En está historia veremos a una joven, dispuesta hacer lo que sea para salvar la vida de su mamá, pero, ¿Qué pasará con ella, si en el proceso se enamora? Los invito a leer.
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Cap. 17
— ¿Me está amenazando? — La voz de Sorimar era una cuerda tensa, pero no se quebró.
Eykel dio un paso, sus ojos, pozos oscuros de intención, la sostuvieron. — Tómalo como quiera.
Sorimar se mantuvo firme. Sabía que huir con él, dejando a Maicol plantado, era una traición que la carcomerías. Pero Eykel era una fuerza de la naturaleza: obstinado, persuasivo, furioso, actuando como si ella ya le perteneciera por algún decreto divino.
— Deja de insistir. Estás perdiendo tu valioso, precioso tiempo. — declaró ella.
La tensión se hizo palpable. Eykel se quedó inmóvil, evaluándola, y luego una sonrisa amarga, cargada de peligro, le preguntó.
— ¿Es tu última decisión? Entiendo.
Él empezó a caminar con una lentitud deliberada, cada paso era una sentencia inminente. Ella sintió un escalofrío en la nuca. La idea de lo que iba a hacer la golpeó con la fuerza de un puñetazo frío.
— ¿Qué vas a hacer? — preguntó Sorimar, deteniéndolo instintivamente, su mano apenas tocando su brazo.
Eykel ni siquiera la miró. Su voz era grave, peligrosa. — Tengo una conversación pendiente... con un viejo amigo.
Sorimar era una mujer que huía del escándalo como de una plaga. Un enfrentamiento cara a cara entre Eykel y Maicol sería una carnicería emocional en medio del bar. Sabía que Maicol era, en esencia, pacífico, pero la agresividad volcánica que emanaba de Eykel ahora mismo era inconfundible. Estudió el frío acero de sus intenciones. Él no estaba bromeando.
Ella suspiró, la derrota era un sabor amargo en su boca. — Me voy contigo.
La victoria no trajo alegría a Eykel, solo una satisfacción sombría.
— ¿A dónde me vas a llevar? — preguntó ella, sintiendo que cruzaba un umbral sin retorno.
— No hagas preguntas. Te espero afuera.
Sorimar respiró hondo, un acto desesperado por inflar de aire sus pulmones antes de sumergirse. Sabía que era una locura, pero algo oscuro y excitante en su interior la había empujado a aceptar. Llamó a Maicol, las disculpas se sintieron como mentiras pegajosas, la excusa de la enfermedad, un velo transparente.
Salió del bar, sintiendo todas las miradas clavadas en su espalda. Vio al imponente caballero esperándola con la puerta del auto abierta, una figura recortada contra la noche, un depredador esperando su presa.
— Sube al auto — fue la orden, seca, sin adornos.
— Antes quiero saber a dónde me llevas. Dímelo.
Un destello de furia cruzó los ojos de Eykel. — Vamos a ir a ese club, donde nos conocimos. Necesito hablar con la encargada. No es personal, pero no me gusta que me vean la cara de pendejo.
Ella se deslizó en el coche, el cuero frío. — Ya entiendo. Quieres que te devuelva el doble de la cantidad que pagaste por mi virginidad. El contrato es un asunto de dinero para usted.
— No me importa el dinero. — aclaró él, con un desprecio helado que la confundió más.
— ¿Ah, no? ¿Y qué demonios es lo que quiere entonces?
Él no contestó. Era un hombre posesivo hasta la médula, dominante hasta el hastío. Para él, era una denigración personal saber que su peor enemigo, Maicol Green, había obtenido algo que, en su mente retorcida, le pertenecía a él.
Ella se hundió en el silencio, mirando por la ventanilla, el mundo exterior difuminándose. No quería confirmar que aún era virgen, pues eso le daría un derecho aún más aterrador sobre ella. Pero sabía que, de todos modos, él iba a insistir, a cazarla.
Volteó a mirarlo. No podía creer que un hombre tan bellamente esculpido pudiera ser tan egoísta y cruel. Ruborizada y con la vergüenza quemándole la garganta, decidió desgarrar el velo.
— Soy virgen. No he tenido relaciones sexuales. — soltó, la verdad como un chorro de ácido. Bajó la voz, esperando lo peor. — Me imagino que ahora quieres que vayamos a un hotel.
Él no dijo nada, solo la miró por unos segundos interminables, una duda inquietante cruzando la intensidad de sus ojos. Conducía lentamente, casi sin rumbo, el silencio era un peso insoportable que crujía entre ellos. Después de unos minutos que parecieron una vida, tomó una decisión abrupta.
— Dame la dirección de tu casa. — dijo, con una serenidad que la desarmó.
— ¿Para qué?
— ¡Joder! ¿Por qué todo tiene que ser tan condenadamente complicado contigo? — bufó el joven, golpeando ligeramente el volante con la palma de la mano.
Ella le dio la dirección, la confusión grabada en su rostro. Se suponía que la llevaría a un hotel, a consumar esa absurda transacción.
Continuaron el trayecto en un silencio tenso, el aire espeso de las emociones no dichas, hasta llegar a su destino.
— ¿Por qué no me llevaste al hotel? — preguntó Sorimar, saliendo de su estupor.
— Tengo cosas más importantes que hacer que jugar a ser el depredador, Sorimar.— replicó él.
Ella, harta de su actitud, se bajó del auto dispuesta a entrar. Pero él fue más rápido. La detuvo con un tirón repentino y posesivo del brazo.
— Tenemos algo pendiente.
— ¡Suéltame! — exigió ella, nerviosa, temiendo que el vecindario viera su humillación.
En ese instante, Inés llegó, tambaleándose, completamente ebria.
— ¡Vaya! La perfecta tiene dos novios... ¡Por Dios! ¡Bendito sea el vientre de tu madre, papacito rico! — la voz de Inés era un graznido pastoso, apenas podía mantenerse en pie.
— ¡Vamos, entremos a la casa! — Sorimar la sujetó por los hombros, la vergüenza y el pánico mezclados, ayudándola a alejarse de la escena.
Eykel observó la patética interrupción. Subió a su auto, y ahora entendió. Entendió las razones de Maicol para aceptar las condiciones que él había impuesto. Era evidente que Maicol estaba profundamente enamorado de esa mujer. Y lo peor de todo, es que Eykel lo entendía perfectamente. Sorimar era peligrosamente hermosa.
Luchi, que siempre observaba por la ventana como una centinela, vio toda la escena, el shock violento que se desarrollaba afuera, interrumpido por la borracha.
— A esa ebria tírala en la alfombra.— sugirió Luchi, con el drama escrito en su rostro.
— Ayúdame a llevarla a la habitación.— pidió Sorimar, apurada, sintiendo que el aliento se le iba.
— ¡Me lo tienes que decir todo! ¡Ay, qué horror! ¿Por qué me torturas? — dramatizó Luchi.
Al día siguiente, Sorimar amaneció con un pensamiento intrusivo: Eykel. ¿Qué haría ahora que sabía la verdad, que su supuesta "compra" aún estaba intacta? Una sensación dual, un pánico helado y un deseo candente al mismo tiempo, revolvían su estómago al saber que inevitablemente lo volvería a ver.
Maicol, con el aire de un novio confiado, pasó a recogerlas. Al llegar a la agencia Cáceres, Eykel, justo en la entrada, se quedó clavado. La escena fue breve, pero para él, una provocación insoportable: Sorimar se despidió de Maicol con un beso lento y tierno en la mejilla.
La presencia de Maicol allí, frente a su agencia, encendió la furia de Eykel. Entró como una fuerza destructiva. Paola hablaba con Melania, la secretaria, quien amablemente le dio los buenos días. Eykel siguió de largo, su mal humor era una nube tóxica que llenaba el ambiente.
— Buen día. — saludó Sorimar, forzando una sonrisa a Paola.
— Buen día, querida. Te deseo suerte. Conozco cuando Eykel está de mal humor, y hoy es uno de esos días épicos. — explicó Paola.
— ¿Así? Pues qué mal por él.— dijo Sorimar, levantando la barbilla con un desafío que no sentía.
Luchi y Sorimar entraron al estudio fotográfico. Eykel estaba absorto en su cámara, una máscara de concentración fría. Ambos lo miraron, saludando.
— Buen día— dijo Sorimar.
— ¡Hola, cosito! — saludó Luchi, con un tono burlón.
Eykel levantó la cabeza. Las miró con una indiferencia insultante, sin ningún formalismo, como si fueran muebles.
— Dile a los encargados de maquillaje y vestuario que entren. Ahora — le ordenó a Luchi.
Luchi se cruzó de brazos, su rostro un cuadro de indignación. — ¡Eres un mal educado, primero se saluda! ¡Y no soy tu chacha, insípido! Controla tu mal genio.
Eykel continuó organizando las cámaras, y sus palabras no fueron un murmullo, sino un balbuceo violento que flotó en el aire, destinado a ser oído: “No entiendo por qué tengo que controlar mi mal genio, si los demás no intentan controlar su estupidez. Quiero terminar esas malditas fotos lo antes posible. No quiero ver a ese imbécil (Maicol) frente a mi agencia ni un minuto más”.