Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
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Capítulo 14: La mujer que insultó al señor Amati
—Dayana, escúchame...
Dijo el director, mientras recuperaba el aliento.
—No.
La respuesta fue inmediata. Seca. Sin espacio para negociar.
—Necesitamos hablar.
—No.
—El cliente...
—No me importa.
El vestíbulo entero pareció contener el aire.
Alexander notó cómo varios empleados disminuían el paso sin dejar de fingir que seguían ocupados. Nadie intervenía, pero todos escuchaban.
Marcos soltó un leve suspiro a su lado.
Él, en cambio, continuó observando en silencio.
Prefería entender la situación antes de sacar conclusiones.
Entonces la joven habló de nuevo.
—Dije que renunciaba.
Aquella frase hizo que Alexander desviara ligeramente la cabeza.
¿Renunciaba?
El director intentó responder.
No tuvo oportunidad.
—Y no me importa nada.
Había rabia en aquella voz, pero también agotamiento.
Era el tono de alguien que llevaba demasiado tiempo soportando algo que finalmente había terminado por desbordarla.
—Arreglen ustedes la estúpida campaña para el idiota del señor Amati.
Alexander parpadeó una sola vez.
Lentamente.
Marcos giró apenas la cabeza hacia él, esperando alguna reacción.
No la hubo, solo una ceja que se arqueó con discreción.
Aquello sí que no lo esperaba.
Ni siquiera recordaba haber llegado aún al edificio y ya lo estaban insultando.
Curioso.
No sintió enojo.
Sintió interés.
Porque aquella mujer no parecía la clase de persona que insultara por capricho.
Algo debía haber ocurrido.
Continuó escuchando.
—Siempre he hecho todo...
Su voz empezó a quebrarse.
Las lágrimas volvieron a deslizarse por sus mejillas.
Alexander recordó el instante en que había levantado su rostro unos minutos antes.
Aquellos ojos no eran los de alguien haciendo un escándalo.
Eran los ojos de una persona completamente derrotada.
—Y nunca recibo nada.
Nadie respondió, ni el director, ni los empleados.
A veces el silencio decía mucho más que cualquier explicación.
—Pero claro... cuando algo sale mal, ahí sí se acuerdan de mí.
Las palabras rebotaron contra las paredes del vestíbulo.
Alexander recorrió el lugar con la mirada.
Había demasiadas personas evitando mirar al director, eso tampoco pasó inadvertido.
—Y todavía se atreven a amenazarme...
La voz de Dayana terminó convertida en un sollozo.
El director dio un paso hacia ella.
—Dayana...
—¡No!
El grito hizo que incluso algunos trabajadores se sobresaltaran.
Alexander permaneció inmóvil.
Su expresión seguía siendo serena. Pero sus ojos ya no observaban a la joven, estaban sobre el director.
Midiendo cada una de sus reacciones, cada gesto, cada silencio.
—¿Saben qué?
Ella señaló hacia las oficinas.
—No me vuelvan a contactar.
Alexander cruzó lentamente los brazos.
La conversación estaba revelando más por lo que nadie decía que por las palabras mismas.
—Ni aunque quisieran podrían hacerlo.
Aquella risa amarga llamó su atención, no sonaba teatral, sonaba rota.
Entonces Dayana levantó un teléfono con la pantalla completamente destrozada.
—Porque una de sus estúpidas empleadas me tiró al suelo y rompió mi celular. Cuando ella iba a avisarles...
Hizo una pausa.
Y entonces escuchó su apellido.
—... que llegó el maldito viejo Amati.
El silencio fue absoluto.
Marcos carraspeó con discreción, Alexander simplemente respiró despacio.
Había escuchado cosas mucho peores sobre sí mismo a lo largo de los años.
Pero había algo extraño, la joven no estaba insultándolo a él.
Estaba insultando todo lo que representaba aquel momento.
—Y no me importa quién carajos sea.
Las lágrimas seguían cayendo.
—Que se joda él...
Respiró con dificultad.
—...y que se jodan todos.
Después echó a correr.
Las puertas automáticas se abrieron y corrió hacia llovizna.
Alexander siguió con la mirada el lugar por donde había desaparecido.
Durante varios segundos nadie habló, hasta que decidió romper el silencio.
Su voz fue tranquila.
Tan tranquila que resultó mucho más incómoda que un grito.
—Así que soy un gilipollas.
El director se quedó completamente inmóvil.
Giró despacio.
La expresión de Alexander seguía siendo educada.
Serena.
Pero quienes lo conocían sabían interpretar aquel brillo casi imperceptible en sus ojos color avellana.
Era el mismo que aparecía cuando algo despertaba realmente su atención.
—Señor... Amati...
Alexander acomodó con calma el puño de la manga de su traje.
—Eso parece.
—Yo... puedo explicarlo.
Él levantó la vista y sostuvo la mirada del director durante unos largos segundos.
—Interesante
Su voz conservaba la misma cortesía impecable.
Precisamente por eso resultaba inquietante.