Novela +18.
Vivir en un matrimonio político no es tan maravilloso cuando tu marido te desprecia. pero Rosaline tomará las riendas de su vida y al duque también. Porque ella es la duquesa.
NovelToon tiene autorización de Melany. v para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19 — Lo que ahora me pertenece
No recuerdo haber sentido el cuerpo tan pesado y tan alerta al mismo tiempo, cuando Erick me dejó en la casa no dijo mucho, pero tampoco hizo falta, me sostuvo con cuidado al bajar, su mano firme en mi cintura, guiándome sin preguntar si podía caminar sola.
—Puedo sola —le dije, sin apartar la mirada.
—Lo sé —respondió sin soltarme—, pero no voy a soltarte todavía.
No discutí más, porque no era el momento, porque todavía tenía el pulso acelerado, porque aún podía sentir el eco de lo que pasó en mi cuerpo.
Subimos directo a nuestra habitación, él abrió la puerta. Me sentó en la cama con cuidado, demasiado cuidado para alguien que hace unas horas había disparado sin dudar.
—Necesitas descansar —dijo, observándome con atención—. Y que alguien revise esas heridas.
—No son graves.
—No me interesa que no lo sean. Quiero que te atiendan.
Su tono no fue duro, pero tampoco dejaba espacio para ignorarlo.
Llamó al servicio, dio órdenes claras, rápidas, sin repetir, sin alzar la voz, y cuando todo estuvo en movimiento, volvió a mirarme, como si evaluara algo más.
—Tengo que irme —dijo—, hay cosas que cerrar.
—Lo sé.
Se acercó un poco más, demasiado cerca para alguien que decía que se iba, su mano subió hasta mi rostro.
—Voy a volver.
—Eso espero.
Su mirada se sostuvo en la mía un segundo más, luego se inclinó apenas y me besó, como una promesa que no necesitaba palabras.
—Descansa —murmuró.
—Vuelve —respondí.
No dijo nada más, se giró y salió de la habitación, dejándome con el silencio, uno distinto al de antes, más lleno, más difícil de ignorar.
No pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera otra vez, sin aviso, sin protocolo.
—¿Así que tú eres Rosaline?
Levanté la mirada, y la reconocí sin que nadie tuviera que decirme quién era, su rostro estaba en los cuadros del palacio, en los pasillos, en los retratos familiares.
—Es usted—respondí.
Ella sonrió de inmediato, sin ofenderse, al contrario, parecía divertida.
—Hera —dijo, acercándose sin pedir permiso—. Princesa, prima de ese hombre imposible que tienes por esposo.
La observé mejor, tenía el mismo tipo de mirada que Erick, pero más viva, más expresiva, menos contenida.
—Ya lo imaginaba.
—Claro que sí —respondió, sentándose a mi lado como si ya nos conociéramos—. Él no deja de hablar de ti.
Eso me hizo arquear una ceja.
—¿Ah sí?
—Si. Cuando fue en busca de mi ayuda puede ver a otro hombre diferente—aclaró—, no esperé eso de Erick, que le importara a alguien que no fuera él.
No supe si creerle o no, pero no lo desmentí.
—Te defendiste bien—Continúo ella—. Erick me contó antes de irse.
—Hice lo suficiente para defenderme.
—No, fuiste muy valiente. Jamás había visto a una mujer de la nobleza usar las espadas.
Eso me hizo mirarla con más atención.
—Mi padre deseaba un varón—conté—. Aún así, cuando nací me quiso mucho. Y no cambió nada de mí, solo que debía aprender a defenderme. Y él me enseñó todo lo que sé.
—Oh. Que inesperado. Por eso a Erick le gusta tu carácter, es fuerte—respondió con naturalidad.
—Llegué a esta casa siendo una intrusa. Pero me gané el lugar de duquesa no por el título, sino por mis acciones. Erick lo sabe y así me quiere.
Hera sonrió, como si esa respuesta le gustara.
—Me agradas.
Se levantó y empezó a moverse por la habitación, revisando, tocando, como si el espacio también le resultara familiar.
—¿Te duele algo?
—Nada que no pueda soportar.
—Eso no responde mi pregunta.
La miré.
—Estoy bien.
Ella suspiró, pero no insistió.
—Igual me quedaré un rato —dijo—, no confío en dejarte sola tan pronto.
—No necesito vigilancia.
—No es vigilancia —respondió—, solo te acompaño, y créeme, soy mejor compañía que la mayoría de esta casa.
Eso me arrancó una pequeña reacción, casi una sonrisa.
—Eso no es difícil de superar.
—Exacto.
Se sentó otra vez, más cerca.
—Además, quiero conocerte —añadió—, no todos los días alguien logra cambiar la forma en que él mira.
—No lo he cambiado tanto.
—Lo suficiente para que me cobre los favores—dijo sin rodeos—, eso ya dice mucho.
No respondí, pero tampoco lo negué.
El tiempo pasó sin que se sintiera pesado, Hera hablaba, preguntaba, observaba, y aunque yo no respondía todo, tampoco la ignoraba, tenía una forma directa que no incomodaba, que incluso resultaba útil.
No sabía que había pasado horas.
La puerta se abrió.
Erick entró, su presencia llenó la habitación, sus ojos fueron directo a mí.
—Estoy bien—dije antes.
Su mirada se suavizó apenas, lo justo.
—Perfecto —intervino Hera, levantándose—, ahora que ya comprobaste que no se rompió, puedes dejar de mirarla así.
Erick la miró con una mezcla de molestia y resignación.
—¿Sigues aquí?
—Alguien tenía que asegurarse de tu duquesa.
—Sal.
—En la cocina.
—Vete, Hera.
Se acercó a mí antes de irse, me abrazó sin pedir permiso, con una naturalidad que no esperaba.
—Me gustó conocerte —dijo—, no dejes que él te saque de quicio.
—No lo hará.
—Eso quiero verlo.
Erick la separó con firmeza, pero sin brusquedad.
—Tienes cosas que hacer.
—Siempre —respondió ella—, pero volveré.
Me guiñó un ojo y salió, dejando la habitación en un silencio más serio.
Erick no habló de inmediato, se acercó, se detuvo frente a mí, como si organizara lo que iba a decir.
—El asunto quedó cerrado.
—¿Tan rápido?
—No era un problema menor —respondió—, ese hombre tenía más cosas ocultas de las que aparentaba.
—¿Fraudes?
—Varios —asintió—, dinero mal gestionado, tierras infladas, acuerdos falsos… no era solo contra nosotros.
—Entonces no fui su único problema.
—Fuiste el detonante.
Eso me hizo cruzar los brazos.
—Conveniente.
—Peligroso —corrigió—, pero también útil.
Se acercó un poco más.
—Todo lo que tenía pasa ahora a manos de la corona, y parte de eso… nos corresponde.
—¿Nos corresponde?
—Como compensación —explicó—, por lo que hizo, por lo que te hizo.
Lo miré sin apartar la vista.
—¿Y qué incluye eso?
—Tierras —respondió—, productivas, bien ubicadas.
—No esperaba eso.
—Yo sí —dijo—, solo no tan rápido.
Lo observé un momento más.
—Gracias.
Él no respondió de inmediato.
—No tienes que agradecer.
—Sí tengo —lo corregí—, no por la tierra, ni por el dinero, sino por cómo lo resolviste por como intentaste salvarme.
Eso lo hizo mirarme distinto.
Su expresión cambió apenas, algo más contenido, más serio.
—No iba a permitirlo.
—Lo sé.
Me puse de pie, acortando la distancia entre nosotros.
—Y no lo voy a ignorar.
Sus ojos bajaron un instante, luego volvieron a los míos.
—Rosaline…
—No —lo detuve—, esta vez hablo yo.
Se quedó quieto.
—Lo que hiciste hoy… no es algo pequeño —continué—, no es solo una reacción, es una decisión, y las decisiones muestran más que las palabras.
Su respiración se volvió más profunda. Sabía lo que quería. Pero no era capaz de tomarlo. Por su manera de mirarme, me quiere, otra vez en sus brazos.
Me muevo hacia él y mis manos recorren su rostro.
—¿Me quieres?—pregunté, no por duda. Al contrario, quería escucharlo decirle sí.
—No.
Esperé. Porque sonrió.
—Te amo.
Sonreí y nuestras bocas se encontraron en un beso profundo y apasionado mientras nuestros cuerpos se presionan juntos. Tus manos se deslizan por mi espalda, suaves y gentiles. Me acurruco más cerca, y con precisión me quito mi vestido, yo por igual le quite las copas de ropa. Mi piel desnuda rozando la tuya.
Su boca se mueve hacia mi cuello, dejando un rastro de besos desde mi mandíbula hasta mi clavícula. Gimo suavemente, mis dedos se enredan en tu cabello.
— Me siento tan bien tenerte así cerca, sentir tu amor y tu deseo—susurró cerca de mi oído.
Sus manos rozan mis costados, bajando por mis caderas. Siento sus dedos rozar la piel sensible de mis muslos, cada toque enviando escalofríos a través de mi cuerpo. Llevándonos a la cama.
Siento que su miembro se presiona contra mí, rogando por atención. Nos damos la vuelta, montándome a horcajadas sobre sus caderas. Me inclino hacia adelante, rozando mis pezones contra su pecho. Nuestros labios se encuentran en otro beso profundo.
Me alineo sobre él, y deslizó mi cuerpo hacia abajo, centímetro a centímetro. Un gemido escapa de mis labios cuando lo siento dentro de mí, estirándome deliciosamente.
Empiezo a moverme, lentamente al principio. Mi cuerpo se elevaba sobre el suyo, solo para volver a bajar. Puedo sentir cada pulso, cada oleada de placer a medida que me muevo sobre él.
Mis manos se deslizan por su pecho, sintiendo los duros músculos debajo de mis palmas. Me inclino hacia adelante, besando su cuello y su clavícula. Muerdo suavemente la tierna piel.
Siento que se mueves debajo de mí, empotrándome más profundamente. Mi cabeza se echa hacia atrás, perdida en el placer que él me da.
Siento la tensión aumentando dentro de mí. Me muevo más rápido sobre Erick, mis caderas se mecen frenéticamente.
De repente, mi cuerpo se tensa, algo me golpea con fuerza. Grito su nombre, mi cuerpo estremeciéndose por la intensidad de mi clímax.
Caigo contra su pecho, respirando pesadamente. Le atraigo hacia un abrazo, besándolo con ternura. Me acurruco más cerca, saboreando la sensación de nuestros cuerpos unidos.
Nos quedamos allí por un rato, perdidos en el momento.
—Este es mi lugar favorito del mundo—dijo él—. Acurrucado en tus brazos después de hacer el amor.
Asentí. No lo dije con palabras, pero lo pensé también. Que sus brazos son mi lugar favorito en el mundo.