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Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Sustituto/a / Juego de roles / Amor eterno / Completas
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: uutami

Valentina nunca fue suficiente.

Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.

Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.

Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.

A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.

NovelToon tiene autorización de uutami para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Toc, toc.

—Assalamu'alaikum.

Don Ernesto abrió la puerta de par en par. Un hombre joven esperaba en el umbral: camisa celeste, pantalón de vestir, el rostro tenso pero cortés.

—¿Ricardo? —Don Ernesto se sorprendió—. Pasa.

Ricardo entró. Su mirada fue directa hacia la sala, hacia Diana, sentada con el rostro radiante.

—¡¿Ricardo?!

Marta se puso de pie al instante.

—Ay, Ricardo. ¿Qué te trae por aquí? Pasa, pasa.

La mirada de Ricardo se desvió entonces... hacia la puerta cerrada de la habitación de Vale.

—¿Qué te trae tan tarde? —preguntó don Ernesto.

Ricardo tragó saliva.

—¿Está Vale, señor?

—¡¿Vale?! ¿Para qué la sigues buscando? —La voz de Marta se disparó—. ¡Ya te lo dije: esa heredó la sangre de rompehogares de su madre! ¡Mírala! ¡Ahora quiere quitarle el novio a su propia hermana! ¡Demasiado descaro!

—¡Marta, basta! —la reprendió don Ernesto—. En vez de gritar, mejor prepárale algo de beber a nuestro invitado.

—¿Yo? —Marta abrió mucho los ojos, los labios fruncidos. Luego gritó—: ¡Vale! ¡Sal de ahí! ¡Prepárale algo al invitado! ¡Deja de vivir de arrimada!

Vale apareció desde su cuarto con ayuda de la muleta bajo el brazo.

—¿Sí, señora?

—¡Prepara algo de beber! ¡No seas parásita!

Vale agachó la cabeza y se dirigió a la cocina. Ricardo quiso detenerla, pero las palabras se le quedaron en la punta de la lengua.

—Deja que yo la vigile, mamá. No vaya a ser que le eche un hechizo a Ricardo para tenerlo atrapado —dijo Diana poniéndose de pie, y la siguió adentro.

Ricardo sacudió la cabeza.

—¡Diana! —la reprendió don Ernesto—. Vale no es así.

—¡Siga defendiendo a la hija de esa cualquiera!

Don Ernesto cerró los ojos. Los puños le temblaban bajo la mesa. Se contenía con toda su fuerza. Abrió los ojos y le preguntó a Ricardo el motivo de su visita.

—¿A qué viniste, muchacho?

—Quiero hablar. Sobre mi propuesta de matrimonio.

El aire se volvió plomo.

Marta giró la cabeza con la mirada más afilada.

Ricardo respiró hondo.

—Quiero escucharlo directamente de Vale, señor. Si acepta o no mi propuesta.

Marta soltó una risa seca.

—¿Escuchar? ¿Para qué? Ya está claro que Vale solo trae problemas.

—Vale no es ningún problema, señora —Ricardo contuvo la emoción—. Vine con las mejores intenciones.

—¿Las mejores intenciones? —Diana apareció con una bandeja y unos vasos de agua—. ¿Tú te das cuenta, Ricardo? La que fue tu amiga en la oficina todo este tiempo soy yo. La que visitabas en esta casa era yo. ¿Y ahora vienes por ella? —Dejó la bandeja sobre la mesa.

Ricardo sostuvo la mirada de Diana.

—Los sentimientos no se fuerzan, Diana.

—¿Entonces me estás diciendo que yo te obligo? —La voz de Diana subió—. ¿O fue ella la que te sedujo?

Vale salió con paso cojeante y lento, cargando unos frascos con bocadillos, la vista clavada en el suelo.

Ricardo se puso de pie al instante.

—Vale...

—¡Vale, qué haces aquí! —le espetó Diana—. ¡Te dije que no salieras! ¡Tu lugar es la cocina!

—¡Diana! —la reprendió don Ernesto.

—¿Qué, papá? ¿Vas a defender a Vale otra vez? —Diana, ya fuera de sí, se volvió hacia Vale con furia—. ¡Escúchame bien! ¡No te hagas la debilucha delante de Ricardo!

—¡Diana, basta! —tronó don Ernesto.

—¡Esa actitud agresiva es lo que me desagrada de ti, Diana! —intervino Ricardo con dureza. Se acercó a Vale—. Vale, quiero escucharlo de ti. ¿Quieres ser mi esposa?

Silencio.

—Vale, mírame... Te hice una promesa: que te iba a sacar de esta familia. Déjame cumplirla.

—¿Qué? ¡¿O sea que sí se veían a mis espaldas?! —exclamó Diana. Giró hacia su hermana con los ojos encendidos—. ¡Tú! ¡Valentina! ¡Víbora!

La mano de Diana ya se alzaba. Pero don Ernesto fue más rápido y la sujetó.

—¡Diana! ¡Contrólate!

—¡Aaaargh!

Vale apretó la tela del gamis con ambas manos. El corazón le latía desenfrenado. Quería a Ricardo: en secreto, en sus oraciones, en esperanzas que jamás pronunció. Pero también sabía quién era ella. Coja. Siempre una sombra. Siempre la que debía ceder.

Antes de que Vale pudiera abrir la boca, Diana se le adelantó:

—Ella no quiere.

Todos la miraron.

Vale se sobresaltó.

—Diana...

—¡Ya tiene compromiso! —Diana clavó los ojos en Ricardo—. Vale va a casarse con otro.

Las palabras cayeron como una bofetada.

—¿Cómo? —Ricardo se quedó petrificado—. ¿Vale?

Vale miró a Diana. Los ojos de su hermana eran cuchillos; los labios, sellados en una advertencia muda.

—Vale... —la voz de Ricardo temblaba—. Necesito escucharlo de ti.

Vale tragó saliva. La cabeza le daba vueltas. Le temblaban las manos. Lentamente... asintió.

—Sí —su voz fue apenas un soplo—. Voy... a casarme.

Ricardo retrocedió un paso, tambaleándose.

—¿Con quién?

Vale calló.

—¡Contesta! —siseó Diana.

Vale hundió la cabeza aún más.

—Con... otra persona.

Ricardo soltó una risa breve, amarga.

—Sé que solo estás mintiendo, ¿verdad?

—¡No! —saltó Marta. Ricardo la miró—. Ya tiene compromiso con un mototaxista. Él vino a pedirla antes que tú.

Vale bajó la cabeza. Las lágrimas le rodaron por las mejillas.

—Vale, dime que es mentira —la voz de Ricardo se quebró.

Diana avanzó un paso.

—Ella va a casarse con alguien de su nivel. Un mototaxista. Eso es lo que le corresponde a una coja como ella.

—¡Basta! —estalló don Ernesto.

Ricardo miró a Vale largamente. Aún había esperanza en sus ojos.

—Dilo, Vale —suplicó.

Vale asintió.

—Sí —musitó.

La certeza se derrumbó en la mirada de Ricardo. Algo se destruyó en lo más profundo de su pecho. Negó con la cabeza, rehusándose a aceptar. Luego se marchó. La puerta se cerró con un clic suave, pero a Vale le sonó como un estallido en el corazón.

En cuanto la puerta se cerró, Diana explotó.

—¡¿Ves?! —señaló a Vale—. ¡Todo es por tu culpa! ¡¿Para qué existes en esta casa?!

Marta se levantó también.

—¡Maldita niña gafe!

—¡Vale no tiene la culpa! —don Ernesto la defendió.

—¡Claro que sí! —Diana gritó—. ¡Ella destruyó mi felicidad! ¡Papá siempre la defiende! ¡Es obvio que papá no quiere a Diana!

—¡Diana! ¿Cómo puedes pensar eso? —Don Ernesto se horrorizó.

—¡Cásate! —Diana miró a Vale con furia—. ¡Cásate con ese mototaxista!

Vale se estremeció.

—Diana...

—¡No me vas a quitar nada! —siseó Diana—. ¿Dónde está el número? ¡El que te tiré el otro día!

Vale no respondió. La cabeza, hundida.

—¡Contesta! —Diana la empujó por el hombro.

Al no obtener respuesta, Diana giró sobre sus talones y se metió al cuarto de Vale.

—¡Entonces lo busco yo!

—¡Diana! —Don Ernesto la siguió, pero Diana ya había abierto de un golpe la puerta.

Adentro, Diana revolvió todo. Abrió cajones, tiró almohadas, desparramó libros. Hasta que un papelito doblado cayó al piso.

Un número de teléfono.

Diana sonrió con frialdad.

—Aquí está.

Marcó de inmediato.

En otro lugar, Bastián contemplaba la pantalla de su laptop con el ceño fruncido.

—Yud —dijo con gravedad—. Encontré los registros del hospital.

Mateo, de pie frente a la ventana, giró.

—¿Qué hallaste?

—Hace dos años, en el accidente de esa zona... la única registrada oficialmente fue Diana.

—¿Y?

—Pero los testigos dicen que la atropellada fue otra chica. Y el nombre que aparece en el informe interno es Valentina.

Mateo se quedó inmóvil.

—Diana solo tuvo heridas leves —continuó Bastián—. La que quedó grave... fue Vale.

El teléfono de Mateo sonó.

Número desconocido.

Mateo contestó despacio.

—¿Hola?

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