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Los Que No Huelen

Los Que No Huelen

Status: Terminada
Genre:Omegaverse / Mundo de fantasía / Héroes / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

historia de Alfas, omegas y betas

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15 — Ciudad del Este

El camión tardó seis horas. Paró dos veces: una para cargar más cajones en Coronel Oviedo, otra porque al chofer se le calentó el motor y tuvimos que esperar bajo un árbol al costado de la ruta 2. Nadie habló con nosotros. Nadie preguntó. Paraguay a esa altura era tierra roja, sol que partía la cabeza y puestos de tereré cada diez kilómetros.

Elián se durmió con la cabeza en mi hombro y se despertó recién cuando entramos a Ciudad del Este. El supresor clase B ya no le hacía nada. Olía de nuevo a limón y chapa, más suave que antes pero constante. Valenti lo notó antes que yo: se le tensó la mandíbula cada vez que el camión frenaba y la gente se acercaba a mirar la carga.

—Aguantá —le dijo en voz baja cuando bajamos en el mercado.

—Aguanto —contestó Elián, pero tenía los ojos brillosos y la remera pegada.

La avenida San Blas era un quilombo de motos, gritos en portuñol y carteles de “celular liberado”, “oro compro”, “dólar cambio”. La ferretería del Turco estaba entre una casa de cambio y un local de pelucas. Adentro olía a metal y a aceite.

El Turco era beta, cincuenta y pico, brazalete gris viejo pero puesto. Nos miró a los tres y no dijo hola.

—¿Camila?

—Camila —contestó Valenti.

El Turco asintió y nos hizo pasar atrás, a un depósito chico con una mesa, cuatro sillas y una heladera que hacía ruido.

—Llegaron tarde —dijo—. Hace una semana levantaron a dos de los nuestros en Foz. Brasileños con placa argentina. Están buscando a alguien. Omega, alto, pelo negro, cicatrices en el cuello. —Miró a Elián—. Y a un Pretoriano que desertó.

Valenti no se inmutó.

—¿Qué tienen?

El Turco abrió la heladera. Adentro no había comida. Había un sobre de papel madera.

—Copias. De lo que sacaron del Centro antes de que lo prendieran fuego en el 2044. No es todo. Pero alcanza para entender que el Proyecto Silencio no era para callar omegas. Era para callar betas que olían.

Tiró el sobre en la mesa. Yo lo abrí. Fotos, hojas mecanografiadas, una lista de nombres subrayados en rojo. El mío. El de Lemos. El de otros que no conocía. Y abajo, en letra chica: Protocolo de Reasignación: Si reacción > 2.8 mm, eliminar registro, asignar puesto sin contacto. No informar al sujeto.

—Nos borraron antes de que supiéramos que existíamos —dije.

—Y lo siguen haciendo —dijo el Turco—. Pero ahora hay grieta. En Brasilia hay un grupo que publica esto. En Buenos Aires hay omegas que dejaron de tomar supresores en público. No es revolución. Es desobediencia. Beta.

Elián se sentó porque las piernas no le daban.

—Necesito algo —dijo—. No aguanto hasta la noche.

El Turco lo miró largo.

—No tengo clase B. Tengo clase A. Te tira al piso ocho horas, pero te deja seco después. ¿Querés?

Elián miró a Valenti. Después a mí.

—Sí —dijo.

Se la tomó con agua. A los diez minutos se le cerraban los ojos. Valenti lo levantó sin pedir permiso y lo acostó en un colchón atrás del depósito.

—Descansa —le dijo—. Yo me quedo acá.

Yo me quedé en la mesa con el Turco.

—¿Vos también sos de la lista? —pregunté.

Sacó su brazalete. Adentro, grabado a mano: 0781-B.

—Me hice el boludo veintidós años —dijo—. Hasta que vi a una piba beta en el Censo llorar porque le tocó casarse con un alfa que la triplicaba en edad. La piba no lloraba por miedo. Lloraba porque lo olía y le daba asco. Y el lector dijo “compatible”. Ahí entendí que el lector miente.

Valenti volvió. Se sentó.

—¿Qué quieren que hagamos? —preguntó.

—Nada —dijo el Turco—. O todo. Hay un contacto en Foz que pasa gente a Brasil. De ahí hay ruta a São Paulo. Ahí publican. Si quieren pelear con papel, es ahí. Si quieren pelear con fierro, no es conmigo.

—Papel —dije yo antes de pensarlo. Beta. Papel.

Valenti me miró. Asintió.

—Papel —repitió.

Elián dormía atrás. Respiraba lento. Olía apenas, como si el cuerpo se acordara de cómo era antes de los parches.

Esa noche dormimos en el depósito. Los tres en el mismo colchón porque no había otro. Yo en el medio. No por elección. Por espacio.

A las tres me desperté porque Elián se había girado y me tenía el brazo encima, sin fuerza, como quien se agarra en un sueño. Valenti estaba despierto, mirando el techo.

—No duerme —susurró.

—No —contesté.

—¿Vos?

—Tampoco.

Se quedó callado un rato.

—Si llegamos a São Paulo y publican la lista —dijo—, se cae el Centro. Se cae la Ceremonia. Se cae todo.

—¿Y qué queda?

—No sé. Pero queda sin folleto.

Me dio la mano por debajo de la frazada. No la agarré de una. La miré. Después la agarré. Beta no toca. Esa noche sí.

No pasó más. No hacía falta.

A las cinco el Turco nos despertó.

—Camioneta a Foz sale en media hora. Después cruzan caminando por el Puente de la Amistad. Del otro lado los espera una mujer. Dice que se llama Lía.

Me quedé duro.

—¿Lía?

—Lía. Beta. Archivo Central, El Trébol. Dijo que si venía un 0427-B, le dijeran que guardó el libro.

Valenti y yo nos miramos.

Elián abrió los ojos, todavía grogui por el clase A.

—¿Quién es Lía? —preguntó.

—La que me enseñó a leer entre líneas —dije.

Nos subimos a la camioneta con olor a limón, hierro y tinta. Sin brazaletes. Sin folleto.

Foz estaba a cuarenta minutos. Brasil al otro lado del puente. Y por primera vez, no sabíamos si íbamos a llegar, pero sí sabíamos por qué íbamos.

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luma
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