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En Las Garras Del Villano

En Las Garras Del Villano

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: syv

Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.

Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.

Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.

Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.

Porque algunos personajes no quieren un final feliz.

Quieren existir.

NovelToon tiene autorización de syv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17 — “Diana”

La invitación llevaba tres semanas en la nevera, sujeta con un imán que Mara le había regalado hacía años: un trozo de resina con una frase estampada que decía:

LAS GRANDES ESCRITORAS NO LLEGAN TARDE.

LLEGAN CUANDO LES SALE DE LOS OVARIOS.

Valeria la miraba cada vez que abría la puerta.

Primero con la intención de tirarla.

Luego con resignación.

Finalmente con la certeza de que no iba a poder esquivarla.

Recordó la conversación con Marcos.

—Tienes que ir. Es importante. La gente necesita verte.

—La gente me ve en la solapa de los libros. Es suficiente.

—No seas antisocial. Una hora. Sonríes, das la mano, dices que el manuscrito va fenomenal y te vas.

—El manuscrito no va fenomenal.

—Eso no lo sabe nadie.

Por eso, el jueves por la noche, Valeria estaba frente al espejo de su dormitorio, luchando con un vestido negro que hacía dos años no le molestaba en la cadera y que ahora parecía haberse encogido por venganza personal.

—Tienes que ir —se dijo a sí misma mientras tiraba de la tela—. Una hora. Solo una hora.

La marca latió.

Suave.

Como un yo también estoy aquí.

El olor de Dorian llenaba el apartamento, mezclado con el perfume que se había puesto, ese que Mara decía que le sentaba bien y que ella solo usaba en ocasiones como esta.

Ozono y jazmín.

Tormenta y flores.

Una combinación absurda que, de algún modo, le parecía adecuada.

Terminó de vestirse.

Se miró al espejo.

No era la misma cara de siempre.

Era otra.

Más seria.

Más cansada.

Con una sombra nueva en los ojos que no sabía explicar.

—¿Vas a venir? —preguntó al aire.

Nadie respondió.

Pero el olor se intensificó un segundo.

Solo un segundo.

Como un quizás.

Salió.

El evento era en una galería del centro, de esas que alquilaban para presentaciones de libros y luego servían vino malo en copas de plástico con forma de cristal.

Valeria llegó cuando ya había bastante gente.

Para no ser la primera.

Ni la última.

Para diluirse entre los cuerpos y las conversaciones.

El ruido la golpeó al entrar.

Gente hablando a la vez.

Risas que sonaban ensayadas.

El tintineo de las copas.

Luces demasiado brillantes que lo revelaban todo sin gracia.

Cogió una copa de la primera bandeja que encontró.

Bebió un trago.

Vino malo.

Siempre.

—Valeria, querida, ¡por fin te dejas ver!

Una mujer que no recordaba —rubia, cincuenta años, collar de perlas— se le acercó con los brazos abiertos.

Valeria sonrió.

Aceptó el abrazo.

Dijo lo de siempre.

Que sí.

Que muy bien.

Que el libro avanzaba.

Que gracias por preguntar.

La mujer se fue.

Llegó otra.

Luego otra.

Sonrisas.

Apretones de mano.

Preguntas vacías con respuestas vacías.

La armadura.

Se la puso como otras veces. La de los eventos, las presentaciones, los días de firmas.

Una coraza de amabilidad profesional que le permitía sobrevivir a este tipo de cosas sin despeñarse por un barranco.

Había perdido la cuenta de las copas cuando lo vio.

Al otro lado de la sala.

Diana.

Su rival literaria.

La que había publicado tres novelas en el tiempo que ella llevaba bloqueada.

La que salía en las reseñas.

En las listas de más vendidos.

En las fotos de Instagram con pies de foto que decían “otra noche de trabajo” y parecía siempre recién maquillada.

Valeria apretó la copa.

Endureció la sonrisa.

Diana no la había visto.

Estaba hablando con un hombre de gafas, riendo por algo que él decía, tocándole el brazo con esa facilidad que tenía para moverse en estos ambientes.

Llevaba un vestido azul, sencillo, que le sentaba como si lo hubieran hecho para ella.

Claro, pensó Valeria.

Claro que hoy tenía que venir.

Bebió otro trago.

Vino malo.

Cada vez peor.

Siguió con su ronda.

Más gente.

Más nombres que olvidaría.

Más promesas de “tomamos un café y hablamos”.

En algún momento, mientras fingía interés por la anécdota de un editor sobre una feria en Guadalajara, sintió un hormigueo en la clavícula.

La marca.

Pulsó.

Una vez.

Fuerte.

Valeria se llevó la mano al cuello sin pensar.

El editor la miró extrañado.

—¿Todo bien?

—Sí, sí. Un poco de calor. La sala...

Sonrió.

El editor siguió con su anécdota.

La marca seguía caliente.

Pulsó otra vez.

Más suave.

Valeria miró a su alrededor.

Recorrió la sala con la mirada.

Gente.

Copas.

Las mismas caras de siempre.

Nada fuera de lo normal.

Estrés, pensó.

Nervios. El vino malo. Cualquier cosa.

Pero no se lo creyó del todo.

Pasaron veinte minutos.

O treinta.

Había dejado de contar.

Estaba apoyada contra una columna, fingiendo interés por el móvil, cuando una voz sonó a su lado.

—Valeria.

Levantó la vista.

Diana estaba ahí.

Copa en mano.

Mirándola directamente.

No sonreía.

Tampoco fruncía el ceño.

Tenía esa expresión neutral de quien va a decir algo y quiere que la escuchen sin distracciones.

Valeria se enderezó.

Preparó la armadura.

La sonrisa profesional.

El tono cordial.

—Hola, Diana. ¿Cómo estás?

—Bien.

Diana bebió un sorbo de vino.

—¿Puedo hablar contigo un momento?

—Claro.

Se hizo un silencio breve.

Diana parecía estar eligiendo las palabras con cuidado.

—Leí los fragmentos —dijo al fin—. Los del manuscrito nuevo. Los que circulan.

Valeria sintió un golpe frío en el estómago.

¿Fragmentos? ¿Circulan?

No había dado permiso para nada.

Pero entonces recordó.

Marcos.

Los adelantos.

Las conversaciones con la editorial.

Debían haber soltado algo sin avisarle.

—Ah...

Era lo único que le salía.

Diana asintió, como si esperara esa respuesta.

—Quería decirte algo.

Valeria se preparó.

El ataque.

La comparación.

El “qué interesante, aunque yo creo que mi próximo libro va a ser aún mejor”.

Lo de siempre.

—Es lo mejor que has escrito.

Silencio.

Diana la miró fijamente.

No había ironía en sus ojos.

No había competencia.

Solo una verdad dicha con la tranquilidad de quien no necesita adornos.

—Te lo digo en serio. Lo he leído tres veces. Hay una escena... no sé, la del segundo encuentro, cuando él la toca por primera vez... que me hizo dejar el libro y mirar la pared un rato. Porque era tan... no sé. Tan verdad.

Valeria apretó la copa.

La mano le temblaba ligeramente.

Notó que necesitaba apoyarse en algo, pero la columna estaba detrás, firme.

—No sé qué decir —susurró.

—No tienes que decir nada. Solo quería que lo supieras.

Diana sonrió.

No era una sonrisa falsa de esas que Valeria conocía bien.

Era otra cosa.

Más pequeña.

Más auténtica.

—Cuando salga —continuó—, voy a tener que esforzarme el doble. Y no es coña.

Se dio la vuelta.

Dio dos pasos.

Se detuvo.

—Y cuídate. Tienes mala cara.

Luego se perdió entre la gente.

Valeria se quedó quieta.

La copa en la mano.

El temblor que no se iba.

La boca abierta sin saber qué poner.

¿Qué... qué fue eso?

Buscó con la mirada a Diana.

Ya no la veía.

Solo gente.

Copas.

Conversaciones que seguían su curso como si nada hubiera pasado.

La marca pulsó.

Fuerte.

Como una confirmación.

Como un ¿ves?

Valeria se tocó la clavícula.

La piel quemaba.

—¿Qué quieres? —susurró, sin dirigirse a nadie.

Nadie respondió.

Pero algo en el aire había cambiado.

El resto del evento pasó en una nebulosa.

Valeria sonrió, asintió, dijo las palabras de siempre.

Pero su cabeza estaba en otro lado.

Procesando.

O intentando procesar.

Es lo mejor que has escrito.

Tres veces lo había leído Diana.

Tres veces.

Y había tenido que parar y mirar la pared.

La marca pulsó otra vez.

Más suave.

Como un latido tranquilo.

Necesitaba salir.

Necesitaba aire.

Se excusó con alguien —no recordaba con quién— y buscó un rincón apartado, cerca de la puerta de emergencia.

Apoyó la espalda en la pared.

Cerró los ojos un segundo.

Y entonces lo sintió.

Una mirada.

No era una sensación vaga.

Era física.

Como un peso en la nuca.

Como si alguien estuviera ahí, justo detrás, observando.

Abrió los ojos.

Giró la cabeza.

Nadie.

Solo la puerta de emergencia.

Solo el pasillo vacío.

Solo las luces fluorescentes zumbando.

La marca pulsó.

Larga.

Sostenida.

Como una caricia a distancia.

—Estás aquí —susurró—. Lo sé.

Nadie respondió.

Pero la calidez en su clavícula no mentía.

Se fue antes de que acabara.

Encontró a la organizadora, puso la excusa de siempre —“tengo que entregar algo mañana”— y salió a la calle.

El aire de la noche la golpeó fresco.

Limpio.

Sin el peso de las conversaciones vacías.

Caminó un trecho antes de parar un taxi.

Las luces de la ciudad pasaban a su lado sin tocarla.

Gente que reía.

Parejas que se besaban en las esquinas.

El ruido de siempre.

En el taxi apoyó la cabeza en el cristal.

Intentó ordenar sus pensamientos.

Diana.

Su elogio.

Ese momento de sinceridad que no esperaba.

Las pulsaciones.

Las dos veces que la marca había reaccionado.

La segunda, esa sensación de ser observada.

—Fue el estrés —murmuró—. Los nervios. El vino malo.

El taxista la miró por el espejo retrovisor.

No dijo nada.

Ella tampoco.

Llegó a casa.

Subió las escaleras porque el ascensor no funcionaba.

Otra vez.

Abrió la puerta.

El olor la recibió.

Denso.

Presente.

Como si la hubiera estado esperando.

Dejó las llaves.

Se quitó los zapatos.

Fue al ordenador casi sin pensar.

Como un acto reflejo.

Como si el cuerpo supiera lo que la mente aún no había decidido.

Lo encendió.

El manuscrito se abrió solo.

Y allí estaban.

Dos páginas nuevas.

No las había escrito ella.

Empezó a leer.

La voz era la de él.

Cortante.

Precisa.

Antigua.

Como si el tiempo no significara lo mismo para él.

Ella llegó tarde, como siempre.

Pero yo llevo siglos esperando. No me importa.

La sala estaba llena de gente que no la veía.

Que hablaban con ella sin verla.

Yo la vi.

Siempre la veo.

Valeria contuvo el aliento.

Siguió leyendo.

Cuando la otra mujer habló, ella dudó un segundo antes de sonreír.

Ese segundo lo vi.

Ese segundo fue mío.

Se tocó la marca cuando nadie miraba.

Creyó que nadie la vio.

Pero yo estaba ahí.

La marca pulsó.

Fuerte.

Caliente.

La marca pulsó dos veces.

La segunda fui yo.

Y ella lo sintió.

Valeria leyó la última línea una vez.

Dos veces.

Tres.

—Estuviste ahí —susurró—. Todo el tiempo. Estuviste ahí.

El olor se intensificó.

La envolvía.

La sostenía.

La marca pulsó de nuevo.

Y ella, en lugar de preguntar cómo, en lugar de buscar explicaciones, apoyó la cabeza en las manos y sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Cansada.

Pero real.

—¿Y ahora qué? —preguntó al aire.

Nadie respondió.

Pero en la pantalla, el cursor parpadeó una vez.

Como una respuesta.

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Maria Jose Cardozo
Me encanta, es tan atrapante, y con una historia que te atrapa y te deja esperando por más. Muchas felicidades a la autora por esta bella historia.
Andy
muy bueno
Andy
por favor 😭 autora quiero más nesesito más 🤭 🤣no me dejes en suspenso 👏muy buen trabajo ☺️
Lidy Martines
no te preocupes pero me agradaría leer tus novelas eres una terriblemente magnífica autora de villanos guaperrimos
Lidy Martines: me encanta
total 1 replies
Nata
literal así ando con esta novela
Nata
en fin si ella está perdida yo más, ya no le veo pata ni cabeza a esto
yoly: Hola, lo siento si te perdí un poco, es que no me gustaba lo que había escrito antes y estuve editando los capítulos, lamento confundirte 🥹
total 1 replies
Nata
esta novela está llena de mucho misterio realmente casi no entiendo nada
Nata
es el amigo con derechos o como? ando más perdida
Iris
cómo es pronto editorial 🤔
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