"El Renacer de Beaumont" no es simplemente una historia de fantasía y romance; es una deconstrucción profunda del tropo de la "villana de novela" que desafía la idea del destino prefijado. La trama sigue a Elena Vega, una estratega brillante de nuestro mundo moderno que despierta en el cuerpo de Elaria de Beaumont, la antagonista destinada a morir en una serie de eventos trágicos dentro de un universo ficticio. En la narrativa original, Elaria estaba condenada a ser una marioneta sacrificable en un juego de poder, destinada a caer ante la "heroína", una chica llamada Aria que, obsesionada con los tropos de las novelas de romance, intentaba forzar un guion que no existía en la realidad.
La historia comienza con la transición de Elaria. A diferencia de otras protagonistas que aceptan su destino con resignación, Elaria de Beaumont utiliza su mente analítica, propia de una experta en teoría de juegos y estrategia, para diseccionar el imperio de Heliodor. Se da cuenta rápidamente
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CAPÍTULO 23: La Furia del Trono y el Peso de las Consecuencias
En la cámara más profunda del Palacio del Sol, el silencio habitual fue destrozado por un estruendo de cristales rotos. La gran matriz mágica, un domo de runas flotantes que canalizaba la energía de todo el imperio, se había apagado por completo, dejando la habitación sumida en una penumbra gélida.
El Emperador Saint Valerius se encontraba de rodillas, sosteniéndose el pecho mientras un hilo de sangre carmesí corría por la comisura de sus labios. El contragolpe mágico de la inversión de maná le había golpeado directamente en el alma.
El Despertar del Tirano
—¡Imposible!... ¡Esto es imposible! —rugió el Emperador, golpeando el suelo de mármol con el puño.
Los magos de la corte temblaban en las esquinas, sin atreverse a levantar la vista. El plan era perfecto: el Grillete de Frecuencia Pasiva debía subyugar a Elaria de Beaumont y succionar el exceso de maná del festival. Sin embargo, en lugar de recibir energía, la tesorería imperial había sufrido un vacío absoluto. Alguien había hackeado el circuito místico desde el interior del Bosque de las Sombras.
—Majestad... —tartamudeó el gran mago de la corte—. Los sensores indican que la firma de maná que absorbió la tesorería pertenece a... a la sangre real. Al Príncipe Heredero Lysander.
Saint Valerius abrió sus ojos dorados con pura furia. ¿Su propio hijo? No, Lysander era fuerte, pero no tenía el conocimiento técnico para revertir un sello imperial de nivel divino. Tenía que haber alguien más. La imagen de Elaria de Beaumont, con su sonrisa imperturbable y sus ojos oscuros, cruzó la mente del Emperador.
—Elaria... —siseó el monarca entre dientes, limpiándose la sangre—. Estás jugando un juego muy peligroso, niña. Si crees que un robo de maná es suficiente para derrocarme, te enseñaré por qué soy el soberano de este imperio.
La Caída en la Academia
Mientras el palacio real se sumía en la paranoia, la Academia de Magia bullía con un ambiente completamente diferente. El Festival de Caza había terminado abruptamente tras el ataque del Lobo de Escarta de rango alto.
En la oficina del Director, la atmósfera era sofocante. Aria estaba de pie frente al gran escritorio de madera, con la cabeza gacha y los ojos llorosos. A su lado, el Marqués Valen de Roselawn tenía el brazo izquierdo vendado y el rostro pálido, visiblemente debilitado.
—Señorita Aria —dijo el Director con una voz fría y severa, desprovista de la calidez habitual—. Su negligencia casi le cuesta la vida al heredero de la familia Roselawn. Desobedeció las órdenes directas, cruzó el perímetro de la Clase B y guio a un estudiante de alto rango a una zona de peligro mortal.
—¡Director, yo solo... yo sentí una anomalía de luz! —intentó defenderse Aria, sollozando, buscando activar su clásico rol de víctima incomprendida—. ¡Quería proteger a todos! Además, Lady Elaria y el Príncipe Lysander...
—¡Suficiente! —interrumpió el Director, golpeando el escritorio—. Lady Elaria y el Príncipe Heredero salvaron sus vidas. Si no fuera por la intervención divina de Su Alteza Lysander, ustedes dos habrían sido devorados. El informe del consejo escolar es claro: su control de maná es un peligro público debido a su inestabilidad.
Valen miró de reojo a Aria. Por primera vez, en los ojos del fiero caballero no había devoción ciega, sino una sombra de duda y resentimiento. Había perdido su espada, su orgullo y casi su vida por seguir el "presentimiento" de una plebeya.
El Consejo de la Villana
Al salir de la oficina del Director, Aria se topó de frente con la última persona que quería ver. Elaria de Beaumont estaba apoyada contra la pared del pasillo, cruzada de brazos, observando la escena con una tranquilidad exasperante.
Valen agachó la cabeza al pasar junto a ella, murmurando una disculpa antes de retirarse hacia la enfermería. Aria, sin embargo, se detuvo, apretando los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas.
—¿Por qué me haces esto, Elaria? —preguntó Aria con la voz rota por la rabia—. Este no es tu lugar. ¡Tú deberías estar perdiendo los estribos, deberías estar celosa de mí! ¡El guion no es así!
Elaria dio un paso al frente, reduciendo la distancia hasta que su sombra cubrió por completo a la heroína. Elena Vega sonrió, una sonrisa pequeña, afilada y cargada de una inteligencia superior.
—¿Guion? Qué palabra tan curiosa, señorita Aria —susurró Elaria, inclinándose hacia su oído—. Déjeme aclararle algo: en este mundo no hay libretos escritos en piedra. Usted confió tanto en su "destino" de heroína que olvidó la regla más básica de la supervivencia: el poder real no se regala, se construye. Siga jugando a la víctima si lo desea, pero recuerde que la próxima vez que intente usar a uno de mis nobles como escudo, no enviaré a Lysander a salvarla. Dejaré que el lobo termine su trabajo.
Elaria se dio la vuelta, con su capa ondeando elegantemente mientras se alejaba por el pasillo iluminado por el sol, dejando a Aria temblando de puro terror en la oscuridad del corredor.