas amarillas que parecía más arma que vehículo.
—V8 modificado —dijo Dante, pasándole la mano por el cofre como quien saluda a un viejo amigo—. Le metieron turbo el año pasado. Casi me mato en la primera prueba.
—Casi te matas porque aceleraste antes de que terminara de calibrar la suspensión —corrigió Héctor desde debajo de otro auto, saliendo sobre una plataforma rodante con una llave de tuercas en la mano.
Vale estaba sentado sobre un tambo de aceite vacío, comiendo una torta.
—Yo vi el video. Parecía que el carro iba a despegar.
—No ayudes, Vale —dijo Héctor.
Sebastián observaba todo desde la entrada del taller con las manos en los bolsillos. Su mirada recorría el espacio con la misma atención metódica que había dedicado al contrato esa mañana.
Dante desapareció detrás de una cortina metálica y volvió diez minutos después.
El traje de carreras era negro con detalles rojos, ajustado al cuerpo, con un patrón de llamas estilizadas en la espalda que solo se veía cuando se daba la vuelta. Se estaba subiendo el cierre hasta el cuello mientras caminaba, con la naturalidad de alguien que se lo había puesto cientos de veces.
Sebastián lo miró. No de arriba abajo, sino directo a los ojos primero, y luego un recorrido lento y deliberado que terminó de vuelta en su cara.
—Te ves bien —dijo. Sin inflexión. Como quien constata un hecho.
Dante parpadeó. Abrió la boca para decir algo y no le salió nada, así que la cerró y fue directo al carro.
—Dante siempre se ha visto bien con esos trajes —comentó Héctor, limpiándose las manos con un trapo mientras se acercaba—. Desde la primera vez que se lo puso, ¿verdad? Tenías como veintiuno.
La temperatura del taller bajó diez grados.
Sebastián giró la cabeza hacia Héctor con una lentitud que no tenía nada de casual. Lo miró sin parpadear, sin expresión, con esos ojos oscuros que de pronto parecían los de algo que caza de noche. No dijo una palabra. No tuvo que hacerlo.
Héctor se detuvo a medio paso. La sonrisa despreocupada se le congeló en la cara.
"Ah, cabrón."
Desde una esquina, Marco levantó la vista del motor que estaba revisando. Miró a Sebastián, luego a Héctor, y la comisura de su boca se curvó apenas.
—Qué interesante —murmuró Marco, y volvió a su motor.
Vale, ajeno a todo, seguía comiendo su torta.
Héctor recuperó la compostura, pero tardó un segundo más de lo normal. Le dio la espalda a Sebastián con movimientos deliberadamente casuales y se acercó a Dante, que estaba revisando el tablero del carro.
—Oye —le dijo en voz baja, inclinándose hacia él—. Necesito hablar contigo.
—¿Ahorita?
—Sí, ahorita. —Héctor le puso una mano en el hombro y lo jaló un paso lejos del carro, bajando la voz hasta que solo Dante pudiera escucharlo—. Tu "novio quebrado" no es nada sencillo, hermano.
Dante frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
—Encontré unas cosas que necesitas escuchar. —Héctor le sostuvo la mirada con una seriedad que no era común en él—. No aquí. No ahora. Pero pronto.
Dante buscó los ojos de Sebastián al otro lado del taller. Sebastián estaba de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados y la vista fija en el auto gris. Parecía completamente tranquilo, como si no acabara de hacer que Héctor, un tipo que medía uno noventa y reparaba motores de competencia, retrocediera con una sola mirada.
—Está bien —dijo Dante—. Mañana.
Héctor asintió y se alejó. Antes de llegar a su bahía de trabajo, miró una vez más hacia Sebastián.
Sebastián no lo estaba viendo. Estaba mirando a Dante. Solo a Dante. Con una expresión que desde lejos podía confundirse con indiferencia, pero que de cerca —Marco lo notó, porque Marco notaba todo— era algo completamente distinto.
Posesión. Tranquila, absoluta, sin disculpas.
Dante se subió al carro y encendió el motor. El rugido del V8 llenó el taller entero.
No vio la forma en que Sebastián cerró los ojos un segundo, como si el sonido le molestara. O como si estuviera guardando algo en la memoria.