Un milagro de Dios.
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El jardín en el desierto.
El doctor Álvaro Mendizábal era un hombre de ciencia. Su consulta, en la séptima planta de la Clínica Belén, estaba decorada con títulos universitarios y diplomas de congresos internacionales sobre medicina reproductiva. Era un experto en su campo, un hombre que confiaba en los protocolos, las estadísticas y las evidencias empíricas. Su rostro, normalmente imperturbable, reflejaba un desconcierto absoluto mientras observaba la pantalla del ecógrafo.
Daniel y Valeria contenían la respiración. La consulta estaba en penumbra, iluminada solo por el resplandor del monitor y una lámpara de luz indirecta. La camilla, el gel frío sobre el vientre de Valeria, el ligero zumbido del aparato... todo formaba parte de un ritual que conocían demasiado bien. Demasiadas veces habían estado en esa misma postura, esperando ver algo que nunca aparecía.
Pero esta vez era diferente.
—Aquí está —dijo el doctor Mendizábal, señalando una pequeña forma palpitante en la pantalla. Su voz, normalmente monocorde, tenía un matiz de asombro—. Es el embrión. Pueden ver el latido cardíaco. Es fuerte y regular. Unas ciento cuarenta pulsaciones por minuto.
Valeria apretó la mano de Daniel con una fuerza que le hizo daño. Lágrimas silenciosas rodaban por sus sienes y se perdían en su cabello. Daniel, de pie junto a la camilla, sentía un nudo en la garganta que le impedía tragar. Aquel puntito diminuto, del tamaño de una lenteja, era su hija. La hija imposible.
—Es... es increíble —balbuceó él.
—Lo es, ciertamente —admitió el médico, retirando el transductor y limpiándolo con un paño—. He revisado su historial, señora Benítez. He visto los resultados de su marido. Las tres FIV fallidas. Los informes de los especialistas en Barcelona y en Houston. Francamente, desde un punto de vista médico, un embarazo natural en estas condiciones es... —dudó, buscando la palabra adecuada—... altamente improbable.
—¿Improbable o imposible? —preguntó Valeria, incorporándose sobre los codos.
El doctor Mendizábal la miró por encima de sus gafas de media luna. Era un hombre de unos sesenta años, con el pelo cano y unas profundas entradas. Había visto de todo en su carrera. Pero la expresión en el rostro de aquella mujer, una mezcla de desafío y fe, lo desarmó.
—Yo no uso la palabra "imposible" —respondió—. La medicina es una ciencia de probabilidades. Pero en su caso, la probabilidad era inferior al cero coma cero uno por ciento. Si quieren mi opinión personal, no científica... es un milagro. Un capricho de la naturaleza, si prefieren llamarlo así.
—Preferimos milagro —dijo Valeria con firmeza, mientras se limpiaba el gel del vientre con una toalla de papel.
El médico sonrió levemente, un gesto casi imperceptible.
—Sea como fuere, el embarazo es real y viable. Pero debo ser honesto con ustedes. Dada la edad de la señora Benítez, treinta y nueve años, y sus antecedentes, este es un embarazo de alto riesgo. Deberemos hacer un seguimiento exhaustivo. Mucho reposo, nada de estrés, alimentación controlada. Y, sobre todo, mucha prudencia durante el primer trimestre.
Salieron de la consulta flotando en una nube de irrealidad. La palabra "viable" resonaba en sus oídos como la más bella de las melodías. Daniel guardaba en un sobre la primera fotografía de su hija, una imagen granulada en blanco y negro donde apenas se distinguía una forma diminuta, pero que para él era más hermosa que la Capilla Sixtina.
—Tenemos que celebrarlo —dijo, mientras cruzaban el aparcamiento de la clínica. El sol de mayo les dio de lleno en la cara, cegador y cálido.
—Ya lo estamos celebrando, Daniel. Cada día es una celebración —respondió Valeria, radiante.
La vida de la pareja cambió radicalmente en las semanas siguientes. La casa, antes silenciosa y ordenada, se llenó de pequeños indicios del terremoto que se avecinaba. Valeria dejó su trabajo a media jornada en la floristería, siguiendo las recomendaciones del médico. Daniel reorganizó su agenda para estar más tiempo en casa, delegando proyectos y rechazando encargos que requirieran viajes largos. El estudio del fondo, la habitación prohibida, fue abierta por primera vez en años.
Valeria lo hizo una tarde de junio, mientras Daniel estaba en el trabajo. La puerta crujió como un quejido al abrirse. Dentro, el polvo cubría los muebles viejos que habían almacenado allí sin orden ni concierto: cajas de libros, una bicicleta estática que nadie usaba, un caballete de pintura de cuando Valeria tuvo veleidades artísticas. El aire olía a cerrado, a tiempo detenido.
Pero Valeria no veía todo aquello. Veía una cuna junto a la ventana. Veía paredes pintadas de un color suave. Veía móviles de mariposas girando sobre una cabecita dormida.
—Ya puedes venir, Jade —susurró, acariciándose el vientre—. Tu habitación te está esperando.
Aquella misma tarde, comenzó la transformación. Cuando Daniel llegó a casa, se encontró a Valeria con un mono de trabajo, el pelo recogido en un pañuelo, rodeada de bolsas de basura y cajas. Había sacado todas las cosas viejas al pasillo.
—¿Pero qué haces? ¡El médico te dijo reposo! —exclamó él, alarmado.
—El reposo es para el cuerpo. Yo necesitaba hacer esto para el alma —respondió ella, con una sonrisa radiante—. Vamos a preparar la habitación de nuestra hija.
Daniel la miró, y en sus ojos brillaba una determinación que no admitía réplica. Sonrió con resignación.
—Está bien. Pero tú te sientas en esa silla y diriges. El trabajo físico es cosa mía.
Y así, durante las siguientes semanas, el estudio se transformó. Daniel lijaba paredes y pintaba, guiado por las precisas instrucciones de Valeria. Ella había diseñado cada detalle: un mural en una de las paredes con un paisaje de colinas verdes y un cielo lleno de estrellas, una cenefa de mariposas y libélulas, una lámpara de techo con forma de nube. Eligieron muebles de madera clara, una cuna de diseño sencillo pero acogedor, una mecedora para las noches de insomnio.
Cada pincelada era una oración. Cada mueble que montaban era un acto de fe. Construir aquella habitación era construir, al fin, el futuro con el que siempre habían soñado. Un futuro que tenía nombre de piedra preciosa.
—Jade —decía Valeria, probando el nombre en voz alta mientras doblaba unas sábanas diminutas—. Jade Valentina.
—Suena bien —comentó Daniel, subido a una escalera mientras ajustaba la lámpara-nube—. Jade Valentina. Como una princesa de un cuento.
—Como un milagro —precisó ella.
Una noche, mientras Daniel pintaba las estrellas del mural, Valeria se quedó dormida en la mecedora. Él la observó desde la escalera. Su rostro, relajado en el sueño, había rejuvenecido. Las arrugas de la frente, las que el sufrimiento había esculpido a lo largo de diecisiete años, se habían suavizado. Su mano descansaba protectora sobre su vientre, que ya empezaba a mostrar una curva incipiente.
Daniel bajó de la escalera con cuidado de no hacer ruido. Se acercó a ella y le puso una manta sobre las piernas. Luego, se arrodilló a su lado y apoyó suavemente la cabeza sobre su regazo, como había hecho aquella noche del milagro.
—Te vamos a cuidar, pequeña —murmuró contra el vientre de su esposa—. Te vamos a querer más que a nada en este mundo. No sé por qué nos has elegido, después de tanto tiempo. Pero te prometo que no te defraudaremos.
Sintió una presión suave en la palma de su mano. Valeria, dormida, había movido su mano para cubrir la de él. Incluso en sueños, formaban un nido protector alrededor de su hija. Afuera, las primeras gotas de una tormenta de verano golpeaban el ventanal. Pero dentro, en aquella habitación recién pintada, el calor de un nuevo sol empezaba a despuntar.