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No Soy La Debilidad De Nadie.

No Soy La Debilidad De Nadie.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Aventura Urbana / Amor-odio
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Dentro de la Mafia Rusa, existen pactos, lealdades y acuerdos, es por eso que las hijas son monedas de cambios para el ascenso de los jefes de las familia, es un modo facil modo de obtener más poder..
La familia Lombardi resultado de la unión del hijo de un capo de la Cosa znostra Italiana con la unica hija del lugarteniente y mano derecha de la Mafia Rusa. Su decendencua fue su primogeniro Alexander y kas gemelas Laura y Lorena.
El hijo y futuro jefe de la mafia rusa elvfrio y cruel Dimitri Volkov, siente una pasión descontrolada por una de las gemelas, mientras es el mejor amigo de sus hermanos, es que Lorena es un espiritu libre que odia la vida de la mafia y sueña con escapar de eze mundo, no quiere ser como.su madre, una mujer triste que se refugia en frivolidades y alcohol para olvidar su triste vida.
Dimitri logra casarse con Lorena, pero ella no quiere ser su debilidad, ni la de nadie, es por eso que aprendio defenza personal, yvparticipa en peleas clandestinas

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El precio de la sangre

El precio de la sangre

Lorena Lombardi no lo pensó. Con un movimiento brusco se soltó del agarre de Dimitri, sintiendo cómo las uñas del ruso se le clavaban en la muñeca sin lograr retenerla. El caos era absoluto: cristales rotos, cuerpos arrastrándose, gritos en ruso e italiano que se mezclaban con el tableteo seco de los disparos. Buscó a su madre con la mirada desesperada, barriendo el salón entre piernas y columnas derribadas. Allí estaba Olga Smirnova, tirada junto a la fuente de champán, con un charco de vino tinto que no era vino. Lorena se arrastró por el suelo de mármol, sintiendo los cascotes de los candelabros incrustarse en sus rodillas desnudas. En su movimiento, sus dedos rozaron el cargador frío de un arma automática de 9 mm abandonada por un sicario muerto. La empuñó sin pensar, con la misma mecánica con la que Alexander le había enseñado tantas veces en el polígono secreto del sótano de su casa de campo. Ella disparo a dos de los sicario, disparos limpios y certeros, no para matar, si para desarmar y minimizer la amenasa, la princesa aun no esta lista para acabar con la vida de nadie.

Llegó hasta su madre y alzó la cabeza de Olga, depositándola sobre sus piernas. La herida en el costado de la mujer manaba sangre oscura, demasiado rápido. "Mamá, mamá, ábreme los ojos", susurró Lorena mientras las lágrimas borraban el rímel de sus pestañas. Con una mano presionaba la herida; con la otra, buscó a tientas el teléfono entre los pliegues de su vestido azul noche, ahora empapado de sangre y polvo. Marcó el número de emergencias con dedos temblorosos, y cuando la operadora contestó en ruso, Lorena gritó la dirección del salón y exigió una ambulancia con una autoridad que ni ella sabía que poseía.

A su alrededor, la batalla seguía rugiendo, pero ella solo veía el rostro pálido de su madre, la misma mujer que pasó años bebiendo en silencio mientras la mafia devoraba su juventud. Ahora el silencio se había roto, y Lorena maldijo en voz baja a todos los hombres que habían llevado a su familia a aquel infierno.

Dimitri la observaba desde detrás de una columna, con su pistola aún humeante. Vio cómo Lorena se arrastraba con un arma que no sabía manejar del todo pero que empuñaba como si llevara años haciéndolo. Sintió una punzada extraña en el pecho, algo que no era miedo ni admiración, sino una rabia posesiva porque ella se hubiera soltado de su agarre. Sin pensarlo dos veces, salió de su cobertura y empezó a avanzar hacia ella, disparando a quemarropa contra todo lo que se moviera con un cuervo bordado en la chaqueta. Casi sin cubrirse. Era un blanco fácil, pero su puntería y su fama de hombre al que las balas le tenían miedo lo protegían más que cualquier chaleco.

Lorena seguía allí, sentada en medio del salón, sosteniendo a su madre como una madonna laica, con la metralleta apoyada en el muslo sin usar. Un blanco perfecto para cualquier francotirador. Fue entonces cuando Alexander apareció como un demonio entre el humo, abatiendo a dos atacantes de un tiro en la cabeza cada uno. Sin mediar palabra, arrebató a su madre de los brazos de Lorena y la cargó contra su pecho. Su traje blanco se tiñó de rojo al instante. ¡Protege a mi hermana!, le gritó a Dimitri con una furia que helaría la sangre de cualquier hombre.

Y antes de que el ruso pudiera responder, Alexander ya corría hacia una salida de emergencia con Olga en brazos, buscando a los paramédicos que Lorena había llamado. Al otro lado del salón, Gean Carlo Lombardi, el padre, arrastraba a Laura hacia un vehículo blindado. Laura lloraba y pataleaba, pero su padre la sujetaba con un brazo mientras con el otro disparaba de forma instintiva. Su favorita, la que siempre brillaba en las fiestas, era la única a la que protegería con su vida. Lorena, la díscola, la que odiaba la mafia, quedaba al cuidado de un lobo.

Cuando los refuerzos de los Volkov llegaron, dos furgonetas negras con hombres armado hasta los dientes, el salón Zolotaya Kletka era ya un matadero. Aniquilaron a los agresores con una eficacia quirúrgica: los sicarios de San Petersburgo fueron acribillados sin piedad, y los pocos que intentaron huir recibieron un tiro en la nuca antes de llegar a la puerta de servicio. El resto escapó por los túneles de servicio, dejando tras de sí un reguero de casquillos y sangre ajena.

En el hospital privado de la familia Volkov, una instalación blanca como un mausoleo, Lorena y Laura esperaban abrazadas en una sala de espera de mármol frío. Sus vestidos de gala estaban irreconocibles, manchados de pólvora y de la sangre de su madre. Lloraban en silencio, pero de forma distinta: Laura con sollozos histéricos que exigían atención, Lorena con lágrimas silenciosas que se secaba con el dorso de la mano, sin querer hacer ruido.

En el quirófano, los cirujanos luchaban por salvar a Olga Smirnova de una hemorragia interna. Afuera, en el pasillo, Alexander y Dimitri fumaban hombro con hombro, apoyados en la pared blanca. Ambos esperaban noticias del parte médico para saber cuántas cuentas tendrían que ajustar. Sus miradas, sin embargo, no se apartaban de las gemelas a través del vidrio polarizado. Alexander vigilaba a Lorena con la angustia de quien ha jurado protegerla desde la infancia, mordiéndose el labio cada vez que ella se estremecía. Dimitri, en cambio, miraba a Lorena con una intensidad oscura, casi depredadora, pero también con una inquietud que no sabía interpretar.

Laura o0bservaba a Dimitri desde la sala, y por un instante, entre las lágrimas, sintió un odio frío hacia su gemela. Incluso en la tragedia, los ojos del ruso solo buscaban a Lorena. El destino de aquella familia, herida y dividida, pendía de un hilo tan fino como el que separaba la vida de la muerte de Olga Smirnova.

Lorena solo pedia a Dios por la vida de su madre, una hermosa pero triste, que se marchita día a día, conviviendo con un mafioso cruel, que no respeta la vida y que fue la elección de su padre, un mafioso ruso, que por poder,, logistica y labado de Dinero, no le temblo la mano y la uso de moneda de cambio.

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