Me enamoré de una Youtuber que quiere seguir en el anonimato.
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BRISA
Tomaron una mesa afuera, bajo las luces suaves del restaurante.
El lugar era tranquilo y acogedor, con plantas colgantes y un aroma delicioso a masa horneada, salsa de tomate y hierbas de olor.
Mientras les tomaban la orden, la conversación fluyó con facilidad. Carolina, aún un poco cansada, terminó contándole a Alejandro cómo había sido su día:
—Fue terrible… —dijo con una sonrisa avergonzada—. Me desperté cansada, me llegó un strike de copyright en YouTube por un video que ni siquiera era mío, estuve toda la mañana apelándolo sin desayunar, se me quemó la sopa en el microondas porque la puse sin agua, y luego descubrí que se fue el agua en todo el edificio por una avería. Tuve que ir a bañarme a casa de Sofi. En fin, parece que el universo conspiraba contra mi.
Alejandro la escuchaba con atención, con una sonrisa suave, un poco preocupado pero también enternecido.
—Vaya… sí que fue un día complicado. ¿Estás muy cansada ahora?
—Un poco —admitió ella—, pero estar aquí me está ayudando.
Pidieron dos pizzas para compartir (una margarita y otra de prosciutto y rúcula) y una jarra de Clericot.
La conversación fue avanzando poco a poco y hablaron de sus familias.
Alejandro le contó con cariño:
—Soy el mayor de tres. Tengo una hermana dos años menor que yo, y la más pequeña… ella es el pilón de la familia, tiene 18 años menos que yo. Es como mi hija chiquita. Mis papás todavía la consienten mucho.
Carolina sonrió al imaginarlo.
—Suena bonito tener hermanos así… Yo solo tengo a mi mamá —dijo bajando un poco la mirada—. No nos llevamos muy bien. Es… complicado. Prefiero no hablar mucho de eso.
Alejandro asintió con comprensión, sin presionar.
—Entiendo. Cuando quieras hablar, aquí estoy.
También hablaron de sus trabajos a nivel más personal.
Alejandro le contó que llevaba casi seis años en el despacho de diseño, que le gustaba el trabajo creativo pero que a veces los clientes lo agotaban.
—Siento que estoy en un buen lugar, pero a veces extraño tener más tiempo para dibujar solo por gusto, sin briefs ni deadlines.
Carolina habló de su canal con más confianza que antes:
—Llevo casi nueve años subiendo videos. Al principio era solo un escape… ahora es mi trabajo principal. Me daba miedo un poco la exposición, pero ahora también me hace feliz cuando alguien me dice que mis videos le ayudaron un mal día.
Terminaron de comer con calma. Las pizzas estaban deliciosas y el Clericot fresco y ligero.
Cuando salieron del restaurante, la noche seguía agradable.
Caminaron hacia el parque cercano. Las luces de las farolas iluminaban los caminos y se escuchaba el sonido lejano de niños jugando aún a esa hora.
Ahora fue Alejandro quien se atrevió.
Dudó un poco pero al final, con suavidad tomó la mano de Carolina.
Ella se sorprendió al principio, pero luego le dio un pequeño apretón, como diciendo “sí, está bien”. Sus dedos se entrelazaron con naturalidad.
Caminaron un rato en silencio cómodo hasta que encontraron una banca libre bajo un árbol. Se sentaron uno al lado del otro.
La brisa suave de la noche movía suavemente el cabello largo de Carolina. Ella empezó a entrecerrar los ojos, visiblemente relajada y un poco cansada después del día tan agitado.
Alejandro la miró de reojo, sonriendo con ternura.
—¿Estás cómoda? —preguntó en voz baja.
Carolina asintió, sin abrir del todo los ojos.
—Mucho… Gracias por entender que hoy no estaba en mi mejor día.
—No tienes que agradecer —respondió él—. Me gusta estar contigo, aunque tuvieras un día complicado decidiste venir —tomó aire y volteó a ver el cielo— gracias a ti por todo el esfuerzo.
Se quedaron allí un rato más, con las manos todavía entrelazadas, escuchando el sonido suave de la noche, el murmullo lejano de la ciudad y el viento entre los árboles, abrazados por una brisa fresca.
Carolina se sentía cansada, pero extrañamente en paz.