Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.
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Capítulo 9: La Heredera del Silencio
El despertador de la mansión Valmont sonó a las 6:00 AM, un martilleo rítmico que Marta sintió como si alguien estuviera golpeando clavos directamente en su sien. Se incorporó en la cama, con las sábanas de seda pegadas a su cuerpo por un sudor frío que olía, inexplicablemente, a gasolina.
Miró a su alrededor. La habitación estaba impecable, pero las telas negras que había usado para cubrir los espejos la noche anterior estaban en el suelo, desgarradas.
—Fue el viento —susurró para sí misma, aunque las ventanas estaban cerradas a cal y canto.
Se levantó y evitó mirar el gran espejo del tocador. Sabía que si lo hacía, vería a Elena sentada en el borde de la cama, cepillándose el cabello con esa parsimonia espectral. Sabía que vería a Niclaus de pie en la esquina, con su traje oscuro y sus ojos llenos de una paciencia infinita. Pero el silencio de la casa era más aterrador que cualquier aparición. Era un silencio denso, como si las paredes estuvieran conteniendo el aliento.
I. El Peso de la Corona
Marta llegó a las oficinas de la Fundación Valmont dos horas después. Llevaba unas gafas de sol oscuras para ocultar las ojeras y un traje sastre que gritaba poder. Sin embargo, al entrar en el vestíbulo, los empleados no la miraron con el respeto habitual, sino con una mezcla de lástima y miedo.
—Sra. Valmont, los auditores están en su oficina —dijo su nueva secretaria, una mujer joven que no se parecía en nada a la "Marta" que ella solía ser.
—Que esperen —respondió ella, entrando en su despacho y cerrando la puerta con llave.
Se sentó en su sillón de piel y abrió su ordenador. Necesitaba mover los fondos de las Islas Caimán antes de que el gobierno congelara todo. Sus dedos volaban sobre el teclado, pero al llegar a la casilla de la contraseña, se detuvo.
En la pantalla, el cursor parpadeaba. Pero no estaba vacío. Alguien había escrito una frase en el campo de texto: "EL PRECIO DE UN HERMANO NO SE PAGA EN DÓLARES".
Marta sintió un escalofrío. Borró la frase frenéticamente, pero cada vez que presionaba una tecla, aparecía una nueva letra roja: N-I-C-L-A-U-S.
—¡Basta! —gritó, golpeando el escritorio—. ¡Estás muerto! Te vi sangrar. Te vi arder.
—¿Segura, Marta? —La voz de Elena susurró justo detrás de su oreja, tan real que pudo sentir el roce de su aliento frío—. ¿Alguna vez viste el cuerpo de Niclaus después de que la cabaña colapsara? ¿O simplemente asumiste que el fuego hace el trabajo que tú no te atreviste a terminar?
Marta se giró, pero no había nadie. Solo la silla vacía frente a su escritorio, que empezó a girar lentamente, como si alguien acabara de levantarse de ella.
II. La Visita del Detective Aranda
A media mañana, una llamada interrumpió su paranoia. Un detective de la policía estatal, un hombre llamado Aranda, solicitaba una entrevista. Marta, recuperando su compostura de hierro, lo dejó pasar.
Aranda era un hombre de unos cincuenta años, con ojos cansados que parecían haber visto demasiadas mentiras. Se sentó frente a ella y puso un sobre sobre la mesa.
—Sra. Valmont, estamos revisando el caso del incendio en el orfanato clandestino de ayer. Es curioso, ¿no cree? Dos incendios en la vida de una misma familia con veinte años de diferencia.
—Soy una mujer con mala suerte, detective —respondió Marta, cruzando las piernas con elegancia—. Primero mis padres, luego mi hermano... y ahora mi pasado intenta alcanzarme.
—Eso es lo que me intriga —dijo Aranda, inclinándose hacia adelante—. Encontramos el cuerpo del hombre que llaman "El Maestro". Estaba en una silla de ruedas. Pero no encontramos rastros biológicos del hombre que usted dice que estaba allí, ese tal Nicholas Vane.
Marta sintió que el corazón le daba un vuelco. —¿Qué quiere decir?
—Quiere decir que, o su hermano es un fénix, o usted nos mintió sobre quién estaba en esa cabaña. Además... —Aranda sacó una fotografía—. Encontramos esto en los restos. No se quemó. Estaba dentro de una caja de plomo bajo el suelo.
La foto mostraba a tres niños. Niclaus, Elena y una tercera niña, cuyos ojos habían sido rascados con un cuchillo. En el reverso, una caligrafía infantil decía: "Marta es la que vigila. Marta es la que castiga".
—Parece que usted siempre fue la directora de esta orquesta, Sra. Valmont —concluyó Aranda, observándola con una fijeza incómoda.
III. El Salón de los Gritos Silenciosos
Cuando Aranda se fue, Marta se encerró en el baño de su oficina. Necesitaba vomitar, necesitaba sentir algo que no fuera el miedo que se le enroscaba en las tripas como una serpiente. Se inclinó sobre el lavabo y abrió el grifo. El agua salió roja.
No era sangre, se dijo a sí misma. Era el óxido de las tuberías viejas. Pero cuando se miró al espejo para limpiarse la boca, lo vio.
Niclaus estaba allí, reflejado detrás de ella. Tenía la mano puesta sobre el hombro de Marta. Y no era una alucinación. Marta sintió el peso real de su mano. Sintió la presión de sus dedos largos y fríos hundiéndose en su carne.
—Marta... —susurró el reflejo de Niclaus—. El Maestro decía que tú eras la más fuerte. Pero la fuerza sin amor es solo una jaula. Bienvenido a tu celda.
De repente, las luces de la oficina parpadearon y se apagaron. Marta intentó abrir la puerta, pero estaba bloqueada. El olor a humo empezó a filtrarse por las rejillas de ventilación. No era el humo de un incendio real; era el humo de su memoria, denso, negro, con olor a juguetes de plástico derretidos y a infancia robada.
En la oscuridad, escuchó el sonido de mil soldaditos de plomo marchando sobre el suelo de mármol. Clac, clac, clac.
—Yo nunca me fui —gritó la voz de Niclaus desde todos los rincones—. Y tú nunca vas a salir.
Marta cayó al suelo, cubriéndose los oídos, mientras las risas de Elena y Niclaus se entrelazaban en una armonía macabra. La heredera de la fortuna Valmont estaba rodeada de millones, pero en ese momento, habría dado cada centavo por volver a ser la niña que no sabía lo que era la traición.