Lo que el silencio esconde
Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.
Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.
Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.
Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.
Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.
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Capítulo 22: La llamada que nunca existió
Horas antes de que Lucía encontrara la puerta entreabierta y la mano ensangrentada.
Daniel caminaba hacia la biblioteca, pero no iba directo. Se detuvo en una cabina telefónica a dos cuadras. Metió una moneda, marcó un número y esperó.
El auricular temblaba en su mano.
—¿Dime? —respondió una voz grave al otro lado.
No era Bruno. Nunca lo había sido.
—Ya está todo preparado —dijo Daniel, tragando saliva—. El libro está en su sitio. El mensaje, escrito. Pero no entiendo por qué tengo que hacer esto. Ella te quiere. Confía en ti.
La voz grave suspiró. Era una voz que Daniel conocía bien. La había escuchado durante años, en confidencias, en lágrimas, en promesas.
—Por su bien —respondió Lucía.
Porque la voz grave era la suya. Ella misma, al otro lado del teléfono, usando un truco que había aprendido de los audiolibros: grabar su voz un tono más abajo y reproducirla en una llamada en diferido.
Daniel cerró los ojos. Apretó el auricular con fuerza.
—No me dijiste que habría sangre.
—No es sangre real, Daniel. Lo sabes. Es colorante. Te lo dije anoche. Solo necesito que parezca real. Para que ella crea.
—¿Para que quién crea? ¿Lucía? Ella es tu hermana, por el amor de Dios.
Silencio.
—Por eso mismo —dijo la voz grabada, fría, imperturbable—. La conozco mejor que nadie. Si no hay una amenaza real, no va a mover un dedo. Necesita tener miedo. Necesita creer que alguien la persigue. Así despertará. Así recordará.
—¿Recordar qué?
—Lo que le hizo nuestro padre.
Daniel quiso decir algo más. Quiso colgar. Quiso llamar a la policía. Pero no lo hizo. Porque aquella mujer, la que hablaba desde la grabación, no era la Lucía dulce que él había visto crecer. Era su hermana gemela.
La verdadera Lucía había muerto en el sótano a los doce años.
La que ahora caminaba por las calles, la que sonreía en la biblioteca, la que parecía tan frágil, se llamaba Luna. Y llevaba catorce años suplantando a su hermana muerta, tratando de desenterrar la verdad de lo que había pasado aquella noche.
Pero para hacerlo, necesitaba que Daniel creyera que ella era Lucía. Y que el villano, Bruno, era real.
—Confía en mí —dijo la grabación—. Cuando todo termine, te lo explicaré.
Colgó.
Daniel se quedó allí, con el auricular en la mano, sintiendo que el mundo se le venía encima. Él solo quería ayudar a aquella niña que había visto sufrir tanto. Y ahora estaba manchando un picaporte con colorante, escribiendo mensajes anónimos y fingiendo que había un asesino suelto.
Todo por amor.
Todo por miedo.
Salió de la cabina y caminó hacia la biblioteca. Abrió la puerta. Entró. Preparó el libro, el mensaje, el frasco de colorante.
Vertió un poco sobre su mano. Marcó el picaporte. Luego se escondió en la trastienda, esperando.
Pero algo salió mal.
Alguien más entró.
Alguien que no era Lucía.
Alguien que sí llevaba un cuchillo de verdad.
Y cuando Daniel quiso gritar, ya era tarde.
Ahora, en el hospital, Daniel yacía en una cama de la UCI. Los médicos decían que había perdido mucha sangre, pero que sobreviviría.
Julio estaba sentado a su lado, con un vendaje en la frente y los ojos inyectados en sangre.
—Daniel —susurró—. ¿Quién te hizo esto?
El bibliotecario abrió los ojos con esfuerzo. Miró a Julio. Y entonces, con la voz rota, dijo la verdad que había guardado durante catorce años.
—Luna —susurró—. Se llama Luna. Y no es quien crees.
Julio frunció el ceño.
—¿Luna? ¿No se llama Lucía?
Daniel negó con la cabeza. Una lágrima rodó por su mejilla.
—Lucía murió hace catorce años. En el sótano. La que conoces es su hermana gemela. Y está buscando venganza. Pero ya no distingue entre los malos y los buenos.
Julio se quedó helado.
—Entonces, ¿Bruno?
—Nunca existió —susurró Daniel—. Era ella. Siempre fue ella. Usaba una grabación de su propia voz grave para que creyéramos que había un hombre. Necesitaba un villano. Porque no podía enfrentarse a la verdad: que ella misma se había convertido en el monstruo.
Afuera, en la calle, una mujer con gabardina y gafas de sol caminaba despacio. Llevaba un cigarro Malboro en la mano. Sonreía.
No era Lucía.
Era Luna.
Y su obra todavía no había terminado.