Lo que el silencio esconde
Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.
Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.
Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.
Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.
Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.
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Capítulo 18: El filo del silencio
Avanzaban con paso medido, las linternas de los móviles iluminando apenas un par de metros por delante.
La biblioteca parecía más grande de noche. Las sombras se alargaban entre las estanterías, moviéndose con el leve balanceo de las linternas, creando figuras que no estaban allí. O quizá sí.
Julio iba primero. Mario, un paso atrás y medio metro a la derecha, cubriendo el flanco. Así lo habían entrenado. Así habían sobrevivido a prácticas y a algún que otro altercado callejero.
Pero esto no era una práctica. Ni un altercado.
Esto olía a muerte.
—¿Ves algo? —susurró Mario.
Julio negó con la cabeza sin volverse. Seguía avanzando, despacio, pasando junto a las mesas de lectura, junto a los sillones donde los estudiantes dormitaban sobre los libros. Vacíos ahora. Como todo el local.
Nadie.
Pero la sensación de que alguien los miraba desde algún rincón era tan intensa que Julio sintió los pelos de la nuca erizados.
—Creo que no hay nadie —dijo Mario, bajando un poco la tensión del hombro—. El que hizo esto ya se fue.
Julio no respondió. Algo no encajaba. La sangre en el picaporte estaba fresca. Daniel, apenas consciente. Y la chica, Lucía, con las manos manchadas y los ojos como platos. Alguien había estado allí muy poco tiempo antes.
Tal vez seguía allí.
—Mario —dijo Julio en voz baja—. Quédate cerca.
—Sí, jefe —respondió Mario con un tono que intentaba ser desenfadado, pero que no lo consiguió.
Llegaron al fondo de la sala. Allí había una puerta de madera oscura, con un letrero que decía "Solo personal". Julio apoyó la mano en el pomo. Miró a Mario. Asintió.
—A la de tres. Una… dos…
Nunca llegó a decir "tres".
Porque en ese momento, Mario se retrasó.
Solo unos pasos. Un par de metros. Se había detenido a mirar algo que le había llamado la atención en una de las estanterías: una sombra que no debería estar ahí. Un movimiento en el borde de su visión.
—Julio… —empezó a decir.
Pero no pudo terminar.
La mano le tapó la boca con una fuerza brutal. Callosa. Fría. Con olor a tabaco y a algo metálico.
Y entonces, el filo.
Sintió cómo el acero se deslizaba por su garganta. No rápido. No de golpe. Lento. Deliberado. Como quien acaricia a un animal antes de matarlo.
Mario abrió los ojos con horror. Quiso gritar. Quiso pedir ayuda. Quiso decir el nombre de su compañero, el que estaba a solo dos metros, el que no podía verlo porque las sombras lo habían devorado.
Pero no pudo.
La hoja le presionaba justo donde la yugular late más fuerte. Un milímetro más y la sangre brotaría como un río. El hombre que lo sujetaba no apretaba. Solo rozaba. Por ahora.
—No hagas ruido —susurró una voz grave, pegada a su oído—. Si gritas, te abro de lado a lado. ¿Entendido?
Mario asintió como pudo. Las lágrimas le brotaban solas. No de miedo. De rabia. De impotencia.
—Bien —dijo la voz—. Ahora vas a quedarte quieto. Muy quieto. Y vas a escuchar.
Mario escuchó.
Escuchó los pasos de Julio alejándose hacia la puerta del fondo. Escuchó sus propias rodillas temblando. Escuchó el latido de su corazón, tan fuerte que le parecía que iba a delatarlo.
Y escuchó también la risa. Baja. Seca. Casi inaudible.
—Dile a tu amigo —susurró el hombre— que la próxima vez que entre a un lugar sin refuerzos, que no traiga acompañante.
La mano se retiró. El filo, también.
Mario cayó al suelo de rodillas, llevándose la mano al cuello. No había sangre. No había herida. Solo el recuerdo del acero frío contra su piel.
Giró la cabeza.
No había nadie.
El hombre había desaparecido como había llegado. Sin ruido. Sin huellas. Como una sombra que solo él había visto.
—¡Julio! —gritó, y esta vez su voz sí salió, rota, aterrada—. ¡Julio, que no estoy solo!
Su compañero giró en redondo, linterna en alto, pistola desenfundada.
—¿Qué pasa?
—Aquí —jadeó Mario, señalando el espacio vacío a su espalda—. Estaba aquí. Me tuvo. Un cuchillo. En el cuello.
Julio se acercó corriendo. Miró a su alrededor. Nada.
—¿Quién?
—No lo vi. Pero olía a tabaco. Y su voz… era grave. Muy grave.
Los dos se quedaron en silencio, escuchando. La biblioteca seguía en calma. Demasiada calma.
—Tenemos que salir —dijo Mario, levantándose con las piernas aún temblorosas—. Ahora.
Julio lo miró. Quiso decirle que no podían dejar a Daniel así, que tenían que esperar a la ambulancia, que debían asegurar la zona. Pero vio el rostro de su compañero. El terror real. El que no se finge.
Asintió.
—Vamos. Pero rápido.
Salieron de la biblioteca sin mirar atrás. Afuera, Lucía seguía desmayada en el suelo. Las sirenas ya se oían a lo lejos.
Julio la levantó con cuidado, la sentó contra la pared y le sujetó la cabeza.
—Despierta —dijo—. Por favor, despierta.
Mario, mientras tanto, seguía tocándose el cuello. El filo del cuchillo seguía allí. Frío. Invisible.
Pero real.
Muy real.
—No estábamos solos —susurró, y por primera vez desde la academia, tuvo miedo de verdad—. Y creo que todavía no se ha ido.
Al otro lado de la calle, en el umbral de una tienda cerrada, una brasa de cigarro se encendió en la oscuridad.
Bruno sonrió. Aspiró hondo. Y se fue caminando despacio, como quien no tiene prisa porque sabe que el juego solo acaba de empezar.
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