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Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Amor prohibido
Popularitas:833
Nilai: 5
nombre de autor: Jszkina

¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.

NovelToon tiene autorización de Jszkina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 3.2

Hizo una pausa breve.

—Bastante —dijo.

Allen sonrió. Era el tipo de respuesta que a ella le gustaba: no exactamente evasiva pero tampoco completamente abierta, el tipo de respuesta que hacía que la conversación siguiera sin dar nada por hecho. Le dediqué a mi sándwich más atención de la estrictamente necesaria.

—Leyla está en diseño, yo economía —dijo Allen, como si eso fuera información útil—. Aunque lo suyo es más bien compulsión que vocación.

—Gracias, Allen.

—Es un cumplido.

—No sonó como un cumplido.

—Los mejores nunca suenan como cumplidos al principio. —Me miró con esa expresión suya de total convicción en lo que acaba de decir, y luego volvió la vista hacia Logan—. Leyla es buena. De verdad. Del tipo de buena que a veces da rabia cuando te toca exponer al mismo tiempo que ella.

—Eso tampoco es un cumplido —dije.

—Ese sí que es un cumplido —dijo Allen.

No respondí. Terminamos de comer entre charla y charla y cada quien retomo el rumbo a sus respectivas clases.

El pasillo de la facultad a media mañana era el tipo de caos ordenado que a mí me resultaba genuinamente cómodo: gente caminando rápido, conversaciones superpuestas, el olor a pintura acrílica filtrándose desde los talleres del fondo. Este era mi territorio. Aquí sabía quién era yo y cómo moverme.

un mes y medio después, ya teníamos mesa.

No hubo un momento concreto en que eso ocurriera. Simplemente una tarde después de esa comida, Logan nos siguió a la cafetería porque Allen se lo propuso con la naturalidad con que Allen propone todo —como si la alternativa no existiera— y desde entonces los tres terminábamos ahí cada vez que coincidíamos en la misma franja horaria. Era una mesa junto a la columna central, un poco alejada del ruido principal, con cuatro sillas de las que siempre sobraba una.

Ese detalle, la silla que sobraba, era quizás lo más representativo de cómo éramos los tres: Allen hablaba, Logan escuchaba con esa atención suya que nunca era completamente pasiva, y yo observaba los dos desde un lugar que no era exactamente el centro pero tampoco era la periferia.

Esa tarde Allen nos invitó a comer a un pequeño restaurante cerca le da universidad, caminamos unas calles para llegar, dijo estás cansada de la comida de la cafetería y en este momento estaba en medio de una explicación detallada sobre por qué el sistema de calificaciones de su facultad era una conspiración activa contra su promedio, y Logan la escuchaba con la expresión de quien encuentra genuinamente interesante algo que a cualquier otra persona le resultaría una queja menor. Eso era una de las cosas que había notado en estas dos semanas: Logan nunca parecía estar esperando que la otra persona terminara de hablar para poder hablar él. Escuchaba de verdad, lo cual en alguien de su edad resultaba o muy maduro o simplemente inusual, y yo todavía no había decidido cuál de las dos.

—El problema —decía Allen, trazando el argumento con el tenedor como si fuera un puntero— es que evalúan proceso o resultado pero nunca las dos cosas al mismo tiempo, entonces si tu proceso es brillante pero el resultado es mediocre te hunden, y si tu resultado es perfecto pero llegaste ahí por azar puro te premian igual. Es un sistema que premia la suerte y castiga el método.

—O premia la adaptación —dijo Logan.

Allen lo miró.

—¿Cómo así?

—Que si el sistema evalúa resultados, aprender a producir el resultado correcto independientemente del proceso también es una habilidad. No es la que tú quieres desarrollar, pero es una.

Hubo una pausa. Allen lo consideró con la seriedad que le dedicaba a las cosas que no esperaba que la hicieran pensar.

—Eso es cínico —dijo.

—Es pragmático —respondió Logan, sin énfasis, como si estuviera describiendo el clima.

—La diferencia entre cínico y pragmático depende de a quién le convenga la distinción —dijo Allen, y señaló a Logan con el tenedor—. Anótalo, Leyla, que eso fue bueno.

—Ya lo anoté —dije, aunque no lo había anotado.

Logan me miró un segundo. Tenía esa manera de incluirme en la conversación sin redirigirla hacia mí, una mirada rápida que decía *sigo sabiendo que estás ahí* sin interrumpir el hilo. Era un detalle pequeño pero constante, y me había llevado unos días notarlo.

Allen siguió hablando. Yo terminé mi café. La tarde avanzó con esa placidez particular de los días sin eventos, de los días que uno no guarda en la memoria porque no hay razón para guardarlos.

Fue entonces cuando Logan se quedó quieto.

No fue un movimiento. Fue exactamente lo contrario: un milímetro de inmovilidad que no correspondía al ritmo de la conversación, como cuando un sonido se detiene de golpe en medio de una música y el silencio dura menos de un segundo pero es suficiente para que algo en ti lo registre. Sus ojos se movieron hacia algún punto detrás de nosotras, rápido, sin girar la cabeza del todo. Y luego volvieron.

Allen no perdió el hilo de lo que estaba diciendo. Pero vi cómo sus ojos, sin que su expresión cambiara, se deslizaban hacia Logan y luego hacia el espacio que él había mirado. Desde donde estaba sentada, Allen no podía ver lo que había en esa dirección. Yo tampoco.

Lo que sí vi fue que Logan levantó su vaso, tomó un sorbo tranquilo, y retomó la conversación exactamente donde la había dejado, como si el momento anterior no hubiera existido.

—...lo cual —dijo, conectando con la última frase de Allen con una fluidez que no debería haber sido posible si de verdad hubiera estado presente en ese instante— sigue siendo un argumento circular.

Allen frunció el ceño. No por Logan, sino por el argumento.

—Todo argumento es circular si lo empujas suficiente —dijo.

Y la tarde siguió. Pensé, no por primera vez, que era raro tener amigos tan distintos entre sí y que encajaran tan bien. Aunque quizás "encajar" no era la palabra exacta para lo que le pasaba a Allen cuando Logan hablaba: ella, que tenía una opinión sobre todo y no esperaba turno para darla, a veces se quedaba un segundo callada después de que él terminaba una frase. Solo un segundo. Probablemente no significaba nada, pero viniendo de ella me daba a entender mucho.

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