En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.
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capitulo 23
El calabozo del Palacio de Justicia olía a humedad y a la rendición de mil culpables. Bajé las escaleras escoltada por un silencio que pesaba más que las cadenas que una vez llevé. Los guardias, ahora sumisos ante el poder de Elena Valerius, me abrieron paso hasta la celda donde Beatriz De la Vega esperaba su traslado a la prisión de Soto del Real.
Allí estaba ella, sentada en un banco de cemento, despojada de sus perlas y de su dignidad de casta. Al verme, no gritó. Se limitó a levantar la vista con una amargura que parecía haber envejecido diez años en una sola tarde de juicio.
—Has venido a escupir sobre las ruinas —dijo Beatriz, su voz era un hilo seco—. Disfrútalo, Marina. Has destruido a tu hermana, has matado a tu padre y me has enviado a este agujero. Espero que el trono de De la Vega sea lo suficientemente cómodo para tu conciencia.
—Arturo no era mi padre, Beatriz —solté sin preámbulos, clavando mis ojos en los suyos.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el goteo lejano de una tubería. Beatriz palideció, no de la forma aristocrática de antes, sino con una palidez grisácea, casi cadavérica. Sus manos empezaron a temblar sobre sus rodillas.
—¿De qué hablas? Estás delirando por el poder —intentó decir, pero su voz la traicionó con un gallo de pánico.
—Garrido guardaba los registros, mamá. Los análisis de compatibilidad que Arturo hizo en secreto cuando yo tenía tres años. Él lo supo siempre. Supo que yo era el recordatorio viviente de tu única debilidad. Por eso me enviaba a internados, por eso nunca me miraba a los ojos, y por eso le resultó tan malditamente fácil enviarme a la cárcel por un crimen que no cometí. Yo no era su sangre. Yo era la mancha en su expediente que debía ser borrada.
Beatriz se hundió en el banco, cubriéndose el rostro con las manos. Los sollozos que escaparon de ella no eran de arrepentimiento, sino de la agonía de un secreto que la había devorado por dentro durante décadas.
—Él era... —comenzó ella, entre suspiros entrecortados— ...era el hombre al que Arturo más odiaba. Julián Valdés. El arquitecto que diseñó el primer proyecto de la constructora. Arturo le robó los planos, lo arruinó y lo hundió en la miseria para quedarse con todo. Yo lo amaba, Marina. Lo amaba con una desesperación que Arturo nunca pudo entender. Pero Arturo lo descubrió. Me obligó a casarme con él para mantener las apariencias y me juró que, si alguna vez te contaba la verdad, te haría desaparecer.
—Y lo hizo —dije, sintiendo una furia fría recorriendo mis venas—. Me hizo desaparecer en una celda durante cinco años. Y tú lo permitiste. Dejaste que la hija del hombre que amabas fuera sacrificada para proteger el imperio del hombre que odiabas.
—¡Lo hice para salvarte! —gritó ella, levantándose y agarrando los barrotes—. Arturo planeaba algo peor que la cárcel para ti cuando descubrió que estabas empezando a investigar las cuentas del "Proyecto Fénix". La cárcel era el único lugar donde él no podía tocarte sin levantar sospechas. ¡Te salvé la vida entregándote a los jueces!
Me eché a reír. Una carcajada amarga que resonó en las paredes de piedra.
—Esa es la mentira más elaborada que he oído en mi vida, Beatriz. No me salvaste. Te salvaste tú. Salvaste tu estatus, tus cenas benéficas y tu derecho a seguir siendo la reina de una corte de mentiras.
Salí del calabozo sin mirar atrás. El aire del pasillo me pareció asfixiante. Julián me esperaba en el coche, con el motor en marcha y una expresión de preocupación que no lograba ocultar.
—¿Te lo ha confirmado? —preguntó mientras nos alejábamos del Palacio de Justicia.
—Lo ha confirmado. Mi padre era Julián Valdés. El hombre al que Arturo destruyó. La ironía es casi poética, ¿no crees? He pasado años planeando la destrucción de "mi propia familia", sin saber que lo que estaba haciendo era vengar a mi verdadero padre de las garras de su verdugo.
—Hay algo más, Marina —Julián dudó, entregándome una tableta con una noticia que acababa de saltar en los medios internacionales—. Alguien ha reclamado la propiedad de las acciones que Garrido sacó del país. Un hombre que dice ser el heredero legítimo de los derechos de propiedad intelectual de los diseños originales de De la Vega Constructions.
—¿Quién?
—Se hace llamar Gabriel Valdés. Dice ser tu hermano por parte de padre. Y acaba de aterrizar en Madrid reclamando una auditoría forense de toda la historia de la empresa.
Sentí que el tablero de ajedrez volvía a expandirse. Para una planificación de 40 capítulos, la aparición de un aliado o enemigo de sangre era el giro necesario para el Arco 3. Si Gabriel Valdés existía, mi legitimidad como Elena Valerius —y como Marina— corría un nuevo peligro. Podía ser el hermano que nunca tuve, o el hombre que vendría a quitarme lo que tanto me costó arrebatar a los De la Vega.
Esa noche, no regresé al ático. Me dirigí a un pequeño café en el barrio de las Letras, un lugar donde el lujo no llegaba y donde las sombras eran más honestas. Allí, sentado en una mesa al fondo, un hombre de unos treinta y cinco años, con los mismos rasgos afilados que yo veía ahora en mis propias fotos de infancia, me esperaba.
—Marina —dijo él, sin levantarse. Su voz era profunda, con un rastro de cansancio que me resultó extrañamente familiar—. O debería decir Elena. Vogel hizo un buen trabajo, pero no pudo borrar la mirada de nuestro padre.
Me senté frente a él, manteniendo la mano sobre el arma en mi bolso.
—¿Qué quieres, Gabriel? Si vienes por el dinero de Arturo, llegas tarde. Ya lo he quemado casi todo en abogados y sobornos.
—No quiero el dinero de ese asesino —respondió él, dejando un fajo de planos amarillentos sobre la mesa—. Quiero lo que Arturo le robó a nuestro padre. No solo los edificios, sino su nombre. He pasado diez años en el extranjero construyendo una reputación para poder volver y enterrar el apellido De la Vega bajo el peso de la verdad. Pero no contaba con que tú te adelantarías.
—Hice lo que tenía que hacer para sobrevivir.
—Lo sé. Y por eso estoy aquí. No para pelear contigo, sino para ofrecerte la pieza final del rompecabezas. Arturo no solo robó planos. Robó una tecnología de cimentación que es la que mantiene en pie media ciudad. Una tecnología que tiene un fallo de diseño que él conocía y que ocultó. Si esa información sale a la luz, no solo caerá la empresa, caerá la infraestructura de la mitad del país.
Me quedé helada. La venganza contra los De la Vega era una cosa, pero provocar un desastre nacional era otra. Arturo había dejado una bomba de relojería enterrada en el suelo de la ciudad, y yo ahora era la dueña del detonador.
—Si revelamos eso —dije, mi voz apenas un susurro—, miles de personas perderán sus hogares. La constructora entrará en una liquidación criminal que no podré detener.
—Es el precio de la verdad, hermana —dijo Gabriel, sus ojos brillando con una intensidad fanática—. O dejamos que el mundo siga viviendo sobre las mentiras de un muerto, o lo derrumbamos todo para construir algo honesto.
Regresé a casa con la mente en llamas. Marina estaba frente al espejo, tocándose las cicatrices invisibles de su alma. Tenía el poder total en sus manos, pero ahora debía decidir si usaba ese poder para sanar o para terminar de arrasar con todo, incluso con los inocentes. La sombra de su verdadero padre, Julián Valdés, se proyectaba sobre ella, exigiéndole una lealtad que nunca sintió por Arturo.