VOLVER A AMAR - TEMPORADA II
Ella creció creyendo que el amor era resistencia, ceder un poco más, esperar que las cosas mejoren. Durante años sostuvo una relación que hacia afuera parecía perfecta, pero puertas adentro la hacía dudar de sí misma. Él era encantador con el mundo y tormentoso en privado. Y ella, paciente, probablemente demasiado paciente.
Hasta que una noche, en medio de una cena donde entendió que nadie iba a defenderla, ni siquiera ella misma, respiró hondo y tomó la decisión más difícil y necesaria de su vida: irse.
Se fue con una maleta, con miedo, con incertidumbre, pero también con una extraña sensación de alivio.
Lo que no sabía era que marcharse no era el final, sino el comienzo. Que después de una relación que la apagó, podía existir un amor distinto, uno más sano, más ligero, uno donde no tuviera que disminuirse para quedarse.
Porque a veces perder una historia es la única manera de encontrarse con la que realmente está destinada a vivirse.
NovelToon tiene autorización de RENE TELLO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 18
El lunes desperté con el celular vibrando en la mesa de noche. No era Leonardo, aunque lo primero que hice fue buscar su nombre en la pantalla. Era Jessica. Mi mejor amiga, la que siempre llegaba en el momento exacto, como si pudiera leer mi mente a kilómetros de distancia.
—¿Me cuentas o me voy a enterar por las redes?— fue lo primero que dijo apenas contesté.
Sonreí, todavía con la emoción latiendo en mi pecho. La cena, las flores, el anillo y Leonardo. Todo se sentía tan perfecto que por un segundo me olvidé de que el mundo fuera existía.
Jessica prometió venir en la tarde, porque una noticia así no se celebraba por teléfono. Y yo sabía que con ella llegaría también la voz de la razón, los preparativos, la boda, los enemigos que no iban a quedarse quietos mirando cómo yo construía una vida nueva.
Porque Octavio ya había aparecido en mis pensamientos antes de dormir. No como un recuerdo, sino como una amenaza real. Él no buscaba a Emiliano por amor, ni por justicia. Lo único que quería era la herencia de la madre del pequeño, y yo lo sabía. Ese hombre era capaz de cualquier cosa.
Suspiré y miré el techo. Leonardo estaría en su departamento, apenas un piso arriba del mío, seguramente trabajando ya en sus cosas. Me gustaba esa cercanía sin invadirnos. Dos puertas, un ascensor, y un mundo de promesas por delante.
Lo que no sabía todavía era cuánto estábamos a punto de poner a prueba ese compromiso.
Jessica llegó esa misma tarde, como una tormenta envuelta en perfume caro. Apenas abrí la puerta de mi departamento, me apretó contra su pecho y me levantó unos centímetros del suelo.
—¡Te comprometiste y ni siquiera me llamaste anoche!— me reclamó entre risas, aunque sus ojos brillaban de pura emoción.
Le mostré el anillo y ella soltó un chillido que seguramente escucharon hasta en el piso de Leonardo.
—Ay, Samantha, ¡es precioso! Y tú… tú estás radiante. No puedo creerlo, después de todo lo que pasaste con Octavio…— se interrumpió, como si no quisiera pronunciar su nombre demasiado fuerte.
Yo tragué saliva. Ese era el tema que inevitablemente iba a surgir.
—Sí, lo sé. Pero esto es distinto, Jessica. Con Leonardo es paz. Es futuro, él no me arrastró a su mundo, empezó a construir uno nuevo para nosotros— dije con una emoción que ni yo misma reconocí.
Ella me miró como solo una mejor amiga puede hacerlo, con ternura y con un poquito de ironía.
—Pues si es futuro, hay que empezar a construirlo ya. No me mires así, Samantha, sabes que los preparativos son un mundo aparte. ¿Has pensado dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo?— preguntó ella muy seria.
Me reí nerviosa. Yo apenas estaba asimilando que tenía un anillo en la mano, y ella ya me estaba organizando la vida.
—No, todavía no. Solo… quiero disfrutar este momento— dije con una sonrisa pequeña y el corazón latiendo fuerte.
Jessica se acomodó en el sofá, cruzó las piernas y me señaló con el dedo, muy seria.
—Disfruta, claro, pero no te confíes. Octavio no se va a quedar tranquilo. Ese hombre no sabe perder. Y si ya anda rondando por Emiliano y la herencia, puede que intente meterse también en esto— advirtió Jessica.
Su advertencia me heló la espalda. Yo lo había pensado en silencio, pero escucharlo de labios de mi amiga lo volvía demasiado real.
—No voy a dejar que me arruine otra vez— dije al fin, apretando el anillo como si fuera un talismán.
Jessica sonrió, aunque en sus ojos vi la misma preocupación que me quemaba por dentro.
—Entonces empezamos hoy mismo— dijo ella. —Si Octavio quiere guerra, que sepa que aquí no hay espacio para sus jugadas.
Jessica se acomodó en mi cocina como si viviera allí, abrió la nevera y sacó dos copas de vino sin pedirme permiso. Esa era ella: práctica, ruidosa, un huracán que barría con mis silencios.
—A ver— dijo Jessica, sirviendo con maestría, —cuéntamelo todo. ¿Cómo fue? ¿Qué cara pusiste? ¿Te temblaron las manos?
Me reí y asentí, con la copa en los dedos.
—Me temblaba todo, Jessica. Hasta la voz. Fue tan simple, tan inesperado y al mismo tiempo perfecto— comenté rebozando de alegría.
Ella bebió un sorbo, me observó con detenimiento y suspiró.
—Te mereces algo limpio, Samantha. Después de Octavio…— otra vez su nombre, esa palabra que todavía me pinchaba como espina. —Prométeme que no vas a mirar atrás.
—No pienso hacerlo— quise sonar firme, pero mi voz se quebró.
Jessica dejó la copa sobre la mesa y me tomó de las manos.
—Escúchame, si aparece, si intenta cualquier cosa, no lo enfrentas sola. ¿Me oyes? Ese tipo no se resigna fácil— aconsejó Jessica.
Asentí, tragándome el miedo.
El silencio se alargó un instante, roto solo por el eco del tráfico afuera. Luego, como si quisiera devolverme la calma, Jessica sonrió y agitó las manos con entusiasmo.
—¡Bueno! Dejemos a los fantasmas fuera. Ahora hablemos a lo que vine, de vestidos, flores, música porque te advierto que pienso ser la dama de honor más insoportable de la historia— expresó Jessica con una gran sonrisa.
Reímos juntas, y por un momento me sentí a salvo. Pero en el fondo, detrás de las risas, esa sensación de amenaza seguía latiendo, como una corriente subterránea imposible de ignorar.