Davina Guedes sueña con trabajar en la Inmobiliaria Hawser , sin saber que al lograrlo , despertaría la pasion y al obsesión de su dueño , el empresario Danilo Hawser.
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Capítulo 17
La mesa del comedor principal de la mansión Hawser estaba dispuesta para dos, aunque el espacio entre Danilo y Helenina parecía un abismo de kilómetros. Cubiertos de plata, cristalería de Murano y un silencio tan espeso que el roce de un cuchillo contra la porcelana sonaba como un disparo.
Helenina, impecable en un vestido negro azabache, observaba cómo el camarero servía un vino tinto de una cosecha que Octávio Hawser solía reservar para las grandes victorias.
—Paraty es hermoso en esta época del año, ¿no crees, Danilo? —soltó ella, rompiendo el silencio con una naturalidad quirúrgica.
Danilo levantó la vista, manteniendo la calma. Sabía que cada microexpresión de su rostro estaba siendo analizada por las cámaras y los micrófonos que ahora sabía que lo rodeaban.
—Es tranquilo. Ideal para lo que busco: privacidad y aire limpio —respondió Danilo, bebiendo un sorbo de vino—. Los problemas de Río se sienten muy lejanos allí.
—Me alegra que pienses en la "privacidad" —Helenina sonrió, una curva gélida en sus labios—. De hecho, me preocupaba tanto que tu estancia allí fuera perfecta que he enviado a tres de mis hombres de confianza para que aseguren el perímetro. No querría que ningún... *imprevisto* molestara a tus invitados.
El corazón de Danilo dio un vuelco, pero no dejó que sus ojos parpadearan. Helenina le estaba confirmando que había mordido el anzuelo de Paraty, o al menos eso quería que él creyera. Era un juego de espejos: él sabía que ella lo escuchaba, y ella sabía que él sabía.
—Aprecio el gesto, querida —dijo Danilo con sarcasmo—. Pero mis invitados son de naturaleza discreta. No necesitan escolta.
En un movimiento calculado, Danilo dejó caer su servilleta al suelo. Al agacharse para recogerla, sus dedos rozaron un pequeño dispositivo que llevaba pegado al tobillo. Era un bloqueador de señal de bolsillo. Por solo diez segundos, las cámaras y micrófonos de la sala sufrirían una interferencia "técnica".
Aprovechó ese instante para escribir un mensaje rápido en un teclado táctil minúsculo que enviaría una señal cifrada a Marcos en Itacaré: *"Cebo aceptado. Mantente en las sombras. Rocha sigue allí"*.
Cuando Danilo se incorporó, la interferencia terminó. Helenina lo miraba con curiosidad, pero antes de que pudiera decir algo, el mayordomo entró en el comedor con una expresión de desconcierto.
—Señora... lamento interrumpir la cena, pero hay un caballero en la puerta. Dice que es un viejo amigo de su padre y que no puede esperar a mañana.
—No recibo a nadie sin cita, Ricardo —sentenció Helenina.
—Él dijo... —el mayordomo tragó saliva— dijo que se trata del "Protocolo de Sucesión de 2004".
La mano de Helenina, que sostenía la copa de vino, se tensó tanto que los nudillos se le pusieron blancos. Danilo notó la reacción. Era la primera vez en años que veía una grieta de verdadero temor en la máscara de su esposa.
—Hazlo pasar al gran salón —ordenó ella con voz ronca—. Danilo, la cena ha terminado.
***
Danilo no se retiró a sus aposentos. Se quedó en la penumbra del pasillo superior, observando cómo un hombre de unos setenta años, vestido con un traje de lino impecable y apoyado en un bastón con empuñadura de plata, entraba en el salón.
Era el Dr. Arnaldo Silveira. Danilo lo reconoció de inmediato: fue el abogado personal de Octávio Hawser y el arquitecto legal de la fusión que creó el imperio Hawser. Se rumoreaba que se había exiliado en Suiza tras la muerte de Octávio por "diferencias éticas" con Helenina.
—¿Qué haces aquí, Arnaldo? —la voz de Helenina resonó en el salón—. Te pagué lo suficiente para que desaparecieras.
—El dinero de tu padre compra silencio, Helenina, pero no detiene el tiempo —respondió el anciano con una voz profunda—. He estado siguiendo las noticias. La auditoría, los rumores de expansión... y he visto que todavía no hay noticias de un heredero legítimo.
—Eso no es de tu incumbencia.
—Lo es, porque yo redacté el codicilo oculto del testamento de tu padre —Arnaldo dio un paso adelante, haciendo que el sonido de su bastón retumbara en el mármol—. Octávio no era un tonto. Sabía que tú podrías intentar gobernar sola para siempre. Por eso estipuló que, si para tu cuadragésimo segundo cumpleaños no hay un heredero Hawser de sangre directa reconocido legalmente, el 51% de las acciones pasará a la Fundación Benéfica de la Iglesia, y tú perderás el control de la constructora.
Danilo, desde las sombras, contuvo el aliento. Helenina iba a cumplir cuarenta y dos años en apenas tres meses. Esa era la razón de su desesperación, de su insistencia por un hijo durante la cena.
Arnaldo se giró, como si supiera que Danilo estaba escuchando, y miró hacia la escalera.
—No busques en Paraty lo que está en el corazón del norte, Helenina —dijo el abogado, lanzando una bomba final—. Pero ten cuidado. Porque si el niño de esa mujer nace y es reconocido por Danilo antes de que tú logres tu propio heredero, el imperio de tu padre ya no te pertenecerá a ti... sino a ese bastardo.
Arnaldo Silveira se dio la vuelta y salió de la mansión sin decir una palabra más, dejando tras de sí un silencio de muerte.
Helenina se quedó inmóvil en el centro del salón. De repente, soltó una carcajada histérica que se convirtió en un grito de furia. Agarró un jarrón de la dinastía Ming y lo estrelló contra el suelo.
Danilo retrocedió hacia su habitación. Ahora lo entendía todo. Davina no era solo una amante que Helenina quería eliminar por celos. El bebé que Davina llevaba en su vientre era la llave legal para arrebatarle a Helenina todo lo que amaba: su poder.
La guerra ya no era solo por amor o traición. Era una carrera contra el reloj por el trono de los Hawser...