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CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Demonios / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: Recuerdo

21:03 – Almacén viejo, Puerto Madero.

No era un almacén. Era una iglesia sin techo que alguien había convertido en galería de arte y después abandonado. Paredes de ladrillo descascarado, ventanales rotos, el río oliendo a sal al otro lado. En el centro, un círculo de velas negras encendidas. Y dentro del círculo, tres sillas.

Malphas ya estaba sentado en una. No en el cuerpo de Ruiz. En otro: chico de veintipico, pelo rubio, traje blanco, sonrisa de quien nunca pagó una cuenta. Los ojos eran lo único igual: azules que no parpadeaban.

—Puntuales —dijo—. Me encanta.

Damián no se sentó. Se quedó de pie entre Lía y el círculo, la mano en la espalda baja de ella. No posesivo. Posesión.

—Cinco minutos —dijo—. Sin trucos.

—Sin trucos —repitió Malphas, y levantó las dos manos vacías—. Solo verdad. Que es peor.

Lía sintió el anillo tibio. No latía. Escuchaba.

Se sentó. Damián no. Quedó detrás de su silla, las manos en el respaldo, los nudillos blancos.

—Cerrá los ojos —dijo Malphas—. Y dame la mano.

—No —dijo Damián al mismo tiempo.

Lía miró hacia arriba, a él.

—Si es mentira, lo sabés. Si es verdad, también. —Volvió a mirar a Malphas—. Solo cinco minutos.

Le dio la mano.

El contacto no fue frío. Fue nada. Y después, todo.

Bar. Noche. 2001.

Elena. Veintitrés años. Pelo castaño largo, risa fácil, copa de vino a medias. Frente a ella, un tipo alto de traje negro, cara borrosa pero ojos claros que no eran humanos. Le toma la mano sobre la mesa.

“No te pido tu alma, Elena. Te pido un favor a futuro. Y yo te doy lo que más querés ahora mismo.”

Elena llora. Tiene la otra mano sobre el vientre. Plano todavía.

“Él se fue. No tengo nada.”

“Tenés una hija. Y va a vivir si firmás.”

Elena firma en una servilleta. Con sangre. Sonríe cuando termina. No por alivio. Por amor.

Corte.

Hospital. Cuatro años después. Elena en una camilla. No accidente. Habitación privada. Dos hombres hablando afuera. Uno es el padre de Damián: alto, traje, ojos negros completos. El otro no tiene cara.

“Ella rompió el primer contrato al firmar el segundo.”

“Entonces cobralo.”

El auto de Elena no se estrelló solo. Lo empujaron en la bajada de la autopista. Damián, más joven, sin traje, con armadura oscura, llega tarde. La saca del auto. Ella ya no respira.

La mira. Le cierra los ojos. Y cuando se levanta, tiene el anillo de Lía en la mano. No se lo pone. Lo guarda.

“Era mía.”

Corte.

Lía abrió los ojos de golpe y retiró la mano como si quemara.

Respiraba como si hubiera corrido. El anillo estaba helado.

Malphas sonreía.

—Tu mamá eligió salvarte dos veces. La primera por amor. La segunda por culpa. —Miró a Damián—. Y él llegó tarde las dos.

Lía giró la cabeza. Damián no la miraba a ella. Miraba a Malphas. Y los lentes ya no estaban. Ojos negros completos, rojo encendido, y detrás de él la sombra ya no era sombra: cuernos curvados y alas de humo que tocaban el techo roto.

—Te dije sin trucos —dijo Damián, y la voz tenía eco.

—No fue truco. Fue recuerdo. —Malphas se levantó—. ¿Ahora qué, hermano? ¿La dejás elegir o la encerrás como hiciste con Elena?

Lía se puso de pie. Las piernas le temblaban pero no se cayó.

—Mi mamá eligió —dijo—. Dos veces. Eso es verdad.

—Sí —dijo Malphas—. Y la segunda la mató.

Damián dio un paso hacia el círculo. Las velas se apagaron todas a la vez.

—No la tocás.

—No necesito tocarla. Ya está rota. —Malphas abrió los brazos—. Vamos, Azazel. Hacé lo que querés hacer desde hace trescientos años. Mostrale quién sos.

Damián no contestó. Se quitó el saco. Se arremangó la camisa hasta los codos. Y cuando volvió a mirarlo, ya no era Damián Blackwell.

Era Azazel.

No creció. No explotó. Solo dejó de contenerse. La piel se puso más pálida, las venas del cuello negras un segundo, los cuernos no eran sombra: estaban. Curvos, negros, saliendo del pelo. Las alas no eran humo: eran alas, coriáceas, con bordes que cortaban el aire cuando las abrió.

Lía no retrocedió. El anillo ardió una vez y se quedó tibio.

No tengas miedo.

No era voz. Era certeza dentro del pecho.

Malphas se rió.

—Ahí estás. Te extrañaba.

Y atacó primero.

No corrió. Se deshizo y apareció delante de Damián con la mano convertida en garra. Damián la bloqueó con el antebrazo. El choque sonó a metal contra metal. Las velas volaron por el aire.

Pelearon sin palabras. No boxeo. No humano. Eran dos fuerzas que se conocían demasiado. Malphas tiraba para desgarrar, Damián desviaba y devolvía. Cada golpe quebraba el piso. Cada vez que se tocaban, salía chispa roja.

Lía quiso gritar que pararan y no pudo. El sello la mantenía en el borde del círculo, como si una pared invisible no la dejara entrar ni salir. Tres metros. Siempre tres metros.

Malphas logró pasar la guardia y le puso la garra en el pecho a Damián. No lo atravesó. Lo marcó. Tres líneas. Círculo. Sangre negra brotó.

Damián rugió —no grito, rugido— y le devolvió el golpe en la cara. La cabeza de Malphas giró antinatural y el cascarón se rajó por la mejilla. Adentro no había hueso. Había luz blanca podrida.

—Te estás muriendo de lento —jadeó Malphas—. Ella te hace débil.

—E

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