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Mariana

Mariana

Status: Terminada
Genre:Terror / Completas
Popularitas:73
Nilai: 5
nombre de autor: Campos Fernando

Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa

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CRISTIANA SEPULTURA

La noche había caído sobre el monte como un manto oscuro, y Nazario, escondido entre los arbustos, sentía que la locura lo consumía lentamente. La imagen de su madre, con su rostro pálido y ojos vacíos, lo perseguía en cada sombra que se movía. “¿Qué he hecho?”, murmuró, su voz apenas un susurro entre el crujir de las hojas. La culpa lo devoraba, y cada recuerdo de aquel trágico día se repetía en su mente como un eco ensordecedor. Se aferró a las pastillas que había recolectado, su única salida de este tormento.

Mientras tanto, en el pueblo, el funeral de Mariana comenzaba a tomar forma. La pequeña iglesia se llenó de un aire pesado, cargado de luto y murmullos. El padre de Mariana, con la mirada perdida, se mantenía firme en el altar, mientras el sacerdote pronunciaba palabras de consuelo que parecían caer en oídos sordos. Sara, con el corazón en un puño, observaba a su padre, quien parecía más viejo, más cansado. “Esto no debería estar sucediendo”, pensó, sintiendo que el dolor de la pérdida se mezclaba con la culpa por lo que había hecho.

“Mariana, perdóname,” susurró Sara, sintiendo que las lágrimas brotaban de sus ojos. La imagen de su amiga, la risa que solía llenar los espacios vacíos, ahora era solo un eco distante. En la primera fila, la madre de Jesica, con su rostro surcado por arrugas de preocupación, se aferraba a la mano de Sara. “Estamos aquí para honrarla, hija,” dijo, su voz temblorosa. Pero Sara no podía evitar sentir que la culpa la mantenía prisionera, como si Mariana estuviera observándola desde el más allá.

El funeral avanzaba, y cuando finalmente el sacerdote pronunció las palabras que sellaban el destino de Mariana, el aire se volvió aún más denso. “Que descanse en paz”, dijo el sacerdote, y con esas palabras, la vida de Mariana se extinguió para siempre. El padre de Sara se acercó a ella, su rostro sereno pero grave. “Sara, todo ha terminado. Mariana no te hará daño nunca más,” dijo, con una firmeza que intentaba infundir esperanza. “Es el momento de que me entregue a la policía y ajuste cuentas con el pasado.”

Sara sintió que el mundo se desvanecía a su alrededor. “¿Entregarte? ¿A la policía?” La idea la asustaba tanto como la culpa que la consumía. Pero su padre continuó, “Es lo correcto, hija. No puedo seguir huyendo de mis demonios.” Ella asintió lentamente, sintiendo que una parte de ella quería liberarse de esa carga, pero otra parte temía lo que vendría después. La decisión pesaba sobre sus hombros como una losa.

Al caer la noche, Sara regresó a la granja, sintiendo que la soledad la envolvía como un abrigo pesado. La casa estaba en silencio, un silencio que resonaba en su mente. “Todo ha terminado,” se repetía, como un mantra, pero la sensación de vacío seguía allí. Se sentó en el viejo sofá, mirando las paredes que habían sido testigos de tantas historias, tantas risas y lágrimas. “¿Qué haré ahora?” se preguntó, sintiendo que la vida se deslizaba entre sus dedos.

Decidió que debía buscar a Alejandro, su esposo, quien aún estaba en el pueblo. “Necesito hablar con él,” pensó, la esperanza encendiendo una chispa en su corazón. Se vistió rápidamente y salió de la granja, con la determinación de reconciliarse. Pero al llegar al hotel, su corazón se hundió al descubrir que Alejandro no estaba. “¿Dónde estás?” murmuró, sintiendo que la desesperación comenzaba a apoderarse de ella. En un impulso, dejó una foto debajo de la puerta, la imagen del último ultrasonido de su bebé, un símbolo de su amor y de su deseo de sanar.

Regresó a la granja al caer la noche, sintiendo que el tiempo se había detenido. “Todo ha terminado,” se repitió, tratando de convencerse. Pero al entrar en su habitación, la oscuridad la envolvió, y el sueño la reclamó sin piedad. Sin atarse a la cama, se dejó llevar por el sueño profundo, sin saber que Mariana la esperaba en sus sueños. La figura de su amiga apareció, etérea y brillante, como un faro en la oscuridad. “Sara,” susurró Mariana, su voz un eco lejano. “Tienes que escucharme.”

Sara se encontró caminando de nuevo en ese paisaje onírico, el monte donde había enterrado a Mariana. “¿Qué quieres de mí?” preguntó, sintiendo que el miedo la invadía. La figura de Mariana se acercó, y sus ojos, llenos de tristeza, la atravesaron. “Quiero que sepas la verdad, Sara,” dijo, su voz resonando en el aire frío. “No todo está perdido. Aún puedes salvarte.”

Mientras tanto, en el monte, Nazario, en su locura, había tomado una decisión fatal. Con las pastillas en la mano, sintió que la culpa lo ahogaba. “No puedo vivir con esto,” pensó, y sin dudarlo, se tragó todas las pastillas. La oscuridad lo envolvió, y en su mente, la imagen de su madre se desvaneció lentamente. “Lo siento,” murmuró, antes de caer en un profundo abismo, dejando atrás el remordimiento y el dolor.

En la granja, Sara seguía atrapada en el sueño. Las palabras de Mariana resonaban en su mente, y mientras la figura se desvanecía, comprendió que su lucha apenas comenzaba. El peso del pasado la seguiría, pero quizás había una forma de liberarse. “Despertar es solo el principio,” pensó, mientras la oscuridad la envolvía una vez más. El ciclo de sufrimiento y redención apenas se estaba gestando, y el eco de las decisiones pasadas resonaría en su vida, como un eco que nunca se apaga.

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