Ximena Reyes creyó que su matrimonio con Víctor Rivas era lo único que le quedaba después del accidente que la dejó en cama. Pero la verdad era mucho más cruel: su esposo no solo tenía una amante, también había escondido un hijo con ella, había tomado control de su empresa y estaba esperando el momento perfecto para deshacerse de Ximena sin dejar pruebas.
Encerrada en su propia casa, vigilada, debilitada y sin poder mover las piernas, Ximena parecía no tener salida.
Hasta que entendió algo.
Víctor podía quitarle el teléfono, sus documentos, su dinero y hasta su cuerpo.
Pero no podía quitarle la cabeza.
Con ayuda de su mejor amiga Nadia, un médico frío que parece saber más de lo que dice y las grietas que empiezan a abrirse entre sus enemigos, Ximena decide dejar de suplicar.
Si su esposo quería verla muerta, primero tendría que verla levantarse.
Y esta vez, cada mentira, cada golpe y cada traición iba a cobrarse con intereses.
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Capítulo 17
Capítulo 17
Esa noche, cuando la casa quedó en silencio, saqué el comunicador del dije.
Me cubrí con la cobija hasta la cabeza.
—Nadia.
—Aquí estoy.
Su voz llegó con estática, pero llegó.
Me ardieron los ojos.
—Necesito que busques a Doña Elena.
—¿La contadora vieja de tu empresa?
—Sí. Víctor siempre quiso correrla porque no se deja doblar. Yo la protegí todos estos años. Mándale dinero de mi parte. Que recuerde quién la sostuvo.
—¿Para qué?
—Todavía no. Solo hazlo.
Nadia no insistió.
—También necesito que estés pendiente mañana. Voy a volver con el presidente del comité.
—¿El del residencial?
—Sí. Si sale bien, Víctor quedará atado a un registro temporal.
—No entendí, pero me gusta cómo suena.
Yo sí entendía.
Y eso bastaba.
Al día siguiente, Yareli subió muy temprano.
Llevaba una blusa color crema, labios pintados y un entusiasmo que casi no podía ocultar.
—Xime, ya preparé todo. Una canasta fina, tequila, café, unos puros mejores. Ahora sí no vamos a quedar mal.
—¿Víctor?
—Fue a la empresa. Dice que si tú lo arreglas, él firma lo que haga falta.
Mentira parcial.
Víctor quería que lo arreglara, sí.
Pero también quería no exponerse otra vez frente a Don Ernesto.
Yareli me peinó con una delicadeza que no le conocía.
Me puso perlas.
Me acomodó el vestido.
Parecía una nuera cuidando a una enferma.
Solo que esa “nuera” se acostaba con mi marido y había parido a su hijo.
En el camino, ella no dejaba de hablar.
—Xime, de verdad te agradezco. Toño necesita estabilidad. El colegio le va a hacer bien.
—¿Toño?
Se mordió la lengua.
—Digo... como tú le dices.
Yo miré por la ventana.
La dejé sudar.
Don Ernesto estaba en el jardín, podando un árbol en miniatura. Al verme, dejó las tijeras.
—Otra vez usted, Ximena.
—Perdón por insistir.
Yareli dejó los regalos adentro sin que él los tocara.
Yo bajé la mirada.
—Don Ernesto, ayer usted vio algo vergonzoso. No vine a justificar a Víctor. Lo que hizo estuvo mal.
Él se quedó quieto.
—Pero yo... todavía quiero mantener mi casa —seguí—. Desde mi accidente todo cambió. No pude tener hijos. Su familia empezó a presionar. Víctor se volvió otro. Yo pensé que adoptar al niño podía salvar lo que quedaba de mi matrimonio.
Las lágrimas salieron fácil.
Porque no todo era actuación.
Yo sí había querido salvar mi matrimonio.
Antes de saber que ese matrimonio ya estaba podrido por dentro.
Don Ernesto apretó la mandíbula.
—Que un hombre golpee a su esposa no es un problema de presión familiar. Es violencia.
—Lo sé. Pero si el niño no entra al colegio, las peleas van a seguir.
Yareli permanecía a mi lado, rígida.
Cada palabra que yo decía ensuciaba un poco más la imagen de Víctor.
Pero ella no podía callarme.
Necesitaba el trámite.
—No puedo saltarme la lista —dijo Don Ernesto.
Yo respiré hondo.
—¿Y un registro temporal?
Él levantó la vista.
—¿A qué se refiere?
—Sé que el residencial tiene altas provisionales para personal, apoyos administrativos y casos especiales. Víctor podría quedar registrado de manera temporal en el padrón vecinal. El niño se liga como dependiente. Con eso el colegio puede aceptarlo mientras se regulariza el domicilio.
Yareli casi dejó de respirar.
Don Ernesto me miró durante varios segundos.
—Eso no es para familias que quieren brincarse trámites.
—Lo sé. Por eso vengo a pedir orientación, no a exigir.
—Además, un titular temporal queda limitado. No puede usar ese registro para ciertos movimientos comerciales o patrimoniales mientras no se cierre el expediente.
—También lo sé.
Lo dije muy bajo.
Él entendió que yo sabía más de lo que fingía.
Esa era mi apuesta.
Si Víctor aceptaba el registro temporal, sus operaciones fuertes usando el domicilio de Lago Azul podían trabarse.
Entonces tendría que usar mis documentos.
Y si mis cuentas entraban en alerta bancaria, el banco exigiría mi presencia física.
Una salida.
Otra.
Pequeña, pero real.
Don Ernesto suspiró.
—Puedo revisar si cabe como alta provisional por caso social. No voy a falsificar nada.
—No se lo pediría.
—Si su esposo acepta las limitaciones, puedo autorizar que el niño sea considerado para el colegio.
Yareli apretó los labios para no sonreír demasiado.
Yo incliné la cabeza.
—Gracias. De verdad.
Saqué una tarjeta del bolso pequeño que Yareli había colgado en mi silla.
—No es pago por nada. Es agradecimiento. Para lo que necesite su fundación vecinal.
Don Ernesto quiso rechazarla.
—Ximena...
—Usted ayer me protegió cuando ni siquiera tenía obligación.
La dejé sobre la mesa.
Luego hice que Yareli me sacara antes de que él pudiera devolvérmela.
En el coche, Yareli no aguantó.
—Ese registro temporal... ¿no afecta a Víctor?
—Solo durante el trámite. Después lo cambia y ya.
—¿Seguro?
—Yareli, ¿quieres que Toño entre al colegio o no?
Se calló.
Cuando llegamos a casa, Víctor ya estaba esperando.
—¿Qué pasó?
Yareli se adelantó.
—Lo logró. Xime convenció al presidente.
Víctor me miró con una mezcla de alivio y codicia.
—Sabía que podías.
Le expliqué lo del registro temporal.
Su alegría bajó.
—¿Por qué tengo que ser yo? El titular de la casa soy yo, pero podrías quedar tú en ese registro temporal.
Se me enfrió la espalda.
No había previsto que lo dijera tan rápido.
Forcé una sonrisa cansada.
—Si quieres, lo hago yo. Así puedo convivir más con Toño. Incluso podría mudarme unos días al área de apoyo del residencial para estar cerca del colegio y que el comité vea que somos madre e hijo.
—¡No! —gritó Yareli.
Víctor la fulminó.
—¿Tú por qué gritas?
—Porque... Xime está enferma. No podría encargarse de trámites ni del niño.
Yo bajé la mirada.
—No me molesta. Si soy su madre legal, debo hacerlo.
Yareli se quedó muda.
Víctor entendió.
Si yo me ligaba más al niño, Yareli perdía espacio.
Si yo aparecía como madre activa ante el comité y el colegio, la historia de ellos tres se complicaba.
—No —dijo al fin—. Lo hago yo.
—Como quieras.
—¿Cuándo?
—Mañana podemos ir al módulo del Registro Civil y luego al comité.
Víctor dejó sus documentos sobre la mesa.
—Prepáralo todo.
Se fue sin comer.
Yareli lo siguió con el niño, seguramente para calmarlo.
Yo pedí a Marisol que me sirviera comida.
Por primera vez en días, comí hasta sentir el estómago lleno.
No porque estuviera tranquila.
Porque necesitaba fuerzas.
Por la tarde llegó Gael.
—La veo con buena cara —dijo mientras dejaba el maletín—. ¿Ya admite que mi terapia es una maravilla?
—Gracias, doctor.
Él se acercó a tomarme el pulso y, cuando su espalda tapó la lámpara, susurró:
—¿Ya no la están envenenando?
Lo miré.
Ese hombre no tenía filtro.
—Por ahora no. El comité va a venir diario.
—Bien.
—Quiero preguntarle algo. Santiago... ¿cómo conoce a Don Ernesto?
Gael parpadeó.
—¿No lo sabe? Es familia suya. Bueno, primo de su mamá. En esas familias todos se tratan como parientes cercanos.
Me quedé helada.
Don Ernesto Alcázar.
Santiago Alcázar.
Claro.
Yo había creído que Santiago era solo un médico frío que vivía al fondo del residencial.
Tal vez nunca había sido “solo” nada.
Gael guardó el estetoscopio.
—Y otro consejo. No lo presione. Santiago odia que lo obliguen a hacer cosas. Si usted lo amenazó o piensa amenazarlo, pare.
La mano de Santiago en mi cuello volvió a mi memoria.
Tragué saliva.
—Lo sé.
Gael me miró con sospecha.
—No me diga que ya lo hizo.
No respondí.
Él soltó un silbido bajo.
—Qué valor, señora.
Valor no.
Desesperación.
Esa noche volví a contactar a Nadia.
—Mañana salgo al Registro Civil. Tiene que parecer casual que nos veamos.
—Yo me encargo.
—Necesito un micrófono pequeño para el coche de Víctor.
—Lo llevo.
—Y otra cosa. Pregunta a Diego cómo hacer que una cuenta personal sea marcada por prevención de lavado.
Nadia guardó silencio.
—¿Diego sabe?
—Perdón, Xime. Se lo dije. Me asusté.
Sentí que el corazón se me iba al piso.
Mi hermano tenía diecinueve años.
Impulsivo.
Bueno.
Demasiado joven para pelear contra gente como Víctor.
—Dile que no venga. Si quiere ayudarme, que piense como estudiante de finanzas. Necesito que mis cuentas queden bloqueadas temporalmente si Víctor intenta mover dinero con mis documentos.
—Entendí.
—Nadia.
—¿Sí?
—Cuídalo.
—Lo haré.
Guardé el comunicador.
No podía evitar que Diego supiera.
Pero podía darle una tarea.
Y una tarea podía mantenerlo lejos.