NovelToon NovelToon
Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor eterno / Venganza
Popularitas:649
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

VII. Il risveglio dei morti viventi.

Alessandra: (al dia siguiente)

El mundo no debería dar vueltas así.

Abrí los ojos y el techo de mi habitación se sentía como un carrusel fuera de control. El silencio me zumbaba en los oídos, un pitido agudo que me hacía desear arrancarme la cabeza. Intenté incorporarme, pero mi cuerpo pesaba como si me hubieran inyectado plomo en las venas. Con un esfuerzo sobrehumano, me senté en el borde de la cama, sintiendo un tirón molesto en el brazo izquierdo.

—*Cazzo...* —susurré, viendo el tubo de plástico que salía de mi piel.

Me puse de pie y las rodillas se me doblaron. El suelo parecía de gelatina. Veía doble; dos cómodas, dos puertas, dos mundos. Necesitaba salir de aquí. Necesitaba moverme antes de que las paredes me tragaran. Busqué a tientas mi ropa. Agarré una camisa de seda y un pantalón de sastre que estaban sobre el sillón. Me los puse con la torpeza de un niño, sin darme cuenta de que las costuras de la camisa me raspaban el cuello y que la etiqueta del pantalón me quedaba justo en el ombligo. Estaba todo al revés, pero en mi mente borrosa, solo importaba cubrirse.

Agarré el poste metálico del suero como si fuera un arma y empecé a caminar. El sonido de las ruedas contra el suelo era como un martillazo. Salí al pasillo, arrastrando mi soporte de vida, y llegué al inicio de las escaleras. Cada escalón era una montaña. Bajé de lado, sujetándome de la barandilla con una mano y del poste con la otra, rezando para que el doctor Bianchi no me viera o me daría un sermón mortal.

Cuando finalmente llegué a la cocina, el hambre era un agujero negro en mi estómago. Necesitaba cafeína y proteína. Agarré un huevo del refrigerador, pero mis dedos no respondieron. El huevo aterrizó en el suelo con un sonido húmedo. Al intentar dar un paso para limpiarlo, mi bota resbaló sobre la yema.

—*¡Mannaggia a la miseria!* —gruñí, tambaleándome y golpeando el soporte del suero contra la isla de la cocina. Casi me voy de cara contra el granito.

—Alessandra Veraldi, juro por Dios que si te desmayas sobre ese huevo, voy a dejar que te limpie Enzo.

Me giré, o al menos lo intenté sin perder el equilibrio. Mi madre estaba apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba el terror absoluto con las ganas de darme un bofetón.

—*Mamma...* —dije con la voz rasposa— Tengo hambre.

—Tienes una aguja en el brazo y llevas los pantalones al revés, Alessandra —dijo ella, acercándose a paso rápido y arrebatándome el cartón de huevos—. ¿Qué demonios haces fuera de la cama? El doctor dijo descanso absoluto.

—El doctor no tiene mi estómago —respondí, gruñendo mientras intentaba estabilizar el poste del suero, que no dejaba de moverse—. Solo... solo necesito un café.

—Necesitas que te aten a la cama con cadenas —Clara me tomó por los hombros y me obligó a sentarme en un taburete. Me miró de cerca, con esos ojos que siempre leían mis mentiras—. Estás pálida como un fantasma y tiemblas como una hoja. ¿Acaso crees que el imperio se va a caer porque la General se tome un día de baja?

—Se cae si yo no estoy —mascullé, aunque ver dos caras de mi madre me estaba mareando aún más—. Tengo que llamar a Moretti. El cargamento...

—¡Al diablo Moretti y al diablo el cargamento! —exclamó ella, golpeando la encimera—. Tu padre puso a hombres en cada puerto y canceló todas tus reuniones. Nadie va a mover un dedo hasta que dejes de parecer un zombie con suero.

Me quedé callada, mirando la mancha de huevo en el suelo. La frustración me quemaba, pero la debilidad me ganaba. Sentí su mano suave sobre mi mejilla, retirándome el pelo sudado de la cara.

—Mira cómo estás, Ale... —su voz se suavizó—. Ni siquiera puedes ver cuántos dedos tengo levantados.

—Tres —mentí con voz sarcastica. Tenía uno.

—Ves, estás fatal —suspiró ella—. Te voy a preparar algo ligero, y luego vas a subir a esa habitación, te vas a poner la ropa correctamente y vas a dormir. Si intentas escaparte otra vez, llamaré a Lorenzo para que te vigile, y sabes que él te contará chistes hasta que te suba la fiebre de nuevo.

—Eres una tirana, *mamma* —dije, apoyando la cabeza en el mármol frío.

—Soy una Veraldi, igual que tú —respondió ella, empezando a limpiar el desastre del suelo—. Ahora cállate y quédate quieta antes de que te arranques la vía del brazo. Por cierto... la pulsera te queda bien con el pijama, aunque la lleves al revés también.

En cuanto mi madre mencionó la pulsera, un resorte invisible se activó en mi cerebro nublado. Escondí la mano izquierda debajo de la mesa de la cocina con una rapidez que casi me hace volcar el soporte del suero. El metal de la joya de Giulia raspó contra la madera, y sentí un pánico absurdo, como si fuera una adolescente escondiendo un cigarrillo.

—*No... no es nada. Solo... alambre. Metallo... nudos planos...* —comencé a murmurar, mirando fijamente una mancha inexistente en el mármol. Mi voz sonaba como si viniera de otro código postal—. *El cargamento de Moretti tiene nudos azules... no, eso no. Las piedras verdes... las piedras no pagan impuestos si son para restaurar el alma...*

—Alessandra, por el amor de Dios, no se te entiende una palabra —dijo mi madre, deteniéndose con una espátula en la mano y mirándome con genuina preocupación—. Estás delirando. ¿Qué piedras? ¿Qué impuestos?

—*Es que el oro se dobla, mamma...* —seguí murmurando, balanceando la cabeza—. *Si lo presionas mucho, se marca. Pero el hilo encerado es más noble... azul como el mar de los buques, pero no flota... no flota si no le pones la cuenta de plata... la cuenta de cinco euros...*

Me pasé la mano libre por la cara, sintiendo la piel hirviendo.

—*Giulia dijo que no muerde... pero el suero muerde. Me muerde el brazo. El tanque y la mariposa... cazzo, ¿quién era el tanque?* —solté una risita ronca que terminó en un quejido—. *Moretti es un cerdo con anillos... pero ella tiene manos de resina... manos que curan lo viejo...*

—¡Basta! —Clara dejó la espátula y se puso frente a mí, tomándome la cara con ambas manos para obligarme a mirarla—. Alessandra, mírame. Estás diciendo incoherencias. ¿Quién es Giulia? ¿La chica del parque?

—*La artesana...* —susurré, mis ojos heterocromáticos luchando por enfocarse en una sola imagen de mi madre—. *Ella no me tiene miedo, mamma. ¿Puedes creerlo? Nadie me tiene miedo en ese banco. Allí soy solo Ale... Ale la torpe... la que no sabe hacer nudos...*

—Te ha pegado fuerte —suspiró mi madre, con una mezcla de lástima y diversión—. No sé si es la gripe o si esa chica te hizo un amarre con esos hilos suyos, pero pareces otra persona.

—*No soy otra...* —protesté, golpeando débilmente la mesa—. *Soy la General. Pero la General tiene sed. Y el General quiere que la mariposa no se escape... "Si sigues haciendo eso, te voy a besar"... se lo dije, mamma. Se lo dije sin contrato... sin abogados...*

—Lo sé, lo sé, ya me lo contaste tres veces en los últimos cinco minutos —mintió mi madre para calmarme, mientras me servía un vaso de agua—. Bebe esto. Estás desvariando sobre nudos y mariposas. Si tu padre entra ahora y te oye hablar de besar artesanas en lugar de hundir cargamentos, le va a dar un síncope.

—*Que se fottano tutti...* —mascullé antes de beber el agua de un trago, sintiendo cómo el líquido frío me bajaba por la garganta—. *Diles que la General está restaurando... sus propios nudos...*

—Sí, claro, "restaurando" —Clara me ayudó a levantarme, pasando mi brazo por sus hombros mientras yo arrastraba el poste del suero—. Vamos arriba. Antes de que empieces a confesar dónde enterramos a los enemigos solo para rimarlo con el nombre de tu novia.

Clara:

No pude llevarla más allá del gran salón. A mitad de camino, las piernas de Alessandra simplemente se desconectaron, como si alguien hubiera cortado los cables de una máquina. El soporte del suero rodó un par de metros antes de frenar en seco, y ella se desplomó sobre el sofá de terciopelo azul con un suspiro que sonó a derrota pura.

—*Ale, por favor... un esfuerzo más* —le pedí, pasando mi brazo por su cintura para intentar incorporarla—. *La cama es más cómoda, tesoro. Solo un piso más.*

—*No... el sofá es un barco...* —murmuró ella, con la voz pastosa y los ojos entornados, clavados en el techo—. *El barco de Moretti no tiene cojines de seda... déjame aquí, mamma. El mar está tranquilo hoy.*

Traté de tirar de ella, apoyando mis pies con fuerza en la alfombra persa, pero pesaba muchísimo. No era solo su estatura; era ese peso muerto de quien ha agotado hasta la última reserva de energía. Alessandra, siempre tan fibrosa y ágil, ahora se sentía como una estatua de plomo fundido. Cada vez que lograba levantarle un hombro, ella se escurría hacia atrás, hundiéndose más en el respaldo.

—*Santo Cielo, Alessandra, pareces de mármol* —resoplé, soltándola un momento para recuperar el aliento. Mi hija, la mujer que intimidaba a hombres el doble de grandes que ella, estaba ahí tirada, con los pantalones al revés y la vía del suero goteando sobre el terciopelo—. *Estás moribunda y sigues siendo terca como una mula.*

Ella no me respondió. Su cabeza cayó hacia un lado y una línea de sudor frío le corrió por la sien. Su palidez bajo las luces de la sala era aterradora; tenía ese tono grisáceo que solo tienen los que han tocado fondo.

—*¿Giulia...?* —susurró de pronto, estirando los dedos de la mano izquierda, esa donde brillaba la pulsera de alambre—. *Dile que... que el nudo quedó flojo. Que lo apriete más... no quiero irme...*

Me quedé helada mirándola. La angustia me cerró la garganta. Ver a mi hija así, desvariando sobre nudos y artesanas mientras su cuerpo temblaba por la fiebre, era más de lo que podía soportar con calma.

—*Tranquila, jefa* —le dije en voz baja, rindiéndome y arropándola con una manta pesada que saqué del diván—. *Tu mariposa no se va a ir a ningún lado. Pero como no te cures, voy a tener que ir yo misma a ese parque a traerla de las orejas para que te dé el beso que te falta.*

Me senté en el suelo, junto al sofá, vigilando que el soporte del suero no se volcara. La General de los Veraldi estaba fuera de combate en la sala principal, custodiada por su madre y un tubo de plástico, mientras el imperio seguía girando afuera, ajeno a que su pieza más importante estaba intentando no naufragar en un mar de delirios.

—*Duerme, Ale* —susurré, acariciándole la mano fría—. *Mañana buscaremos tus nudos.*

Enzo:

—¡Te digo que fue épico! El tipo no sabía ni de dónde le venía el golpe y Lorenzo ahí, riéndose como un desquiciado —solté una carcajada, empujando a Matteo mientras cruzábamos el umbral del salón principal.

Veníamos eufóricos, con la adrenalina de la calle todavía zumbándonos en los oídos. Lorenzo venía atrás, casi tropezándose con sus propios pies de tanto reír, y nosotros solo pensábamos en tirarnos en el sofá más grande a pedir una pizza de veinte euros. El salón estaba a oscuras, solo iluminado por una lamparita tenue, pero a quién le importaba.

—¡Me pido el sitio largo! —gritó Matteo, pero yo fui más rápido.

Me lancé de espaldas, dejándome caer con todo mi peso sobre los cojines de terciopelo azul. Pero en lugar de hundirme en la suavidad de siempre, aterricé sobre algo... sólido. Algo que desprendía un calor sofocante y que olía a hospital y a perfume caro.

—¡GRRRRRRRRR! —un gruñido gutural, profundo y cargado de puro odio animal vibró debajo de mi espalda.

—¡Santa madre! —salté del susto, pero no fui lo suficientemente rápido.

De entre las mantas salió disparada una bota de sastre. ¡PUM! Sentí el impacto seco y preciso justo en mi trasero, una patada que me mandó directo al suelo de mármol con la fuerza de un pistón hidráulico.

—*¡Vai all'inferno, stronza!* —chillé por puro instinto mientras me frotaba la nalga dolorida, mirando hacia el sofá con los ojos como platos.

—¡Cállense la boca antes de que les corte la lengua a los tres! —el siseo de mi madre, Clara, nos congeló la sangre. Estaba sentada en la alfombra, con una cara de pocos amigos que daba más miedo que el mismísimo diablo.

Lorenzo y Matteo se quedaron petrificados. Frente a nosotros, envuelta en una manta y con un soporte de suero a su lado que parecía una lanza de guerra, estaba la Leona. Alessandra parecía un cadáver recién desenterrado: pálida, sudada y con los ojos entreabiertos, desenfocados, pero todavía con la puntería suficiente para patearme.

—*Il nudo...* —murmuró ella, moviendo la pierna bajo la manta como si buscara volver a golpearme—. *El nudo azul... no pises el huevo, estúpido...*

—¿Pero qué le pasa? —susurró Matteo, acercándose con cautela—. ¿Está poseída o qué? Mira, lleva los pantalones al revés. ¡Y tiene una vía en el brazo!

—Tiene gripe y está delirando, genios —susurró mi madre con un tono que prometía funerales si volvíamos a gritar—. Así que si valoran sus vidas, se van a la cocina, cierran la boca y no hacen ni un ruido. Si la vuelven a despertar, dejaré que ella se encargue de ustedes cuando recupere las fuerzas.

Miré a Ale. Estaba ahí, balbuceando cosas de mariposas y alambres, pero el golpe que me acababa de dar me confirmó que, incluso moribunda, seguía siendo la jefa.

—Vámonos —le dije a los chicos, retrocediendo despacio—. La General está en modo zombie. Si me vuelve a patear con esa fiebre, me manda directo al hospital a mí.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play