No creas ni por un instante que mi historia de vida será la típica de hombres salvajes y predecibles. La mía se escribe con fuerza, con intención, con estrategia… con una presencia que se desliza bajo la piel y deja huella.
Haré que tu corazón pierda el compás, que se acelere y se rinda al ritmo de mis movimientos, como si cada paso que doy marcara el destino entre nosotros.
No será una simple historia… será mi historia la que te deje un pulso constante, una tensión que te erice la piel y te obligue a sentir cada latido en sintonía conmigo.
ACTUALIZACIÓN DIARIA
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Correr
Entonces habló.
Su voz era ronca, profunda, con un timbre grave que vibró en el pecho antes que en los oídos. No era estridente ni forzada; era una voz que no necesitaba elevarse para imponerse. Había en ella un matiz seductor, oscuro, casi envolvente… y, por encima de todo, una superioridad natural, como si estuviera acostumbrado a que el mundo respondiera cuando él preguntaba.
—Tu nombre.
No fue una pregunta. Fue una orden disfrazada de simple curiosidad.
El bosque volvió a quedar en silencio.
Sus ojos violetas no vacilaron. No había impaciencia en ellos, solo la certeza de que obtendría respuesta. Su postura seguía relajada, una mano sosteniendo el arco, la otra descansando cerca de la empuñadura de la espada enfundada.
No parecía un rey que necesitara demostrar poder.
Es uno que lo tenía.
No entendía qué me estaba pasando.
Desde que abrí los ojos en este bosque, una debilidad espesa recorría mi cuerpo. Mis extremidades se sentían pesadas, como si hubiera drenado hasta la última gota de energía en algo que no lograba recordar. Cada respiración era más profunda de lo normal. Mi pulso, irregular.
Y frente a mí estaba él.
No necesitaba mostrar intención asesina para que el peligro fuera evidente. Se sentía. Era como estar ante un depredador que aún no decide si tiene hambre. Su sola presencia oprimía el aire. Había poder en él, denso, contenido… antiguo. Y aunque su expresión permanecía serena, los reyes siempre han sido criaturas volubles. Un capricho podía significar una ejecución.
No podía enfrentarme a él en mi estado actual.
Mis únicas opciones eran huir o esperar la muerte.
Opté por la opción de huir y sin apartar del todo la mirada, llevé la yema de mi dedo pulgar a mi anillo y activé el mecanismo espacial que siempre respondía a mi energía espiritual. Sentí el impulso familiar… o al menos intenté sentirlo.
Nada.
Forcé la conexión.
Nada.
La espada no apareció.
Una punzada fría me recorrió la espalda. No era posible. Ese anillo estaba vinculado a mi alma; nunca había fallado.
Pero no había tiempo para comprenderlo.
Los caballos detrás de él resoplaron. El silencio se volvía cada vez más pesado.
Decidí moverme.
Giré sobre mis talones y corrí lo más veloz posible hacia lo más profundo del bosque, obligando al máximo a mis piernas a responder pese a la fatiga. Las amplias mangas y las capas de mi atuendo ondeaban tras de mí, las borlas golpeando suavemente contra mis brazos mientras esquivaba raíces y troncos.
El aire quemaba en mis pulmones. Mis pasos eran rápidos, pero no tan ligeros como deberían ser. No podía volar. No podía invocar mi espada.
Estaba huyendo… a pie.
Y detrás de mí, sabía que él seguía allí.
Observando.
Decidiendo.
Seguí corriendo incluso cuando dejé de escuchar claramente a los caballos.
No volteé.
No por cobardía. Incluso un general no sobrevive por orgullo; sobrevive porque sabe cuándo retirarse. Y yo sabía —con una certeza fría y estratégica— que enfrentarlo en mi estado actual sería un error fatal.
Mis pasos eran rápidos, pero seguían siendo torpes comparados con lo que solían ser. La fatiga pesaba en mis músculos, mi energía espiritual respondía con lentitud. Aun así, me seguí adentrando más en el bosque, apartando ramas, saltando raíces, esquivando uno que otro animal, ignorando cualquier crujido a mis espaldas. No importaba lo que oyera. No miraría atrás.
Mientras tanto…
Él observó alejarse a Aelina Moonveil.
Y entonces algo cambió.
Su expresión, antes controlada y calculadora, se quebró de forma abrupta. No fue una sonrisa amable ni arrogante. Fue una curvatura lenta y peligrosa de los labios, una que mostraba dientes con una intención primitiva. Sus ojos violetas brillaron con una intensidad nueva.
Siniestra.
Aelina Moonveil —sin saberlo— había despertado en él algo más antiguo que la corona de un rey.
El instinto de cazar.
Sin previo aviso, saltó de su caballo. Su capa negra se abrió en el aire como alas oscuras… y en pleno descenso su cuerpo comenzó a cambiar.
El crujido de huesos reacomodándose resonó en el aire. Su torso se expandió, las extremidades se alargaron, la piel fue reemplazada por pelaje espeso del mismo color que su cabello: un oscuro negro azabache, brillante como la noche cerrada. Su forma humana desapareció en cuestión de segundos.
Antes de tocar el suelo ya era un lobo gigantesco.
Al impactar contra la tierra, el peso hizo vibrar el suelo. Durante un instante su tamaño fue colosal, monstruoso… pero casi de inmediato su cuerpo se comprimió y ajustó, reduciéndose a una forma optimizada para la persecución: aún el triple del tamaño de un lobo común, pero ágil, aerodinámico, letal.
Sus ojos, ahora más brillantes en contraste con el pelaje oscuro, se fijaron en la dirección en la que Aelina Moonveil había corrido.
Y entonces arrancó.
La velocidad fue brutal. La tierra se abrió bajo sus garras, troncos y arbustos se apartaban o se partían al paso de su cuerpo. No corría como un animal común; parecía deslizarse entre los árboles, como una sombra viva.
- ¡SU MAJESTAD! Gritaron incrédulos los dos hombres que lo venían acompañando antes.
Todo ocurrió en segundos.
Mientras Aelina Moonveil seguía corriendo él ya estaba cazando.
No escuché sus pasos.
Lo sentí.
Una presión en el aire. Un desplazamiento violento entre los árboles. Algo demasiado grande moviéndose demasiado rápido.
Y entonces apareció frente a mí.
Fue tan súbito que apenas logré frenar antes de chocar contra él. El lobo emergió entre los troncos como una sombra sólida, aterrizando justo en mi camino bloqueandomelo con una precisión aterradora. Sus garras se hundieron en la tierra y hojas secas salieron despedidas a mi alrededor.
Intenté girar.
Demasiado tarde.
Su hocico impactó contra mi torso con la fuerza justa para desestabilizarme. No fue un ataque para desgarrar. Fue calculado. Medido. Suficiente para derribarme sin herirme.
Caí de espaldas, el aire escapando de mis pulmones en un golpe seco.
Antes de que pudiera incorporarme, su cuerpo volvió a cambiar.
El lobo redujo su tamaño con un estremecimiento fluido, ajustando su masa hasta ser lo bastante compacto para dominar el espacio entre los árboles, pero sin dejar de ser imponente. Seguía siendo enorme para un lobo normal. Abrumador.
Una de sus patas delanteras —la derecha— descendió sobre mi pecho.
bueno lo importante es que el la esta cuidando pero hay le va tocar difícil con todas esas mujeres
hay no que paso