Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.
La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?
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capitulo 4
La mañana en la hacienda "El Renacer" de Catrina no comenzó con el canto de los gallos, sino con el sonido metálico de un motor que ella reconocería en el mismísimo infierno. Un Mercedes plateado, fuera de lugar entre el polvo y los tractores, avanzaba por el camino principal con la arrogancia de quien se cree dueño de lo que pisa.
Catrina estaba en el porche, limpiando una espuela de plata. Al ver el vehículo, sus manos se detuvieron. Un frío que no tenía nada que ver con el clima le recorrió la columna vertebral. Sus dedos se cerraron sobre el metal con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Lentamente, dejó la espuela sobre la mesa de madera y se puso en pie, ajustándose el cinturón de cuero donde descansaba su compañera más fiel: una Colt .45 de empuñadura de nácar.
Del coche descendió Don Elías. Vestía un traje de lino impecable, un sombrero de ala ancha y una sonrisa que pretendía ser paternal, pero que en realidad era el gesto de una hiena que ha encontrado una presa herida.
—Sobrina —dijo él, extendiendo los brazos como si esperara un abrazo—. Qué gusto ver que este lugar todavía no se ha caído a pedazos bajo tu mando. Aunque, claro, a una mujer siempre le falta esa... visión estratégica que solo los hombres de la familia tenemos.
Catrina no se movió. Su rostro era una máscara de piedra tallada. Sus ojos, fijos en los de su tío, no reflejaban ira, sino un odio tan antiguo y profundo que resultaba gélido.
—Tienes tres minutos para decir lo que viniste a decir antes de que ordene a mis perros que se den un festín con tus pantalones de seda, Elías —respondió ella. Su voz era un susurro peligroso, el siseo de una serpiente antes de atacar.
Elías soltó una carcajada cínica y subió los escalones del porche, ignorando la advertencia. Se sentó en una de las sillas de mimbre sin invitación y sacó un sobre de cuero.
—Vengo con una oferta de paz, Catrina. Las tierras del norte, las que recuperaste de Julián, están bloqueando mi proyecto de riego. No tiene sentido que sigamos peleando por migajas. Unifiquemos las tierras. Yo pongo el capital y la estructura corporativa, y tú... bueno, tú puedes dedicarte a ser la figura decorativa de la hacienda. Te daré una pensión generosa. Podrías irte a la capital, comprarte vestidos bonitos, buscarte un marido que te quite esa expresión de amargura.
Al escuchar la palabra "marido", un tic imperceptible saltó en la mandíbula de Catrina. Se acercó un paso, quedando bajo la sombra del porche. El olor a loción cara de Elías le revolvió el estómago; era el mismo olor que impregnaba la habitación de su padre la noche que todo terminó.
—¿Paz? —repitió ella, con una nota de amargura que no pudo ocultar—. Tú no conoces la paz, Elías. Tú solo conoces el saqueo.
—Soy un hombre de negocios, sobrina. Lo que pasó con tu padre fue... un infortunio. Un hombre débil en un mundo de lobos.
Esa frase fue el detonante. En la mente de Catrina, el porche desapareció. Volvió a tener diecisiete años. Volvió a estar en el pasillo oscuro de la vieja casona familiar, escuchando los gritos de agonía de su padre mientras su corazón fallaba. Recordó cómo corrió hacia el despacho de Elías para suplicarle que llamara al médico, que las medicinas estaban bajo llave.
Recordó a Elías sentado detrás del escritorio, mirando su reloj de oro con una calma aterradora. "Es su hora, Catrina. Los negocios necesitan sangre nueva, no corazones cansados", le había dicho mientras dejaba sonar el teléfono sin contestar. Elías había dejado morir a su propio hermano para poder falsificar la firma en el traspaso de las acciones antes de que el cuerpo se enfriara. Aquella noche, la niña que amaba las flores y los caballos murió junto a su padre. La mujer que nació de sus cenizas no sabía llorar, solo sabía cobrar deudas.
De vuelta al presente, el gesto de Catrina cambió. Ya no era piedra; era fuego. Con un movimiento tan fluido que Elías no tuvo tiempo de reaccionar, ella desenfundó la Colt y le puso el cañón frío directamente debajo de la barbilla.
Elías se quedó lívido. La sonrisa desapareció, reemplazada por un temblor en el labio inferior.
—¿Qué haces, loca? ¡Soy tu sangre! —chilló él, intentando echarse hacia atrás, pero la punta del arma lo seguía con precisión milimétrica.
—Mi sangre se quedó pegada en las manos de un médico que llegó demasiado tarde porque tú decidiste que mi padre valía más muerto que vivo —dijo Catrina. Sus ojos estaban inyectados en sangre, no de llanto, sino de una furia contenida durante quince años—. Cada hectárea que recupero, cada cabeza de ganado que marco con mi hierro, es un clavo más en tu ataúd, Elías. No quiero tu dinero. Quiero verte pedir limosna en la plaza donde antes te quitabas el sombrero.
Catrina amartilló el arma. El sonido metálico, un "clic" seco y definitivo, resonó en el silencio del porche como una sentencia de muerte.
—Fuera de mi vista. Ahora. Si este coche sigue en mi camino cuando cuente hasta tres, me aseguraré de que la oferta de "unificación" la firme tu viuda.
—¡Te vas a arrepentir! —gritó Elías, levantándose con torpeza y casi cayendo por los escalones. Corrió hacia el Mercedes, perdiendo su sombrero en el proceso.
—¡Uno! —gritó Catrina, apuntando ahora hacia los neumáticos.
El motor del coche rugió y el Mercedes salió disparado, levantando una cortina de polvo que envolvió a Catrina. Ella permaneció en el porche, con el arma aún levantada, respirando con dificultad. El pecho le subía y bajaba con violencia, y por un segundo, su mano tembló. No de miedo, sino por la descarga de adrenalina y el peso de los recuerdos.
Guardó la pistola con un gesto brusco y se limpió una lágrima solitaria que se había escapado de su ojo izquierdo. Se la quitó como si fuera una mancha de suciedad. En este mundo, la tristeza era una debilidad, y ella no podía permitirse ser débil ni un solo segundo.
Caminó hacia la barandilla y miró hacia el horizonte, donde las tierras se extendían hasta perderse de vista. Sabía que Elías no se quedaría de brazos cruzados. Sabía que la guerra abierta acababa de comenzar. Pero mientras sentía el peso del hierro en su cintura, Catrina recordó la última promesa que le hizo a la tumba de su padre: "Te lo devolveré todo, papá. Hasta el último gramo de tierra. Y él pagará por cada minuto que te robó".
La sed de venganza, ese motor oscuro que la mantenía en pie cuando el cansancio amenazaba con derribarla, volvió a encenderse con más fuerza que nunca. Catrina ya no era solo la dueña del pueblo; era el fantasma que Elías nunca pudo enterrar. Y ese fantasma no aceptaba ofertas de paz. Solo aceptaba la rendición total.