Un grupo de jóvenes se ve arrastrado por la búsqueda y protección de reliquias antiguas que despiertan poderes y ambiciones peligrosas. Perseguidos, traicionados y forzados a despertar habilidades que no comprenden, deberán unir fuerzas con aliados inesperados para impedir que una facción libere una fuerza capaz de arrasar su mundo. Entre batallas, sacrificios y decisiones morales, su viaje decidirá el destino de muchas vidas.
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El Viajero
La mazmorra olía a humedad antigua y a metal oxidado; un olor que se pegaba a la garganta y que prometía tanto tesoros como trampas. El aventurero avanzó con paso seguro por el corredor principal, la capa rozando las paredes cubiertas de musgo, la luz de su linterna de aceite proyectando sombras que parecían moverse con vida propia. Se llamaba Edran, aunque en las tabernas lo conocían por su sonrisa fácil y por la fama de no retroceder ante nada. Esa confianza, más que habilidad, le había abierto puertas y le había costado alguna que otra cicatriz. Hoy, sin embargo, su objetivo era claro: recolectar ítems valiosos para venderlos en el mercado de la ciudad.
Había oído el rumor en voz baja, entre jarras y apuestas: las orejas de duende se pagaban bien. No eran orejas de los elfos nobles de los bosques, sino de criaturas menores, traviesas y escurridizas, que habitaban las galerías inferiores de la mazmorra. Eran pequeñas, puntiagudas, y según los mercaderes, conservaban propiedades para pociones de agilidad y amuletos de suerte. Edran sonrió al recordar la última vez que vendió un lote: suficiente para reparar su capa y comprar raciones para una semana. Esa promesa de oro le empujó más adentro.
Su único equipamiento era modesto: un pequeño bolso mágico heredado por su madre y una daga antigua que perteneció a su padre. El bolso, de cuero gastado, tenía un hechizo sencillo pero útil: podía almacenar más de lo que su tamaño sugería y, de vez en cuando, devolvía al dueño un objeto pequeño y necesario en el momento justo. Su madre le había dicho que no confiara ciegamente en la bolsa, que la magia tenía humor, pero que en más de una ocasión le había salvado la vida. La daga, por su parte, era una hoja delgada con grabados casi borrados; su empuñadura llevaba las iniciales de su padre y una pequeña muesca, recuerdo de una pelea que le costó la vista a un ojo. Edran la acariciaba con frecuencia, como si al tocarla pudiera invocar la valentía de su linaje.
Los primeros pasillos fueron relativamente tranquilos. Encontró bolsas rotas, frascos vacíos y un par de esqueletos con armaduras corroídas. Rebuscó entre los restos y recogió un par de anillos sin valor aparente, una gema empañada y una llave de hierro que no supo para qué serviría. Cada hallazgo lo hacía sonreír; cada paso lo acercaba a la posibilidad de una buena venta. Pero la mazmorra no era un lugar para la complacencia. Las paredes susurraban y el eco de sus botas parecía multiplicarse, como si alguien —o algo— lo siguiera a distancia.
Al doblar una esquina, un sonido agudo y casi musical le hizo detenerse: risas pequeñas, como campanillas, y el crujir de hojas. Los duendes no tardaron en aparecer: figuras menudas, ojos brillantes y manos rápidas. No eran hostiles por naturaleza, pero la codicia y la supervivencia los volvían impredecibles. Edran se movió con la destreza de quien ha pasado noches enteras en combates menores; lanzó una red improvisada, atrapó a dos y, con movimientos precisos, cortó las orejas que necesitaba. No disfrutaba del acto, pero sabía que en ese mundo la moral y la necesidad a menudo se separaban.
Mientras recogía las orejas en su bolso, notó algo extraño: un silencio que no era natural. Las risas se habían apagado y el aire parecía más denso, como si la mazmorra contuviera la respiración. Edran alzó la vista y, por un instante, recordó las historias que contaban los ancianos en la posada: cada treinta noches, decían, algo despertaba en las profundidades. No le dio importancia; las leyendas eran para asustar a los novatos. Aun así, una parte de él, la que había heredado la cautela de su madre, se tensó.
Recordó a sus padres con una claridad que le dolió. Su madre, una curandera de manos cálidas, le había dado el bolso con una sonrisa triste y un consejo: "No guardes en él lo que no quieras perder". Su padre, un guerrero de pueblo, le había entregado la daga con la promesa de volver, promesa que nunca cumplió. Edran apretó la empuñadura y sintió el peso de ambas voces en su espalda. La mazmorra, pensó, no solo guardaba riquezas; guardaba historias, y algunas de ellas terminaban en silencio.
Avanzó más profundo, sorteando trampas antiguas: placas que se hundían, flechas que silbaban desde las paredes, y un charco de agua que ocultaba un pozo. Su experiencia le permitió evitar lo peor, pero no todo. Una piedra traicionera le hizo resbalar y su rodilla golpeó una losa; el dolor fue agudo, pero soportable. Se limpió la sangre con la manga y continuó, más atento. La bolsa mágica vibró levemente contra su costado, como si algo dentro de ella se moviera. Edran la abrió con cuidado y encontró, para su sorpresa, una pequeña piedra luminosa que no recordaba haber guardado. La sostuvo entre los dedos: emitía un brillo azul pálido y una sensación de calma. Sonrió; la bolsa, una vez más, le había dado algo útil.
Fue entonces cuando lo oyó: un gruñido profundo, que no pertenecía a ningún animal común. El sonido retumbó por las galerías y las antorchas parpadearon como si una ráfaga de viento las hubiera tocado. Edran se quedó inmóvil, la daga en la mano, la linterna apagada para no delatar su posición. El gruñido se repitió, más cercano, y algo en su interior supo que no era una bestia cualquiera. Las historias volvieron a su mente, esta vez con rostros: aventureros que no regresaron, marcas en las puertas de las posadas, el nombre susurrado con temor por los mercaderes: Bhermut.
Le habían dicho que Bhermut despertaba cada treinta noches. Le habían dicho que era un lobo inmenso, de cuatro metros, negro como la noche sin luna, con el pelaje en punta y duro como el acero. Le habían dicho que su mirada podía helar la sangre y que su hambre no se saciaba con facilidad. Le habían dicho, en voz baja y con los ojos desviados, que llevaba la cuenta de sus víctimas: alrededor de doscientos aventureros. Edran tragó saliva. La confianza que lo había acompañado hasta entonces se resquebrajó por un instante.
El corredor se abrió en una cámara amplia, y en el centro, como una sombra que se materializaba, apareció la silueta de Bhermut. Era más grande de lo que las palabras podían describir: patas como troncos, colmillos que brillaban con un filo mortal, y un pelaje que parecía desafiar la luz. Sus ojos, dos carbones encendidos, se fijaron en Edran con una calma terrible. No rugió; no necesitó hacerlo. Su presencia era la amenaza en sí misma.
Edran sintió el frío de la muerte rozando su nuca. El bolso mágico latió contra su costado, como si supiera que la situación requería de su intervención. La daga en su mano tembló, no por miedo, sino por la adrenalina que le recorría las venas. Tenía opciones limitadas: luchar, huir o intentar negociar con la suerte. Recordó las palabras de su madre y, por un instante, pensó en abrir la bolsa y confiar en su capricho. Pero la bolsa no siempre respondía a la lógica, y Bhermut no era un enemigo que se doblegara a la fortuna.
El lobo dio un paso adelante, y el suelo pareció vibrar. Edran apretó la daga y, en un movimiento que mezcló instinto y desesperación, se lanzó hacia un lado, esquivando la primera embestida. La garra rozó la piedra donde había estado, dejando una marca que humeó por un segundo. El combate había comenzado, y la mazmorra, testigo silencioso, parecía inclinarse hacia el lado del depredador.
Mientras esquivaba y contraatacaba con la daga, Edran buscaba una apertura, una debilidad en la coraza de pelo que parecía impenetrable. Recordó las historias de los cazadores que hablaban de puntos vulnerables en las bestias mágicas: ojos, garganta, la base del cráneo. Pero Bhermut no era una bestia cualquiera; era una leyenda con hambre. Cada golpe que Edran asestaba rebotaba como si golpeara hierro. La daga vibraba en su mano y la sangre de sus cortes se mezclaba con el polvo de la mazmorra.
En un momento de distracción, una de las patas de Bhermut atrapó la capa de Edran y la arrancó con un tirón. La capa cayó, y con ella, la sensación de protección. El lobo avanzó, y Edran sintió que el final estaba cerca. Fue entonces cuando la bolsa mágica, como si tuviera voluntad propia, se abrió y expulsó un pequeño destello de luz que cegó por un segundo a la criatura. Bhermut retrocedió, sorprendido, y Edran aprovechó para rodar y ponerse a cubierto detrás de una columna.
La luz se desvaneció, pero había hecho su trabajo: había dado a Edran un respiro. Jadeando, con la daga mellada y la ropa hecha jirones, miró al lobo que lo observaba con paciencia infinita. Sabía que no podía vencerlo en un enfrentamiento directo. Sabía que su suerte, esa que lo había llevado hasta aquí, pendía de un hilo. Y mientras la mazmorra volvía a susurrar, Edran comprendió que su historia no terminaría en una venta de orejas de duende ni en una anécdota más en la taberna. Había cruzado el camino de algo antiguo y despiadado, y la noche apenas comenzaba.