Segunda temporada de VEINTICUATRO (BL)
Han pasado Dos años.
Dylan Lara ya no es el novato impulsivo que corría en pistas ilegales. Ahora es uno de los corredores más temidos del circuito internacional. Fama, contratos millonarios y un lugar asegurado entre los mejores. A su lado sigue Nathaniel Liu, el hombre que lo secuestro, lo protege… y lo ama con una intensidad que roza lo posesivo.
Pero el éxito siempre atrae algo más que admiradores.
Un nuevo corredor irrumpe en sus vidas. Nadie sabe de dónde salió. Nadie conoce su pasado. Solo hay un detalle inquietante: parece saber demasiado.
Mientras la competencia se vuelve más violenta, los sabotajes más precisos y viejos secretos familiares comienzan a salir a la luz, Dylan descubre que el peligro no está solo en la pista. Alguien lo observa. Lo estudia. Lo desea.
Quiere poseerlo.
Cuando el amor se mezcla con obsesión, celos y poder… ¿quién cruzará primero la línea roja?
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capitulo 13: Recuerdos y cicatrices
—¿Alex? —respondió, llevándose el teléfono al oído.
Al otro lado de la línea, la voz de Alex sonó con un tono de aburrimiento tan exagerado que casi se podía ver su cara de fastidio.
—Nathan, tengo un problema. Bueno, no es un problema, es una molestia. Bueno, es un problema que se ha convertido en una molestia.
—¿Qué pasó? —preguntó Nathan, su voz adoptando el tono profesional que usaba en las reuniones.
—El socio de Milán, Giulia Moretti, está aquí. En Madrid. Dice que tiene que verte hoy porque mañana se va y no quiere irse sin "cerrar unos detalles". —Alex hizo una pausa, y se escuchó un suspiro exagerado—. He intentado convencerla de que lo deje para la próxima semana, pero la mujer es más terco que una mula. Y yo ya he peleado lo suficiente por hoy como para seguir discutiendo.
Nathan cerró los ojos un segundo, procesando la información. —¿Dónde está?
—En el hotel. Dice que puede esperar un par de horas, pero no más. —La voz de Alex se volvió ligeramente suplicante—. Nathan, por favor, no me dejes solo con ella. La última vez que la vi, casi me arranca la cabeza por un retraso en los envíos.
Nathan soltó una risa baja, la primera que escapaba desde que comenzó la llamada. —Está bien, Alex. Voy para allá. Pero la próxima vez, tú te encargas de esas reuniones.
—¡Pero si ya me encargo de todas! —protestó Alex—. ¡Solo esta vez no puedo!
—Claro, claro —respondió Nathan, con una sonrisa irónica—. Nos vemos allí.
Colgó y guardó el teléfono en el bolsillo. Cuando se giró hacia el grupo, su expresión era una mezcla de disculpa y determinación.
—No puedo ir a la cena —anunció, y las sonrisas de Dylan, Lucas y Valeria se desvanecieron ligeramente—. Tengo una reunión con un socio en Madrid. No puedo faltar.
—¿Ahora? —preguntó Dylan, frunciendo el ceño—. Pero si acabas de llegar...
—Lo sé —respondió Nathan, acercándose a él—. Y lo siento. Pero Giulia Moretti es una socia importante, y si no la atiendo ahora, esto se va a complicar.
Dylan lo miró un momento, y aunque la decepción se reflejaba en sus ojos, asintió. —Está bien. Entiendo.
Nathan lo tomó del rostro con ambas manos, sus pulgares acariciando sus mejillas. —No voy a tardar. Mañana estoy de vuelta. Y entonces celebraremos como se debe.
—Lo sé —respondió Dylan, con una sonrisa pequeña—. Ve. No dejes que tu socia te mate.
—Eso espero —dijo Nathan, y luego lo besó. No fue un beso largo, pero sí lo suficientemente intenso para que Lucas y Valeria desviaran la mirada con fingida incomodidad.
Cuando se separaron, Nathan se giró hacia Lucas y Valeria. —Cuídenlo. Si algo pasa, llámenme.
—Tranquilo —dijo Valeria, con una sonrisa tranquilizadora—. Lo cuidaremos como si fuera nuestro.
—Eso espero —respondió Nathan, y luego se subió al auto negro que lo esperaba en la entrada del estacionamiento.
El motor ronroneó, y el vehículo se perdió entre el tráfico de la ciudad. Dylan se quedó mirando el lugar donde había desaparecido, sintiendo ese pequeño vacío que siempre dejaba Nathan cuando se iba. Pero luego se giró hacia sus amigos, y la sonrisa volvió a su rostro.
—Bueno —dijo, frotándose las manos—. ¿Vamos a esa parrillada, o qué?
—¡Vamos! —gritó Lucas, levantando el puño—. ¡A celebrar como se merece!
Valeria se subió al auto de Dylan, y Lucas ocupó el asiento trasero, sin dejar de hablar de lo increíble que había sido la carrera, lo buenísimo que iba a estar el chuletón, y todas las anécdotas que se le ocurrían sobre la marcha. Dylan arrancó el motor, y el coche se dirigió hacia el restaurante, mientras el sol se ponía lentamente en el horizonte.
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El asador resultó ser un lugar encantador. Era un edificio de piedra, con una gran chimenea en el centro y un aroma a leña y carne asada que hacía agua la boca. Se sentaron en una mesa cerca de la ventana, y Lucas ordenó una cantidad de comida que habría sido suficiente para alimentar a un ejército.
La parrillada estaba siendo todo lo que Lucas había prometido y más. El aroma a carne asada y leña impregnaba el ambiente, y los platos de chuletón, patatas asadas y pimientos se sucedían uno tras otro en la mesa. Las risas y las conversaciones fluían con la misma facilidad que el vino tinto que habían pedido para acompañar la cena.
Lucas, como siempre, era el alma de la fiesta. Con el codo apoyado en la mesa y un tenedor en la mano, gesticulaba mientras contaba sus experiencias en la empresa familiar.
—Te juro que mi padre está más relajado ahora que trabajo con él —dijo Lucas, mordiendo un trozo de pan—. Antes me llamaba todo el tiempo para preguntarme si había comido, si había dormido, si había salido de fiesta. Ahora solo me llama para preguntar por los informes.
—Eso es porque ya no eres un niño —respondió Valeria, con una sonrisa burlona—. Ahora eres un adulto responsable.
—¡No me digas eso! —exclamó Lucas, con fingido horror—. ¡Suena a sentencia de muerte!
—Pues es verdad —intervino Dylan, cortando un trozo de carne—. Eres el heredero de la cadena hotelera. Tarde o temprano tenías que aceptarlo.
Lucas suspiró, pero una sonrisa se dibujaba en su rostro. —Lo sé, lo sé. Y no me quejo, eh. Mi padre nunca me presionó. Siempre me dejó elegir. Pero ahora que soy mayor, siento que es mi responsabilidad.
—¿Y cómo llevas eso? —preguntó Valeria, con genuino interés.
—Bien, en realidad —respondió Lucas, encogiéndose de hombros—. Al principio pensé que sería un rollo, pero he descubierto que me gusta. Bueno, no todo. Las reuniones con proveedores son un coñazo. Pero cuando veo que un proyecto sale adelante, siento que he hecho algo útil.
—Qué maduro te has vuelto —dijo Dylan, con una sonrisa—. Quién lo diría.
—¡Oye, que yo siempre he sido maduro! —protestó Lucas—. Bueno, a veces. O casi nunca. Pero estoy mejorando.
Los tres rieron, y el ambiente volvió a llenarse de esa calidez que solo los amigos de verdad pueden crear. Valeria, por su parte, también compartió sus noticias.
—La galería está funcionando bien —dijo, mientras jugaba con el borde de su copa de vino—. He tenido varias exposiciones este año, y algunas de mis obras han sido vendidas a coleccionistas privados. Es agotador, pero me encanta.
—¿Y no te da tiempo para nada más? —preguntó Lucas, con una sonrisa pícara—. ¿Ningún interés romántico en el horizonte?
Valeria rodó los ojos. —No todo en la vida es romance, Lucas. Además, estoy enfocada en mi carrera.
—Eso suena a excusa —dijo Dylan, uniéndose a la broma—. ¿Seguro que no hay nadie que te haga tilín?
—Si lo hubiera, ya lo sabrían —respondió Valeria, con una sonrisa enigmática—. Pero por ahora, estoy feliz así.
—Bueno, mientras seas feliz —dijo Lucas, levantando su copa—. Brindo por eso.
—Brindo por eso —repitieron Dylan y Valeria, chocando sus copas.
Fue entonces cuando Valeria, después de un sorbo de vino, bajó la copa y su expresión se volvió más seria. No era una seriedad tensa, sino más bien reflexiva, como si estuviera sopesando sus palabras antes de decirlas.
—Oye, Dylan... —comenzó, y su tono hizo que Dylan levantara la mirada.
—¿Qué?
—He estado pensando... —Valeria hizo una pausa, como si buscara la manera adecuada de continuar—. Se acerca el aniversario de la muerte de Joshua.
El nombre cayó sobre la mesa como una piedra en un estanque tranquilo. Dylan detuvo la mano con el tenedor a medio camino de su boca. Lucas también se quedó quieto, su mirada fija en su amigo.
El ambiente cambió en un instante. La calidez de la celebración se mezcló con la seriedad del recuerdo.
Dylan dejó el tenedor lentamente, apoyándose en el respaldo de la silla. No había evitado el tema, no había huido. Simplemente se tomó un momento para procesarlo.
—Sí —dijo finalmente, su voz más baja de lo habitual—. Ya sé.
—Lo siento, no quería arruinar el ambiente —se disculpó Valeria, con genuina preocupación—. Solo quería saber si... si habías pensado en ello.
—No tienes por qué disculparte —respondió Dylan, y su tono era tranquilo, sin rastro de enfado—. Es parte de mi vida. Y sí, he pensado en ello.
Lucas, que había estado en silencio, habló con cuidado. —¿Vas a visitar la tumba? Ahora que estás en España...
Dylan asintió lentamente. —Sí. Cada año lo hago. Cuando no puedo ir, pago a una floristería para que le lleven flores. Pero ahora que estoy aquí, quiero ir yo mismo.
Valeria extendió la mano y cubrió la de Dylan sobre la mesa. —¿Quieres que te acompañemos?
Dylan la miró, y una sonrisa pequeña y agradecida se dibujó en sus labios. —No, gracias. Es algo que prefiero hacer solo. Pero... gracias por ofrecerte.
—Siempre —respondió Valeria, apretándole la mano antes de soltarla.
Lucas, intentando aligerar el ambiente, carraspeó y levantó su copa de nuevo. —Bueno, entonces brindemos.
Dylan sintió un nudo en la garganta, pero sonrió. —Gracias, Lucas.
Levantó su copa, y los tres brindaron en silencio, cada uno con sus propios pensamientos. El ruido del restaurante seguía a su alrededor, pero por un momento, solo existieron ellos tres y el recuerdo de alguien que había sido importante.
morí olvidada reviví intocable 🤭