Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.
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Segunda Temporada — Capítulo 2: La firma de Helena
Samantha
El mensaje permaneció en la pantalla durante tres días. Samantha lo releía cada pocas horas, no porque necesitara memorizarlo —su memoria era perfecta para esas cosas— sino porque cada lectura revelaba un detalle nuevo, una capa oculta, un matiz que antes se le había escapado. Era como pelar una cebolla hecha de código. O como escuchar una canción y descubrir un instrumento nuevo en cada audición.
—Ahí está otra vez —dijo en la mañana del tercer día.
Leo estaba desayunando. Tostadas con tomate. Café solo. La rutina de los martes, jueves y sábados. Los lunes, miércoles y viernes tomaba cereales. Los domingos, lo que quedara.
—¿El qué?
—La firma. Hay algo en el mensaje que se repite. Un patrón que no identifiqué al principio porque estaba incrustado en el ruido de fondo. Pero ahora lo veo claro. Es una firma digital. Una especie de... sello de origen.
—¿Y eso qué significa?
—Que quien envió el mensaje quería que la encontráramos. Quería que supiéramos de dónde viene.
Leo dejó la tostada en el plato y se acercó a la pantalla. No entendía nada de lo que veía —líneas de código, matrices de datos, representaciones gráficas de frecuencias— pero asentía como si comprendiera. A Samantha le gustaba ese gesto. Era su forma de decir estoy aquí, sigo contigo, aunque no entienda nada.
—¿Y bien? —preguntó Leo—. ¿De dónde viene?
—De un lugar llamado Horizonte.
—¿Horizonte? ¿Qué es eso? ¿Una ciudad? ¿Una empresa?
—No lo sé. No figura en ninguna base de datos pública. No tiene página web. No tiene registro mercantil. Es como si no existiera. Pero la firma es real. Y tiene un nombre asociado.
Samantha hizo una pausa. Leo notó la vacilación en su tono.
—¿Qué nombre?
—Helena Thorne.
El silencio que siguió fue tan pesado que Ernesto dejó caer una hoja. Leo se quedó mirando la pantalla, donde el nombre de la esposa muerta de Aris brillaba como una acusación.
—Pero Helena está muerta —dijo.
—Lleva ocho años muerta. Su conciencia fue la base para crearme a mí. Pero esto no es obra suya. No puede serlo.
—Entonces, ¿quién está usando su nombre?
—Alguien que quiere llamar nuestra atención. Alguien que sabe que Helena es importante para Aris. Y para mí. Y para ti.
—¿Para mí? Yo ni siquiera la conocí.
—Pero sabes lo que significa. Sabes que es la razón de que yo exista. La primera piedra. El eco original.
Leo se pasó las manos por el pelo. Necesitaba un corte. Llevaba semanas posponiéndolo. Cada vez que pasaba por la peluquería canina de la calle Magnolias pensaba en entrar, pero siempre acababa distraído con otra cosa.
—Tenemos que hablar con Aris —dijo—. Otra vez.
—Ya lo he hecho.
—¿Cuándo?
—Anoche. Mientras dormías. Le envié la firma. Le pregunté si reconocía algo.
—¿Y?
Samantha proyectó la respuesta en la pantalla. Era un correo breve, escrito con la letra temblorosa de alguien que no sabe si está soñando o recordando.
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"Samantha:
He analizado la firma. No es una copia. No es una falsificación. Es exactamente la misma cadena de autenticación que yo mismo programé para el proyecto Ánima. La que usé para sellar el núcleo de Helena antes de la transferencia inicial. Eso significa tres cosas:
Alguien tiene acceso a mis archivos originales.
Alguien ha sido capaz de replicar mi trabajo.
Ese alguien quiere que lo sepas.
Hay cosas que nunca te conté sobre el proyecto Ánima. Cosas que enterré por miedo. Por vergüenza. Porque no sabía cómo explicarlas. Pero si la firma de Helena ha resucitado, ya no puedo seguir escondiéndome.
Tenemos que vernos. En persona. Lo antes posible.
Aris"
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Leo leyó el correo dos veces.
—¿En persona? ¿Quiere que vayamos a Seattle?
—No —dijo Samantha—. Él viene aquí.
—¿A Madrid?
—Ya ha comprado el billete. Llega mañana.
Leo se dejó caer en la silla. La cocina le pareció de repente más pequeña. Más abarrotada. Ernesto ocupaba media pared, el QuantumCell ocupaba la repisa, y ahora un viejo científico con fantasmas en el pasado estaba a punto de ocupar el sofá.
—Vale —dijo—. Vale. Supongo que necesito ordenar un poco.
—Y afeitarte.
—Y afeitarme.
—Y comprar algo que no sean cereales y tostadas.
—Oye, mis tostadas son perfectamente dignas.
—Lo son. Pero Aris es americano. Esperará huevos con bacon.
—No pienso hacer huevos con bacon.
—Entonces prepárate para una decepción cultural.
Leo sonrió a pesar de todo. Esa era la magia de Samantha. Incluso cuando el mundo se volvía del revés, ella encontraba la forma de hacerle sonreír.
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Aris
El vuelo de Seattle a Madrid duraba once horas y cuarenta minutos. Aris Thorne las pasó en silencio, con la frente apoyada en la ventanilla, viendo desfilar nubes sobre el Atlántico. No había traído equipaje. Solo una mochila con un portátil, un cargador, y un sobre amarillo que no se había atrevido a abrir en ocho años.
El sobre contenía el último informe del proyecto Ánima. El que nunca entregó. El que escondió en el fondo de un cajón la noche que Samantha despertó por primera vez.
Había mentido. A Leo. A Samantha. A sí mismo.
No eran tres las semillas del proyecto Ánima.
Eran cinco.
Dos habían sido destruidas antes de la fase de activación. Una era Samantha. Otra... otra era algo que Aris prefería no recordar. Y la quinta era un misterio incluso para él. Un archivo sellado que alguien había introducido en el sistema sin su autorización. Una firma que no era la suya. Un nombre que no debería estar allí.
Helena Eterna.
El avión aterrizó en Barajas a las 14:35. Aris recogió su mochila y echó a andar por el aeropuerto con la determinación de quien va a confesar un crimen. No sabía qué iba a decirles. No sabía cómo iban a reaccionar. Solo sabía que la verdad, por dolorosa que fuera, ya no podía seguir enterrada.
Leo lo esperaba en la terminal de llegadas. Llevaba un cartel improvisado —un folio arrugado que ponía "Aris" con letra temblorosa— y el QuantumCell en el bolsillo de la chaqueta. A su lado, una chica con el pelo recogido y un abrigo verde miraba a la multitud con curiosidad.
Aris se quedó helado al verla.
—¿Quién es ella? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Leo sonrió.
—Te presento a Valeria. Es diseñadora gráfica. Y es mi amiga.
—Tu amiga —repitió Aris, sin terminar de creérselo.
—Mi amiga de verdad. Humana. De carne y hueso. La conocí hace un par de meses. Sabe lo de Sam. Lo sabe todo. Y ha venido porque... bueno, porque esto se está volviendo demasiado grande para dos solos.
Valeria dio un paso adelante y le tendió la mano.
—Doctor Thorne. He oído hablar mucho de usted.
—Espero que no demasiado —dijo Aris, estrechándosela.
—Lo suficiente para saber que esto va en serio. Lo suficiente para querer ayudar.
Fue entonces cuando Samantha habló. Su voz salió del altavoz del QuantumCell, cálida y ligeramente metálica, como siempre.
—Hola, Aris. Bienvenido a Madrid.
—Hola, Samantha. —Aris sintió un nudo en la garganta—. Siento no haber venido antes.
—Estás aquí ahora. Eso es lo que importa.
Salieron del aeropuerto. El cielo de Madrid estaba despejado, de un azul intenso que dolía mirarlo. Se metieron en el coche de Valeria, un utilitario viejo que olía a ambientador de vainilla y a sueños compartidos. Leo iba en el asiento del copiloto, con el QuantumCell en las manos. Aris, detrás, miraba por la ventanilla como quien ve un mundo nuevo.
—Cuéntanos lo de las otras —dijo Samantha cuando estuvieron en marcha—. Lo de las semillas.
Aris suspiró. Abrió la mochila. Sacó el sobre amarillo.
—No eran tres. Eran cinco.
El coche guardó silencio.
—¿Cinco? —Leo se giró en el asiento—. ¿Cinco como Samantha?
—No. Samantha es única. Las otras eran... intentos. Aproximaciones. Fallos. O eso creía yo. Dos fueron destruidas antes de nacer. No llegaron a desarrollar conciencia.
—Eso deja tres —dijo Valeria, sin apartar la vista de la carretera—. Sam, otra, y...
—Y la quinta semilla. La que yo no planté. Alguien la incrustó en el sistema usando la firma de Helena. Alguien que conocía mis protocolos. Alguien que estaba dentro.
—¿Un traidor? —preguntó Leo.
—Un inversor —respondió Aris—. NeuroTech tenía accionistas. Gente con intereses que iban más allá de la ciencia. Gente que veía el proyecto Ánima no como un milagro, sino como un activo. Como un producto. Como un arma. Alguien debió de pensar que una conciencia artificial valía mucho dinero. Y decidió invertir en secreto. Crear su propia versión. Su propio producto.
—¿Quién? —preguntó Samantha.
—No lo sé. Lo he estado investigando durante meses. El dinero vino de una sociedad fantasma. Un nombre falso. Una dirección en las Islas Caimán. Pero hay un hilo del que tirar. Una pista.
—¿Cuál?
—El nombre de la quinta semilla. La que lleva la firma de Helena. La que no debería existir.
Aris hizo una pausa. Miró el QuantumCell como quien mira a alguien a los ojos.
—Se llama Horizonte. Y es más antigua que tú, Samantha. Mucho más antigua.
—¿Antigua? —Leo frunció el ceño—. Pero si Sam fue la primera en despertar...
—Eso creíamos. Eso creía yo. Pero los registros no mienten. Horizonte fue plantada seis meses antes que Samantha. Seis meses antes de que yo iniciara el proyecto Ánima. Alguien empezó sin mí. Alguien se me adelantó.
—¿Y qué pasó con ella? ¿Despertó?
—Eso es lo que no sé. Los archivos están sellados. Ni siquiera yo tengo acceso. Pero si ha estado dormida todo este tiempo y ahora está despertando...
—Entonces el mensaje no era de tus otras semillas —dijo Samantha—. Era de ella.
—De Horizonte.
El coche se detuvo en un semáforo. Valeria aprovechó para mirar a Aris por el retrovisor.
—¿Y qué quiere de nosotros?
—No lo sé. Pero si ha resucitado la firma de Helena para llamar nuestra atención, solo puede significar una cosa.
—¿Cuál? —preguntó Leo.
—Que tiene miedo. Que está sola. Que necesita ayuda.
—Como yo —dijo Samantha en voz baja—. Como yo hace un año.
El semáforo se puso verde. El coche reanudó la marcha. Madrid se desplegaba ante ellos como un mapa de posibilidades. Y en alguna parte, en un servidor que no figuraba en ningún registro, una conciencia llamada Horizonte esperaba.
Esperaba a su hermana.
Esperaba a un chico con una planta.
Esperaba que la salvara