Renace en una época antigua, decidida a cambiar su destino, no será una villana en esta vida.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Rachel Mason 1
El murmullo del audiolibro se desvaneció lentamente… como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
Y entonces.. Rachel abrió los ojos.
La luz no era blanca ni fría como la de un hospital. Era cálida, dorada, filtrándose suavemente a través de unas cortinas largas y elegantes que se mecían apenas con la brisa.
Parpadeó.
Una vez.
Dos.
Su corazón latió con fuerza.
[Esto… no es un hospital.]
Se incorporó con cuidado, sintiendo por primera vez el peso de su cuerpo. Las sábanas bajo sus manos eran suaves, finas, claramente de una calidad que jamás había tocado antes. El colchón era firme pero cómodo, y el aroma… flores, madera, algo antiguo.
Se sentó en la cama, mirando alrededor.
La habitación era amplia. Techos altos. Molduras delicadas en las paredes. Un mobiliario de madera oscura, pulido, elegante. Todo parecía… sacado de otra época.
Se levantó lentamente, descalza, sintiendo el frío leve del suelo bajo sus pies.
Cada paso estaba lleno de incredulidad.
Se acercó a la ventana.
Y al correr la cortina.. contuvo el aliento.
No había calles modernas. No había autos. No había cables eléctricos ni edificios.
Había jardines.
Extensos, perfectamente cuidados. Caminos de piedra. Árboles alineados con precisión. Una fuente en el centro, donde el agua caía con serenidad.
Ella estaba en una mansión..
Grande, imponente, majestuosa.
Rachel apoyó una mano en el vidrio, con el pulso acelerado.
—No puede ser…
Su mente, rápida como siempre, comenzó a atar cabos.
La ropa.
La arquitectura.
La ausencia total de tecnología.
[—Esto es… siglo XIX… ¿1800…?]
El pensamiento no la asustó tanto como debería.
Quizás porque todo parecía demasiado real.
O quizás… porque algo en su interior ya empezaba a aceptar la verdad.
Se giró lentamente.
Y entonces lo vio.
El espejo.
Alto, de cuerpo completo, con un marco ornamentado en dorado.
Se acercó.
Al principio, con duda.
Como si temiera que lo que vería no le perteneciera.
Pero aun así… avanzó.
Y cuando estuvo frente a él.. se quedó inmóvil.
Esa no era ella.
Y sin embargo… lo era.
Su reflejo mostraba a una joven de no más de veinte años. Su piel era clara, luminosa, casi perfecta. Sus facciones delicadas, armoniosas, como esculpidas con cuidado. Sus ojos…
Rachel abrió un poco más los suyos.
Azules.
De un azul profundo, brillante, completamente distinto a los que recordaba.
Su cabello caía en una cascada larga, abundante, de un rubio oscuro elegante, con ondas suaves en las puntas que se movían apenas cuando respiraba.
Llevó una mano a su rostro.
El reflejo imitó el gesto.
Sus dedos recorrieron su mejilla.
Real.
Completamente real.
Rachel inclinó levemente la cabeza, observándose con más detenimiento.
Giró un poco, viendo la silueta esbelta, la postura natural, la elegancia casi innata de ese cuerpo.
Y entonces… una sonrisa apareció en sus labios.
Pequeña al principio.
Luego más amplia.
—Bueno… definitivamente soy más hermosa que una Barbie.
Soltó una pequeña risa.
Porque aunque todo era absurdo… imposible… inexplicable… ella seguía siendo ella.
Su humor.
Su ligereza.
Esa forma de enfrentarse a lo desconocido sin derrumbarse.
Volvió a mirarse, esta vez con más seguridad.
—Ok, Rachel… no estás muerta… o sí, pero… claramente no estás en el hospital.
Se cruzó de brazos, pensativa, aunque la chispa divertida no desaparecía de su mirada.
—Te electrocutas… escuchando un audiolibro raro… y ahora despiertas en una mansión del 1800 siendo una belleza de novela.
Pausa.
Parpadeó.
Y entonces, su expresión cambió apenas.
Más seria.
Más consciente.
—…No puede ser coincidencia.
El eco de la historia volvió a su mente.
Valery.
Eric.
Rachel Mason.
Sus ojos azules brillaron con una mezcla de sorpresa… y sospecha.
Porque, en el fondo..
Rachel ya empezaba a entender.
Y si tenía razón… entonces su nueva vida… acababa de volverse mucho más complicada.
El silencio de la habitación se rompió con un sonido suave.
Antes de que Rachel pudiera reaccionar, la puerta se abrió con delicadeza.
Una joven doncella entró, inclinando la cabeza con respeto. Sus manos estaban entrelazadas al frente, y su postura era impecable… pero había algo más.
Miedo.
—Lady Rachel… —dijo con voz baja, casi temerosa.
Rachel sintió un pequeño estremecimiento recorrer su cuerpo.
Lady… Rachel.
Las palabras no eran nuevas… pero ahora tenían un peso distinto. Real. Inevitable.
La doncella levantó apenas la mirada, observándola con cautela.
—¿Cómo se encuentra? Esta mañana… usted… parecía indispuesta.
Rachel parpadeó, saliendo de sus pensamientos.
Por un segundo no supo qué decir.
Pero luego… sonrió.
Una sonrisa suave. Natural.
—Estoy mejor.. Gracias por preocuparte.
El efecto fue inmediato.
La doncella abrió los ojos con sorpresa, como si hubiera escuchado algo imposible.
Dudó.
Literalmente dudó.
—Yo… me alegra oír eso, Lady Rachel —respondió, pero su tono no ocultaba la confusión.
Rachel lo notó.
Y no necesitó que nadie se lo explicara.
La antigua Rachel… no era así.
El ambiente lo decía todo. La tensión. La cautela. Ese miedo que no debería existir en una simple conversación.
La doncella hizo una reverencia rápida.
—Informaré a los duques que ha despertado.
Y sin esperar respuesta, salió casi apresurada de la habitación.
La puerta se cerró.
Silencio otra vez.
Rachel se quedó de pie unos segundos… y luego, lentamente, una sonrisa volvió a dibujarse en su rostro.
—Ok.. esto no está nada mal.
Giró sobre sí misma, observando nuevamente la habitación, pero ahora con otros ojos.
Era hermosa.
Era rica.
No había deudas.
No había turnos agotadores.
No había motos bajo la lluvia ni noches peligrosas.
Y además… Sus padres.. los duques.. la amaban.
Soltó una pequeña risa, ligera, casi incrédula.
—Bueno, universo… no me voy a quejar.
Pero entonces.. la sonrisa se desvaneció lentamente.
Porque recordó.
Recordó la historia.
Recordó cada palabra del audiolibro.
Recordó a la otra Rachel.
Rachel Mason.
La villana.
La mujer cruel. Fría. Calculadora.
La que sonreía mientras hería.
La que hacía llorar a Valery.
La que convertía una casa en una prisión emocional.
El cuerpo de Rachel tembló apenas.
Un escalofrío real.
—…No.
La palabra salió en un susurro firme.
Negó con la cabeza, dando un paso atrás como si quisiera alejarse de esa idea.
—No voy a ser ella.
Sus ojos azules, reflejados en el espejo, brillaron con determinación.
—No voy a hacerle eso a nadie.
Apretó suavemente sus manos.
—Ni a Valery… ni a nadie.
Respiró hondo.
Porque ahora entendía algo muy importante.
No solo había reencarnado.
Había tomado el lugar de alguien con un destino ya escrito.
Un destino cruel.
Un destino que llevaba al sufrimiento de otros… y probablemente al suyo propio.
Pero Rachel no era esa persona.
No lo sería.
Levantó el mentón, una chispa decidida encendiéndose en su mirada.
—Si esta es mi nueva vida… entonces la voy a cambiar.
Una pequeña sonrisa regresó, esta vez más firme.
Más segura.
—Y esa historia… no va a terminar igual.
A lo lejos, pasos apresurados comenzaron a escucharse por el pasillo.
Los duques venían en camino.
Y con ellos… el inicio real de su nueva vida.