Mi nombre es Katherine, soy maestra sustituta en la universidad de Ozark las cosas se me complican cuando mi vida se topa con un Estudiante de nombre Teo, ese chico es la rebeldía en persona y el Diablo salido del Infierno.
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capítulo 9
El eco del beso aún flotaba en la habitación cuando Katherine, recuperando un ápice de cordura, empujó a Teo con todas sus fuerzas. El aire se sentía eléctrico, pesado por la confesión silenciosa que acababa de ocurrir.
—Sal... —logró decir ella con la voz entrecortada.
Teo no se movió de inmediato. Se enderezó con una lentitud exasperante, atrapando el labio inferior de Katherine entre sus dientes y tirando de él en un último gesto de posesión antes de soltarla. Sus ojos morados brillaban con una satisfacción oscura.
—Mmm... —murmuró él, saboreándola una última vez.
—¡Ya sal de aquí! —insistió ella, señalando la puerta con una mano temblorosa.
Teo abandonó la habitación con una sonrisa triunfal dibujada en los labios. "Le gustó", pensó con absoluta certeza mientras caminaba por el pasillo en sombras. Por su parte, Katherine se hundió en las almohadas, cubriéndose el rostro con las manos. La vergüenza le quemaba la piel; no solo por la intrusión de Teo, sino por la forma en que su propio cuerpo había respondido a él.
El día siguiente: Un nuevo desafío
Al terminar las clases, la escena volvió a repetirse como un ritual perverso. Teo estaba sentado sobre el escritorio de la maestra, ocupando su espacio con una arrogancia que desafiaba cualquier norma académica. Katherine entró y, al verlo allí, soltó un suspiro cargado de agotamiento.
—¡Bájate de ahí! —ordenó, aunque su voz carecía de la convicción de antes.
—No me da la gana —respondió él, balanceando una pierna con total indiferencia.
Katherine se giró rápidamente para asegurarse de que el pasillo estuviera vacío. Al confirmar que estaban solos, cerró la puerta con un clic seco y caminó hacia él. Sus ojos azules centelleaban de frustración.
—Mira, Teo, ya basta de este juego. Por favor, solo obedece... ¿Qué te cuesta?
—No sé de qué habla... —se encogió él de hombros, manteniendo esa mirada fija que la desarmaba.
—¡Tsk! —Katherine perdió los estribos. Se acercó a él de un salto y, repitiendo el movimiento de días anteriores, lo sujetó con fuerza de la corbata, enredando la tela en su puño. Elevó una pierna, clavando la punta de su tacón en el borde del escritorio, justo entre las piernas del chico—. ¡Ya me hartaste, mocoso desobediente! ¡Te bajas de este escritorio ahora mismo! ¿Entendido?
Sin embargo, al jalonearlo con tanta vehemencia, la falda de Katherine se desplazó. Por un breve instante, los ojos de Teo se abrieron de par en par. La sorpresa congeló sus facciones al confirmar lo que sus instintos ya le habían sugerido.
—¿Así es como la profesora seduce a sus estudiantes? —preguntó Teo con una voz que era un susurro peligroso—. ¿No le da vergüenza esa conducta, maestra?
—¿Estás loco? —replicó ella, rodando los ojos—. ¿Ahora de qué hablas?
Teo bajó la vista deliberadamente hacia el espacio entre sus piernas, mordiéndose el labio inferior con un descaro absoluto.
—No lleva bragas.
Katherine sintió que la sangre se le escapaba del rostro para luego subir en una oleada de calor violento. Bajó la pierna de inmediato, soltando la corbata y dándole la espalda para cubrirse frenéticamente.
—E-eso... tiene una explicación...
Teo bajó del escritorio de un salto felino. Se posicionó justo detrás de ella, tan cerca que Katherine podía sentir el calor de su aliento en la nuca.
—La maestra resultó ser toda una cajita de sorpresas —susurró él.
—¡Ya te dije! No es lo que parece... —Katherine apretó el borde de su falda con ambas manos, intentando inútilmente mantener la compostura.
—¿Ah, no? ¿Entonces qué es?
—Solo...
Antes de que pudiera inventar una excusa, Teo actuó. Tomó las manos de Katherine tras su espalda, sujetándolas con una fuerza incuestionable. En un movimiento rápido y experto, utilizó su propia corbata para atarle las muñecas.
—¿Qué haces? —exclamó ella, forcejeando contra el nudo de seda.
Teo la giró con brusquedad y la empujó contra la madera del escritorio. Con la palma de su mano abierta, presionó el rostro de Katherine contra la superficie, inmovilizándola con la misma técnica depredadora de antes. Usó uno de sus pies para obligarla a abrir las piernas y, con su mano libre, comenzó a elevar la falda de la mujer con una lentitud tortuosa.
—Veamos si dice la verdad... —sentenció él, mientras sus ojos morados buscaban confirmar el secreto que ella intentaba ocultar.