Me vendí a un mafioso por un año para salvar la librería de mi madre, pero él decidió que si soy su esposa, soy suya para siempre.
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La Verdad
Elena supo que algo andaba mal porque Lorenzo no la despertó.
Llevaban 2 semanas durmiendo abrazados. Dos semanas desde los 7 puntos chuecos que ella le había hecho en el costado. Dos semanas en las que él llegaba a las 7 pm de sus "negocios" con un rasguño nuevo, con un moretón nuevo, con una camisa rota, y ella lo regañaba, lo curaba, lo besaba donde le dolía y lo amenazaba con no volver a coserlo si no se cuidaba. Y él sonreía como un niño que por fin tiene a alguien que lo regañe porque se preocupa.
Dos semanas en las que la librería Moretti & Volkov vendía más que nunca porque la gente iba a ver a "la esposa del mafioso" que atendía con un collar de diamantes y con un mafioso de 1.92 sentado en el sillón trabajando en su laptop como si fuera su guardia personal.
Dos semanas en las que Elena se había acostumbrado a despertar con su aliento en su nuca, con su brazo pesado sobre su cintura, con su voz ronca diciendo "5 minutos más, esposa, si me quitas el brazo me desangro, recuerda que estoy cosido".
Pero esa mañana, jueves, 8:47 am, Elena despertó sola. La cama estaba fría. Su lado, el de él, no tenía esa marca caliente de siempre. El collar de diamantes seguía ahí, pero la camiseta gris de él ya no olía a él, olía solo a suavizante.
Bajó descalza, con la camiseta y con un pantalón de pijama. La casa estaba demasiado silenciosa.
"¿Lorenzo?", gritó.
Agata apareció en la cocina, con los ojos rojos, con las manos apretando un trapo.
"Señora... el señor salió a las 5 am. Dijo que no la despertara. Dijo que... que tenía que arreglar algo del puerto."
"¿Del puerto? Pero si ayer dijo que lo del puerto ya estaba arreglado. Que el tipo del cuchillo ya estaba... arreglado."
Agata no contestó. Solo le sirvió café con manos temblorosas.
Elena tomó el café pero no se lo tomó. Tenía un nudo en la garganta.
A las 9:30 sonó el timbre de la mansión. No era Viktor. Era un coche que Elena no conocía, negro pero no el de Lorenzo, más viejo.
Viktor entró con un sobre manila grueso, sin logo, sin remitente, y con la cara más pálida que cuando Lorenzo estaba desangrándose.
"Señora. Esto llegó para usted. Lo dejaron en la reja. Con su nombre. Con su nombre de antes. Moretti."
Elena tomó el sobre. Pesaba. Decía con letras de máquina: ELENA MORETTI - CONFIDENCIAL - ABRIR SOLA.
"¿Quién lo dejó?", preguntó.
"Un niño. 10 años. Le pagaron 20 dólares. No vio quién."
Elena subió a la habitación, cerró la puerta con llave, algo que nunca hacía, y abrió el sobre con manos que ya temblaban antes de saber por qué.
Adentro había 3 cosas.
Una foto vieja, amarillenta, de una mujer joven, muy bonita, con pelo negro largo, idéntica a Elena pero con los ojos más tristes. Su madre. Clara Moretti. De joven. Con un hombre. Un hombre alto, rubio, con traje, con una sonrisa fría. Un hombre que Elena nunca había visto pero que... que tenía los mismos ojos que Irina Volkov. Los mismos ojos grises.
Un acta de nacimiento. No la suya. La de su madre. Donde decía "Padre: Desconocido". Y encima, con marcador rojo, alguien había escrito: "MENTIRA. PREGÚNTALE A TU ESPOSO QUIÉN ES TU PADRE. PREGÚNTALE A VOLKOV QUIÉN ES ALEKSEI VOLKOV."
Y una fotocopia de un documento bancario de 1999. Una transferencia de 40 millones de dólares desde una cuenta de Aleksei Volkov a una cuenta a nombre de Clara Moretti. Concepto: "Por silencio y por la niña. No vuelvas a contactarme."
Elena se sentó en el suelo. De golpe. Como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.
Aleksei Volkov. Volkov.
Su madre... ¿su madre había estado con un Volkov? ¿Su padre era un Volkov? ¿Era... era familia de Lorenzo? ¿Era su... prima? ¿Su hermana? El estómago se le revolvió.
40 millones. Su madre nunca tuvo 40 millones. Su madre murió debiendo 8 mil dólares del hospital. ¿Dónde estaban esos 40 millones? ¿Se los había quedado? ¿Se los había robado?
Y "pregúntale a tu esposo". Lorenzo lo sabía. Tenía que saberlo. Los Volkov lo saben todo de todos en Chicago. Si su madre recibió 40 millones de un Volkov, Lorenzo lo sabía. Y se casó con ella sabiendo.
La puerta de la habitación se abrió de golpe. No tenía llave por dentro, solo un pestillo que Elena había puesto mal. Era Lorenzo.
Venía con el traje negro sucio de polvo, con un corte nuevo en la ceja, con los nudillos sangrando, con cara de haber no dormido, de haber peleado, de haber matado.
Y cuando vio a Elena en el suelo, con las fotos regadas, con el acta, con el papel del banco, se quedó congelado en la puerta. Por primera vez desde que lo conocía, Lorenzo Volkov tuvo miedo. Miedo de verdad. No a morir. A perder.
"Elena...", dijo, con voz rota.
"¿Quién es Aleksei Volkov?", preguntó Elena, con voz que no era suya. Fría. Vacía. La voz de su madre cuando descubrió que tenía cáncer y no tenía seguro.
Lorenzo cerró la puerta detrás de él, despacio. Se apoyó contra ella, como si necesitara sostén.
"Mi tío. Mi tío mayor. Hermano de mi padre. Murió en 2003. En Moscú. Lo mataron."
"¿Y por qué mi madre tiene una foto con él? ¿Por qué hay una transferencia de 40 millones de tu tío a mi madre en 1999? ¿Por qué dice 'por la niña'?"
Lorenzo se pasó las manos por el pelo, desesperado. Se arrodilló frente a ella, en el suelo, como ella se había arrodillado frente a él cuando lo cosió.
"Porque tu madre fue su amante. Porque tu padre es Aleksei Volkov. Porque tú eres... tú eres mi prima. Mi prima segunda. Tu madre y mi padre eran... no, no eran hermanos, eran... mi tío Aleksei nunca se casó, pero..."
"¿Soy tu prima?", gritó Elena, con lágrimas ya cayendo a chorros. "¿Me compraste sabiendo que soy tu prima? ¿Me besaste sabiendo que somos familia? ¿Me... me hiciste...?"
"¡No!", gritó Lorenzo, tomándole las manos, aunque ella las quitó. "¡No eres mi prima de sangre! ¡Aleksei no era Volkov de sangre! Era adoptado. Mi abuelo lo adoptó en 1960 de un orfanato en Siberia. No tenemos la misma sangre. ¡Te lo juro por mi madre, por mi vida, por lo que quieras, no tenemos la misma sangre! ¡Lo investigué! ¡Lo investigué todo antes de casarme contigo! ¡Por eso te elegí!"
"¿Por eso me elegiste? ¿Porque soy hija del bastardo adoptado de tu familia que le pagó a mi madre para que se callara?"
"No. Te elegí porque entré a tu librería y tenías un suéter roto y me miraste como si yo fuera un cliente más y no el monstruo que todos ven. Y luego investigué. Y encontré esto. Y supe que tu madre nunca cobró esos 40 millones. Que los dejó en una cuenta en Suiza que nunca tocó. Que murió pobre porque no quiso ser una Volkov. Como tú. Por eso te elegí. Porque eres igual que ella. Pero más valiente."
"¿Dónde están esos 40 millones ahora?", preguntó Elena, limpiándose la nariz con la manga de su camiseta.
"En Suiza. A tu nombre. Desde que tu madre murió. Son tuyos. 40 millones más intereses. Ahora son casi 67. Son tuyos. Siempre fueron tuyos. Yo no los toqué. Mi madre no los tocó. Están ahí. Por eso te están buscando. Por eso el tipo del puerto... no era por mí. Era por ti. Querían tu acta. Querían saber si eras la hija de Aleksei para reclamar el dinero. Porque si eres Volkov de sangre, aunque sea adoptada, tienes derecho al imperio. Y Dmitri... Dmitri no quiere compartir."
Elena se quedó mirando el papel del banco. 67 millones de dólares. Ella, que había llorado por 487 mil. Que había vendido su vida por 487 mil. Tenía 67 millones y no lo sabía.
"¿Sabes qué es lo peor?", dijo Elena, con voz bajita, rota. "No es que sea hija de un mafioso. No es que tenga 67 millones. No es que mi madre me mintiera toda su vida. Lo peor es que tú lo sabías y no me dijiste. Me dejaste enamorarme de ti sin decirme que mi madre fue la amante de tu tío y que me compraste por pena."
"No fue por pena", dijo Lorenzo, con los ojos rojos, porque Lorenzo Volkov, el que no gritaba cuando lo apuñalaban, estaba a punto de llorar. "Fue por obsesión. Te vi y supe que eras mía. Y cuando supe quién eras, supe que eras mía por derecho. Que eras Volkov desde antes de ser Volkov. Que estabas destinada a ser mía."
Elena se levantó. Tambaleante. Con los papeles en la mano.
"No me toques. No me sigas. Necesito... necesito ir a la librería. Necesito pensar. Necesito estar sola."
"Elena, no. No estás segura. Si Dmitri sabe que sabes de los 67 millones..."
"¿Me vas a encerrar? ¿Como a tu esposa trofeo?"
"No. Te voy a proteger. Aunque me odies. Viktor te lleva y no te deja sola. Es la regla número diez."
"¿Cuál es la regla número diez?"
"Cuando descubres que tu vida entera es una mentira, no la descubres sola. La descubres con tu esposo al lado, aunque quieras matarlo."
Elena se fue. Con los papeles, con su abrigo mal puesto, con el collar de diamantes que ahora le quemaba el cuello. Viktor la siguió a dos pasos, con la mano en la pistola.
Lorenzo se quedó en el suelo de la habitación, entre fotos viejas, con 7 puntos chuecos en el costado que empezaban a sangrar otra vez de la fuerza que había hecho al arrodillarse, y por primera vez en su vida, sintió que había perdido algo que ni todo su dinero ni toda su familia podían comprar de vuelta.
Su desconocida.
Su Volkov.
Su Elena.