Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 15
Me senté en la sala de espera después de despedirme de Cristian.
Por primera vez en todo el día estaba completamente sola.
Miré por los enormes ventanales del aeropuerto.
Los aviones despegaban uno tras otro.
Personas corriendo.
Familias despidiéndose.
Niños llorando.
Ejecutivos caminando con prisa.
Todo el mundo parecía tener un destino.
Y ahora yo también.
Saqué mi teléfono nuevo.
Todavía me emocionaba verlo.
Era el primer teléfono realmente bueno que tenía en toda mi vida.
Comencé a configurarlo.
Pasé contactos.
Fotografías.
Correos.
Aplicaciones.
Todo.
Mientras hacía eso llegó una notificación.
Era de la universidad.
Pensé que sería algún documento pendiente o una felicitación más por la graduación.
Abrí el mensaje sin prestarle demasiada atención.
Y entonces me quedé inmóvil.
Lo leí una vez.
Después otra.
Y otra más.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué...?
Susurré.
El correo explicaba que uno de los patrocinadores más importantes de la universidad había decidido otorgarme un reconocimiento especial por mi desempeño académico.
Hasta ahí todo sonaba normal.
Pero cuando seguí leyendo tuve que cubrirme la boca con una mano.
No podía creerlo.
Era un regalo.
Un departamento.
Y un automóvil.
Ambos a mi nombre.
Adjuntos venían los documentos oficiales.
Abrí las fotografías.
Y por un momento olvidé que estaba en un aeropuerto.
El departamento era enorme.
Moderno.
Elegante.
Tenía ventanales de piso a techo que mostraban una vista impresionante de Los Ángeles.
La cocina parecía sacada de una revista de diseño.
Los muebles eran modernos.
La iluminación cálida.
Había una oficina privada.
Una habitación principal enorme.
Un vestidor.
Y un balcón que daba a la ciudad.
Sentí un nudo en la garganta.
Después abrí las fotografías del automóvil.
Era un vehículo último modelo.
Completamente nuevo.
De esos que yo solamente había visto en internet.
Me quedé mirando las imágenes.
Durante años conté monedas para completar la renta.
Durante años compré ropa usada.
Dormí en colchones viejos.
Caminé kilómetros para ahorrar dinero.
Y ahora alguien acababa de regalarme algo que jamás habría podido comprar por mi cuenta.
Respondí el correo de inmediato.
Agradecí.
Pregunté quién había sido.
La respuesta llegó pocos minutos después.
"El benefactor desea permanecer en el anonimato. Considérelo simplemente un reconocimiento a su esfuerzo y dedicación."
Nada más.
Ningún nombre.
Ninguna explicación.
Solo un regalo.
Apoyé la espalda en el asiento.
Miré los aviones despegar.
Y por primera vez sentí que la vida me estaba dando algo sin intentar quitármelo después.
Sonreí.
Guardé el teléfono.
Todavía estaba procesando todo cuando alguien chocó accidentalmente con mi bolsa.
—¡Ay!
Me agaché rápidamente.
La otra persona hizo exactamente lo mismo.
Nuestras cabezas casi chocaron.
—Lo siento.
—No pasa nada.
Levanté la vista.
Y entonces ambos nos reconocimos.
—¿Tú?
—¿Otra vez tú?
Los dos comenzamos a reír.
Era Truey
Levanté la vista.
Y ahí estaba.
Por un momento me quedé observándolo.
Parecía completamente diferente al día que lo había conocido en la universidad.
Su cabello negro estaba despeinado, como si hubiera corrido para no perder el vuelo. Llevaba una camiseta negra ajustada que marcaba sus hombros anchos, una chamarra gris abierta y unos pantalones oscuros que combinaban perfectamente con los tenis blancos que traía.
Tenía una sonrisa tranquila.
Segura.
De esas que hacen pensar que la persona nunca ha tenido un mal día en su vida.
Cuando me reconoció soltó una pequeña risa.
—No me lo puedo creer.
—¿Qué cosa?
—Tú.
—¿Yo?
—Sí, tú.
Me señaló con una mano.
—La chica de la universidad.
La arquitecta.
La que me tiró al suelo.
—Fuiste tú quien chocó conmigo.
—Los detalles no importan.
—Claro que importan.
—Bueno, entonces ambos chocamos.
—Eso suena más justo.
Truey sonrió.
Después me observó unos segundos.
Demasiados segundos.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Qué?
—Solo estaba pensando.
—Eso me preocupa.
—Te cambiaste el cabello.
Instintivamente toqué una de las ondas rubias que caían sobre mi hombro.
—Sí.
—Te queda muy bien.
—Gracias.
—Mucho mejor de lo que esperaba.
—Eso sonó ofensivo.
—No era ofensivo.
—Claro que sí.
—Lo juro.
Me observó nuevamente.
—De verdad te queda bien.
Parece que te dio más confianza.
—¿Y cómo sabes cómo me siento?
—Porque se nota.
La forma en que miras a las personas.
Incluso la forma en que te sientas.
No eres la misma chica que conocí hace unas semanas.
No supe qué responder.
Porque, en cierta forma, tenía razón.
Me senté a su lado.
Y por primera vez desde que llegué al aeropuerto me sentí relajada.
—Bueno.
Dijo acomodándose mejor en el asiento.
—Ahora sí.
¿Cuál es tu nombre?
—Israel.
—Israel.
Repitió mi nombre varias veces.
—Me gusta.
—Gracias.
—Pero te voy a decir Isa.
—¿Por qué?
—Porque quiero.
—Eso no es una razón.
—Para mí sí.
Negué con la cabeza.
—Eres muy confianzudo.
—Me lo dicen mucho.
—Y no piensas cambiarlo.
—Jamás.
Los dos terminamos riéndonos.
Después señaló mi pase de abordar.
—¿Y a dónde vas, Isa?
—Los Ángeles.
Por primera vez pareció sorprendido.
—¿Los Ángeles?
—Sí.
—Interesante.
—¿Por qué?
—Porque yo también voy para allá.
—¿En serio?
—Sí.
—Qué coincidencia.
—Las coincidencias son divertidas dijo el.
—Algunas.
—Esta me agrada.
Lo observé.
—¿Y tú qué haces en Los Ángeles?
—Trabajo.
—¿En qué?
—En una empresa.
—Qué específico.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Volvió a reírse.
—Digamos que trabajo para una empresa hotelera.
—¿Una cadena de hoteles?
—Algo así.
—¿Algo así?
—Sí.
—¿Nunca respondes directamente?
—Muy pocas veces.
—Debes ser desesperante.
—Mis amigos dicen exactamente lo mismo.
—Entonces tienen razón.
Truey se llevó una mano al pecho.
—Qué grosera.
—Realista.
—Peor todavía.
Seguí observándolo.
—¿Es una empresa importante?
—Bastante.
—¿Qué tan importante?
—Digamos que está entre las mejores.
—Eso tampoco responde mucho.
—No puedo decir demasiado.
—¿Es un secreto?
—Algo así.
—¿Trabajas para la CIA?
—Claro.
Y ahora tengo que eliminarte.
—Sabía que ocultabas algo.
—Me descubriste.
Solté una carcajada.
Era imposible hablar con él sin terminar riéndome.
---
Cuando anunciaron el abordaje nos levantamos.
Yo tomé mi mochila.
Él observó mi boleto.
Y luego el suyo.
Una sonrisa apareció en su rostro.
Y eso nunca era buena señal.
—¿Qué estás pensando?
—Nada.
—Mentira.
—Tal vez.
—Truey.
—Isa.
—¿Qué hiciste?
—Todavía nada.
—Todavía.
—Exacto.
Me crucé de brazos.
—Habla.
—¿Vas en turista?
—Sí.
—Yo no.
—Ya me imaginaba.
—Ven conmigo.
—¿Qué?
—Ven conmigo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Excelente argumento.
—No pienso dejar que gastes dinero en un boleto.
—¿Quién dijo que voy a gastar dinero?
—Tu sonrisa.
—Mi sonrisa es inocente.
—Tu sonrisa parece la de alguien que está a punto de cometer un delito financiero.
Truey soltó una carcajada.
—Esa es la mejor descripción que me han hecho.
—Gracias.
—Bueno, acompáñame.
—¿Para qué?
—Confía en mí.
—No.
—Confía un poquito.
—Tampoco.
—Qué difícil eres.
—Y tú demasiado insistente.
Finalmente terminé siguiéndolo.
Y veinte minutos después estábamos abordando mucho antes que el resto.
Lo miré.
—No quiero saber cómo hiciste eso.
—Es mejor así.
—Definitivamente hiciste algo ilegal.
—Nada ilegal.
Creo.
—Creo.
—La palabra clave es creo.
---
El vuelo fue largo.
Muy largo.
Y durante casi todo el trayecto hablamos.
De arquitectura.
De negocios.
De viajes.
De comida.
De ciudades.
De universidades.
Y de cualquier tema que aparecía en la conversación.
Lo curioso era que jamás parecía aburrirse.
—Entonces...
Dijo mientras bebía café.
—¿Cuál es tu plan?
Trabajar.
Abrir mi empresa.
—¿Solo eso?
—¿Solo eso?
—Suena pequeño para alguien como tú.
Lo miré.
—¿Pequeño?
—Sí.
Tienes cara de querer conquistar el mundo.
Solté una carcajada.
—Eso es ridículo.
—No.
Lo digo en serio.
La mayoría de personas hablan de conseguir trabajo.
Tú hablas de construir algo.
Es diferente.
Por primera vez me quedé pensativa.
Porque nadie me lo había dicho de esa forma.
—¿Y tú?
Pregunté.
—¿Qué quieres hacer?
Truey sonrió.
Miró por la ventana.
—Expandir.
—¿Expandir qué?
—Todo.
—Eso tampoco responde nada.
—Lo sé.
—Eres imposible.
—Y aun así sigues hablando conmigo.
—Buen punto.
---
Horas después el avión aterrizó.
Y cuando las ruedas tocaron la pista sentí algo extraño.
Emoción.
Pura emoción.
Después de tantos años.
Después de tanto esfuerzo.
Finalmente estaba ahí.
Los Ángeles.
California.
La ciudad donde comenzaría mi nueva vida.
Cuando salimos del aeropuerto revisé nuevamente los documentos que me había enviado la universidad.
El departamento.
El automóvil.
Todo seguía ahí.
Todo seguía siendo mío.
Todavía me costaba creer que alguien hubiera decidido regalarme algo así.
Pero era real.
Completamente real.
Mientras caminábamos entre la multitud vi un cartel levantarse por encima de las personas.
"ISRAEL MARTÍNEZ"
Me detuve.
—Creo que vienen por mí.
Truey siguió mi mirada.
—Parece que sí.
Tomé mi maleta.
—Bueno...
Supongo que aquí termina nuestra coincidencia.
Él sonrió.
Esa sonrisa tranquila y segura que parecía tener siempre.
—No lo creo.
—¿No?
—Los Ángeles es una ciudad muy grande.
Pero el mundo es mucho más pequeño de lo que parece.
Negué con la cabeza.
—Eso sonó ensayado.
—Porque quedó bien.
—Adiós, Truey.
—Nos vemos, Isa.
Tomé aire.
Y caminé hacia la persona que sostenía el cartel.