“Dicen los viejos textos…
que al principio… solo había un mundo.
Un mundo… donde humanos y demonios caminaban bajo el mismo cielo.
No como enemigos… sino como hermanos.
Los humanos moldeaban la tierra con sus manos…
y los demonios le daban vida con su aliento.
Era la Era del Equilibrio.
Durante siglos, no hubo guerra. Humanos y demonios compartían la tierra, hasta que la traición surgió.
Un rey humano, cegado por el miedo, traicionó a los demonios. Y esa traición, como una grieta, abrió paso a la guerra.
Los demonios, impulsados por la furia, comenzaron a ganar. Los humanos, viendo su mundo desmoronarse, estaban al borde de la derrota.
Fue entonces cuando Kaeli, viendo la destrucción, tomó una decisión. Vio que si no actuaba, ambos serían aniquilados. Y fue ella quien, con un acto de sacrificio, dividió los mundos. Separó a los humanos y a los demonios, cerrando el portal entre ambos.
Desde entonces, los humanos habitan su propio mundo, separados de los demonios.Y el portal, oculto
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El ave que todo ve
*Capítulo 12: El ave que todo lo ve*
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El sótano del dojo olía a madera vieja, sudor y hierro.
No bajaron por la entrada principal. Saya abrió una puerta oculta detrás del altar de armas, jaló una cadena, y el piso de tatami se abrió con un crujido.
Abajo, velas. Muchas. Y armas colgadas en las paredes. Más de las que Kasumi había visto arriba.
Goru ya estaba ahí.
El padre de Saya. Grande como una montaña, brazos como troncos, barba g Pulía una naginata sentado en el suelo. No levantó la vista cuando entraron todos.
Pero la levantó cuando el silencio se hizo muy pesado.
Sus ojos, iguales a los de Saya, grises y filosos, pasaron por cada uno. Se detuvieron en Kasumi. En el listón rojo de su muñeca.
Luego en la flecha que Kaiki todavía traía en la mano. Limpia.
“Hablen”, dijo Goru. Su voz era piedra cayendo.
Saya fue directa. “Había un espía. En el Campo. Kaiki lo hirió. Escapó.”
“¿Rei?”, preguntó Goru.
“No”, dijo Kaiki. Dio un paso al frente. “No olía a él. Olía a… viejo. A tumba cerrada. A magia rancia.”
Goru dejó la naginata a un lado. Lentamente. Se puso de pie. Y el sótano se sintió más chico.
Jaruto abrió la boca. “Era como un cuervo, pero-”
“Cállate”, dijo Goru. No gritó. No hacía falta. Jaruto se calló.
Goru caminó hasta Kaiki. Le quitó la flecha de la mano. La olió. La lamió. Sí. La lamió.
Escupió a un lado.
Y su cara se puso peor. Molesta. No. Furiosa. Pero contenida.
“Cuyo”, dijo.
El nombre cayó en el sótano como plomo.
Suki dejó de sonreír. Ken dejó de escribir. Himari, en forma de niña otra vez, se abrazó sola.
Hanna fue la única que habló. “¿Estás seguro?”
Goru tiró la flecha al suelo. “No sangra. No deja pluma. Chilla como demonio cuando le das. Huele a tumba. Solo hay una cosa así.”
Miró a Saya. “Usaste el Ojo de Halcón fuerte, ¿verdad? Para tirar a once.”
Saya no bajó la mirada. “Sí.”
“Entonces la llamaste”, dijo Goru. “Cuyo no viene por cualquier cosa. Viene por gritos mentales. Por poder psíquico bruto. Se alimenta de eso. Y luego se va a cantarle a su ama todo lo que vio.”
Se giró hacia Kasumi. La señaló con un dedo grueso como salchicha.
“Ahora ella sabe que estás viva. Que estás con mi hija. Que los Doce te protegen. Sabe cómo pelean. Sabe que tú”, apuntó a Saya, “estás oxidada pero no muerta.”
Kasumi tragó saliva. “¿Ella… quién?”
Goru la miró como si fuera tonta. Luego suspiró.
“Lili”, dijo. “Del Clan de la Noche Sin Luna.” Escupió el nombre. “Uno de los clanes peligrosos que quedan. No porque tengan ejércitos. Porque tienen ojos en todas partes. Y oídos.”
Se agachó y recogió la flecha otra vez. La partió en dos con las manos. Como si fuera un palillo.
“Lili creó a Cuyo”, dijo. “No es un ave. No es animal. Es su arma. Su familiar. Hecha con huesos de muerto y obsesión. Ve lo que Lili quiere ver. Escucha lo que Lili quiere oír. Y vuela más rápido que cualquier cosa para llevarle el chisme.”
Ken ajustó sus lentes. “Si Lili tiene esa información… puede venderla. A Rei. O usarla ella.”
“O venir ella misma”, dijo Hanna. Su voz era hielo. “Si cree que Kasumi vale algo.”
Goru asintió. “Vale. Si Rei la quiere muerta, Lili la va a querer viva. Para negociar. Para usarla. Para poder abrir el portal.”
El sótano se quedó en silencio otra vez.
Kasumi sintió que el listón rojo le quemaba más. Miró a Saya.
Saya tenía la mandíbula apretada. Los nudillos blancos en la empuñadura de la espada.
“¿Qué hacemos?”, preguntó Suki. Ya no sonaba divertida. Para nada.
Goru miró a todos. Luego a su hija.
“Ya no entrenamos”, dijo. “Ahora preparamos. En dos frentes.” Miró a Kaiki. “Tú. No duermes. Si Cuyo vuelve, la matas. Aunque tengas que gastar todas tus flechas.”
Kaiki asintió. “Hecha.”
Goru señaló a los gemelos. “Kenta. Rento. Salen. Ya. Quiero saber dónde está Lili. Dónde duerme. Dónde caga. Todo.”
“Entendido”, dijeron los dos al mismo tiempo.
“Himari, Jaruto, Suki. Conmigo. Vamos a reforzar el dojo. Barricadas. Trampas. Lo de siempre, pero peor.”
“Y yo”, dijo Saya.
Goru la interrumpió. “Tú te quedas con la humana. No la dejas sola. Ni para mear. ¿Entendido?”
Saya apretó los dientes. Pero asintió. “Entendido.”
Goru se giró hacia Kasumi. Se agachó para quedar a su altura. Y por primera vez, no se veía enojado. Se veía cansado. Viejo.
“Niña”, dijo. “Lamento que te metieras en esto. Pero ya estás. Y ahora Lili sabe tu cara. Tu nombre. Tu miedo.” Le tocó el listón rojo con un dedo. Suave. “Así que vas a tener que aprender a no tener miedo. Rápido.”
Se levantó.
“Todos. Muévanse. Lili ya sabe que estamos aquí. Es cuestión de tiempo para que venga ella… o para que le venda el dato a alguien peor.”
Los Doce se dispersaron. Como hormigas cuando pateas el hormiguero. Rápido. Serios.
Kasumi se quedó ahí, con Saya a un lado y Hanna al otro.
Lejos del dojo. Muy lejos.
En un lugar donde la luna nunca entraba.
Paredes de piedra negra. Húmedas. Hilos de agua cayendo como venas. Antorchas azules, no naranjas. Frías.
Lili estaba sentada en un trono de huesos. No de animales. De gente.
Llevaba un vestido negro, roto, que parecía hecho de sombra líquida. Pelo blanco como Kaiki, pero largo hasta el suelo. Ojos violetas, sin pupila. Solo color.
Su guardia estaba ahí. Seis figuras con máscaras de pájaro. Silenciosas. Sin respirar.
Y entonces entró Cuyo.
Volando mal. Cojeando en el aire. Un ala arrastrando. Un chillido bajito, de dolor.
Aterrizó en el suelo de piedra. Se hizo bolita.
Lili no se levantó rápido. No. Se levantó lento. Como si cada movimiento fuera un insulto.
Caminó descalza. El suelo estaba frío. No le importó.
Se agachó frente a Cuyo.
“Shhh”, dijo. Su voz era miel podrida. Dulce y mal.
Lo alzó con las dos manos. Pesaba nada. Olía a tumba, como dijo Goru.
Cuyo tembló. Hundió la cabeza, que no era de pájaro ni de rata, era algo entre las dos, en las manos de Lili.
Y le mostró.
No habló. Cuyo no hablaba.
Proyectó. Directo a la cabeza de Lili. Imágenes. Sonidos. Olores.
El Campo. La arena. Saya con dos espadas. Los Doce tirados. Kaiki con el arco. La flecha. El dolor.
Y Kasumi.
Temblando. Con la navaja de Aiko. Con el listón rojo. Con ojos de humana asustada.
Lili vio todo. No parpadeó. Sus ojos violetas brillaron más.
Cuando Cuyo terminó, se quedó quieto en sus manos. Exhausto.
Lili lo acercó a su cara. Le dio un beso en la cabeza rota.
Y se rió.
Bajito primero. Luego más fuerte. Una risa que hizo que las antorchas azules parpadearan. Que hizo que su guardia diera un paso atrás sin querer.
“Interesante”, dijo Lili. Lamió los labios. “Muy interesante.”
Acarició a Cuyo. La pluma-pelo negro se le pegaba a los dedos.
“Una humana”, dijo. “En el Campo. Con los Doce. Con _ella_.”
Miró a su guardia. Ninguno se movió.
“Goru”, dijo Lili. El nombre le supo a hierro viejo en la boca. “Mi querido Goru. Protegiendo humanas ahora. ¿Desde cuándo?”
Cerró los ojos. Recordó.
Dos niños. En un dojo distinto. Él grande, ella flaca. Entrenando. Riéndose. Compartiendo arroz. Antes de que él le rompiera tres costillas por “una diferencia de opinión”. Antes de que ella le jurara que le iba a sacar los ojos y dárselos a Cuyo de comer.
Eso fue hace veinte años.
Abrió los ojos.
“Preparen el cuervo más rápido”, le dijo a su guardia. “Mensaje para Kuroi Rei. Decirle que tengo algo que le interesa. Que ponga precio.”
Uno de los enmascarados asintió y se fue corriendo.
“No”, dijo Lili. Más fuerte. “Esperen.”
El guardia se frenó.
Lili miró a Cuyo otra vez. Luego al techo negro.
“No”, repitió. Sonrió. Y esa sonrisa no tenía nada bonito. “¿Para qué mandar pájaro… si puedo ir yo?”
Se levantó con Cuyo en brazos.
“Capitana”, dijo uno de los guardias. Su voz sonaba a hombre muerto. “Es peligroso. Goru está-”
“Goru está viejo”, lo cortó Lili. “Y yo estoy aburrida.”
Dejó a Cuyo en el trono de huesos. “Tú descansa, mi amor. Te ganaste una rata gorda.”
Se giró hacia su guardia.
“Nadie me sigue”, dijo. “Nadie. Si Kuroi Rei pregunta, díganle que fui a cobrar una deuda vieja. Si Goru me mata, quémenme con honores.”
Se quitó el vestido de sombra. Quedó con ropa de pelea. Negra. Ajustada. Dos dagas curvas en la espalda.
Caminó hacia la salida de la guarida.
“Si vuelvo”, dijo sin voltear, “voy a traer a la humana. Viva. Quiero ver por qué Goru, el puto moralista, la protege.”
Y se fue. Sola. En la noche.
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*El dojo. Amanecer.*
Goru estaba clavando estacas en el suelo del patio. Barricadas.
Sintió el frío antes de verla.
No era el frío de Rei. Era distinto. Era el frío de tumba abierta.
Levantó la cabeza.
Lili estaba parada en la puerta del dojo. Sola. Con las manos vacías. Con sonrisa de navaja.
El sol salía detrás de ella. No la tocaba. La sombra de Lili era más larga que la mañana.
Goru no desenfundó. Todavía.
Lili ladeó la cabeza. Como hacía de niña cuando quería algo.
“Sé que tienes una humana protegiéndolo, Garu”, dijo. Mal el nombre. A propósito. Como antes.
Su voz llegó clara. Sin gritar.
Goru la miró. Piedra contra piedra.
No dijo nada.
Solo la vio.
Y el aire entre los dos se puso tan espeso que ni las moscas volaban.