Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
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Capítulo 16: La mujer frente al ascensor
En fin...
La reunión terminó como si nada hubiera pasado.
Las carpetas volvieron a cerrarse con un seco clac. Las sillas se deslizaron sobre el suelo y los asistentes comenzaron a levantarse uno tras otro, acomodándose la corbata, recogiendo documentos o revisando sus teléfonos, como si durante las últimas horas no hubiera estallado un auténtico desastre dentro de la editorial.
La tensión que había llenado la sala unos minutos antes desapareció con una facilidad casi ofensiva.
Todo volvía a la aparente normalidad.
Marcos soltó lentamente el aire que llevaba conteniendo desde hacía quién sabía cuánto tiempo.
Sentía la espalda rígida, los hombros entumecidos y un molesto dolor detrás de los ojos.
Aquel lugar era un auténtico circo.
Y los payasos ocupaban los puestos administrativos.
Alexander tampoco lucía de mejor humor.
Abandonó la sala con la misma elegancia con la que había entrado, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón y el rostro completamente sereno.
Pero Marcos lo conocía demasiado bien.
Ese ligero fruncimiento entre las cejas significaba una sola cosa.
Estaba fastidiado.
La reunión había comenzado poco después de las diez y media de la mañana.
Todo se había descontrolado desde el instante en que Nox decidió abrir la boca.
Después de escuchar su versión de los hechos —mucho más coherente que cualquiera de las excusas que habían intentado venderle— Alexander exigió la presencia de la verdadera junta directiva de la editorial.
No del supuesto "director" que había estado dando órdenes toda la mañana.
Sino de las personas que realmente tenían autoridad para tomar decisiones.
Aquella simple petición provocó otro problema.
Los directivos se encontraban en una reunión fuera de la ciudad.
Tardaron cerca de cuatro horas en llegar.
Muchos e interminables minutos durante los cuales Alexander tuvo que permanecer sentado escuchando la misma historia una y otra vez.
Cada empleado parecía tener una versión distinta de los hechos.
Algunos defendían con uñas y dientes a Alejandrina.
—Ella jamás haría algo así.
—Seguro fue un malentendido.
—Siempre ha sido una excelente compañera.
Otros aprovecharon la ocasión para desacreditar a Nox.
—No deberían tomar en serio lo que dice.
—Solo busca llamar la atención.
—Le encanta exagerar las cosas.
—Está loca.
Y, como si aquello no fuera suficiente, hubo quienes encontraron la manera de responsabilizar a Dayana.
Que ella tenía que organizar mejor sus tiempos.
Que era su obligación prever lo ocurrido.
En otras palabras...
Le estaban echando la culpa por no poder hacer el trabajo de cinco personas al mismo tiempo.
Alexander escuchó cada argumento sin interrumpir.
Sin embargo, cuanto más hablaban, más evidente resultaba el verdadero problema.
Nadie quería asumir la responsabilidad.
Todos buscaban un culpable distinto.
Era más fácil señalar a la persona que siempre resolvía los problemas que admitir que la organización de aquel departamento era un completo desastre.
Cuando los verdaderos miembros de la junta directiva finalmente llegaron, el ambiente cambió por completo.
Bastaron unos cuantos documentos, registros de horarios, correos electrónicos y testimonios para que la verdad comenzara a salir a la luz.
Las horas extras de Dayana.
Los proyectos que realizaba sola.
Las tareas que otros empleados dejaban sobre su escritorio.
Las órdenes contradictorias.
Los reportes ignorados.
Y, sobre todo...
Los intentos del jefe de equipo por ocultar la negligencia de Alejandrina para protegerla de cualquier consecuencia.
Todo quedó registrado.
Cuando finalmente abandonaron la sala, el reloj marcaba casi las cuatro de la tarde.
Casi todo el mqldito día para resolver un problema que, en una empresa mínimamente competente, habría tomado una hora o dos.
Qué desperdicio de tiempo.
Al final, la responsable directa del incidente ni siquiera fue despedida.
La sanción se limitó a suspenderle el sueldo durante dos meses mientras continuaban las investigaciones internas.
Una decisión que Alexander consideró ridículamente indulgente.
En cambio, el hombre que todos llamaban "director" —cuando en realidad solo era el jefe de aquel equipo editorial— no corrió con la misma suerte.
La junta directiva decidió abrir una investigación formal en su contra.
Existían demasiadas pruebas de favoritismo, negligencia administrativa y abuso de autoridad como para ignorarlas.
Su permanencia en la empresa quedaba, desde ese momento, en manos de los verdaderos directivos.
Alexander soltó un suspiro apenas perceptible mientras caminaba por el amplio pasillo.
Ni siquiera se molestó en ocultar el fastidio que sentía.
—Qué asco de día...
Marcos, que caminaba un par de pasos detrás de él, no pudo evitar darle la razón en silencio.
Habían perdido prácticamente todo el día por culpa de la incompetencia de una empresa.
Y eso era algo que Alexander detestaba por encima de cualquier otra cosa.
La ineficiencia.
Continuaron avanzando por el largo pasillo, acompañados únicamente por el eco de sus propios pasos y el lejano sonido de las impresoras trabajando en otros departamentos.
Ninguno habló durante varios segundos.
Hasta que, de repente, Alexander rompió el silencio sin siquiera detener el paso.
—Oye, Marcos...
Alexander habló sin detener el paso mientras ambos recorrían el largo pasillo en dirección a los ascensores.
El edificio estaba mucho más silencioso que por la mañana.
La mayoría de los empleados seguían trabajando, aunque el constante ir y venir de personas había desaparecido. Solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado, el golpeteo ocasional de algún teclado y el eco de sus propios pasos sobre el piso de mármol.
Ya era casi media tarde.
Después de casi cuatro horas encerrados en aquella interminable reunión, ambos solo querían marcharse.
—¿Qué opinas de esa mujer?
—¡Cof...!
Marcos se atragantó con su propia saliva.
Comenzó a toser varias veces mientras se llevaba un puño a la boca.
—¿Estás bien?
—Sí... sí...
Carraspeó un par de veces antes de recuperar el aliento.
—¿La loca esa?
Alexander soltó una risa por lo bajo.
—No seas tan duro con la pobre chica.
Marcos lo miró como si acabara de escuchar la mayor locura del día.
—¿Pobre?
Alexander asintió con tranquilidad.
—A pesar de todo, creo que fue la única persona con sentido común en ese horrible edificio.
Marcos soltó una carcajada incrédula.
—¿Sentido común?
Lo señaló con un dedo.
—¿Sentido común es presentarse con algun cliente y decir quiero follarme al encargado Recursos Humanos?
Alexander no pudo contener una sonrisa.
—Bueno...
—¿O insinuar delante de toda la oficina que el jefe se acuesta con una empleada?
Alexander terminó riéndose.
—Cuando lo dices así...
—¡Porque así fue!
Marcos negó con la cabeza.
—Esa mujer habla antes de pensar.
Alexander siguió caminando con las manos en los bolsillos.
—Aun así, tuvo el valor de decir lo que nadie más se atrevía.
Marcos resopló.
—Claro.
Porque no conoce el significado de la palabra "prudencia".
Alexander volvió a reír.
—Marcos...
Lo observó de reojo.
—¿Cuándo vas a dejar de ser tan amargado?
Aquellas palabras hicieron que Marcos perdiera la sonrisa por completo.
Su expresión cambió. Bajó la mirada durante unos segundos.
—Alex...
Su voz sonó mucho más seria.
—Por favor, no te metas en mis asuntos.
Alexander comprendió de inmediato que había tocado un tema delicado.
Guardó silencio. Marcos respiró hondo.
—Sé que somos amigos desde hace muchos años... Y precisamente por eso te lo digo, jamás volveré a enamorarme de nadie.
Alexander lo observó unos instantes.
Conocía demasiado bien la historia detrás de aquellas palabras.
Aun así, decidió aligerar el ambiente.
Esbozó una sonrisa traviesa.
—¿Ni siquiera a esta morenasa?
Marcos respondió sin pensarlo.
—No.
Su tono fue tan frío que incluso Alexander dejó de sonreír por un instante.
—¿Para qué querría una mujer como esa?- Bufó Marcos y añadió. —De tanto tinte ya debe tener las neuronas chamuscadas.
Alexander soltó una risa.
—No exageres.
A mí me parece bastante guapa.
Marcos abrió mucho los ojos.
—¡Por favor! Tu siempre dices eso de todas las mujeres.
Alexander se encogió de hombros.
—No de todas.
—¿Entonces qué tiene ella de especial para que te fijaras en ella?- Dijo Marcos y luego comenzó a enumerar con los dedos todos sus defectos.
—Tiene un peinado que parece trapeador después de una tormenta.
—Esos dreadlocks parecen un nido de escobas teñidas.
—Y el color rosa de las puntas... parece que alguien le derramó pintura encima.
Continuó, completamente inspirado.
—Además, está tan bronceada que si se queda cinco minutos bajo el sol desaparece entre las sombras.
Alexander soltó una carcajada.
Marcos aún no terminaba.
—Y habla tanto que estoy seguro de que, si se queda sola en una habitación, empieza a discutir consigo misma.
Alexander negó con la cabeza entre risas.
—Eres terrible.
—Solo estoy siendo sincero.
Siguieron caminando un par de pasos más.
Ninguno de los dos se había dado cuenta de que, justo frente a los ascensores, una mujer permanecía inmóvil con los brazos cruzados, esperando pacientemente a que las puertas metálicas se abrieran.