El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.
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capitulo 17
Despertar en la cama de Min-ho fue, durante los primeros cinco segundos, la sensación más parecida a la paz que había experimentado desde que aterricé en Incheon. El sol de la mañana se filtraba por el enorme ventanal de Hannam-dong, dibujando líneas de luz sobre las sábanas de seda gris. Él seguía dormido, con el rostro relajado y una mano rozando mi cadera. En ese momento, sin trajes de sastre ni pantallas de ordenador, parecía vulnerable. Parecía humano.
Pero la paz en Seúl es un artículo de lujo con fecha de caducidad.
Me levanté en silencio, intentando no despertarlo. Al pasar por el salón minimalista, vi su teléfono sobre la encimera de mármol. Se iluminó con una ráfaga de notificaciones. No quise mirar, de verdad que no, pero un nombre se repetía en la pantalla bloqueada: Cho Se-bin.
No era un nombre de negocios. O al menos, no sonaba como los nombres de los ejecutivos de la junta. Había algo en la forma en que aparecía, una insistencia silenciosa, que me erizó el vello de los brazos.
—Valeria... —la voz de Min-ho, ronca por el sueño, me sobresaltó desde la puerta del dormitorio.
Se acercó a mí y me rodeó la cintura con los brazos, apoyando su frente en mi hombro. Estaba cálido, pero yo sentí un escalofrío repentino.
—¿Qué pasa? —preguntó, notando mi rigidez.
—Tu teléfono no para de sonar. Alguien llamada Cho Se-bin te ha enviado diez mensajes —dije, intentando que mi voz sonara casual.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba al instante. Sus brazos se aflojaron y se apartó un par de centímetros. El aire de la habitación pareció bajar diez grados de golpe. Min-ho cogió el teléfono, leyó los mensajes y su mandíbula se apretó tanto que creí que se le romperían los dientes.
—Es la hija del presidente del Grupo Cho —dijo, sin mirarme—. Nuestras familias... tenían un acuerdo. Hace años. Antes de que yo me fuera al extranjero.
—¿Un acuerdo? —pregunté, aunque en el fondo sabía perfectamente lo que significaba en este país—. ¿Te refieres a un compromiso?
Min-ho suspiró y se pasó una mano por el pelo, frustrado.
—En Corea, los matrimonios entre grandes familias no son solo romance, Valeria. Son fusiones empresariales. Se-bin y yo crecimos sabiendo que nuestras vidas estaban trazadas. Pero yo rompí ese hilo cuando decidí seguir con mi proyecto en lugar de aceptar la vicepresidencia que su padre me ofrecía.
—Pero ella sigue escribiéndote —señalé.
—Ella ha vuelto de Londres. Y su padre es uno de los principales aliados del Vicepresidente Park. Si Park quiere destruirme, Se-bin es la pieza perfecta.
Me quedé helada. La "pieza" de la que hablaba en mi sueño anoche ya tenía nombre.
El trayecto a la oficina fue un calvario de silencios. Ya no salimos por la puerta de carga; Min-ho insistió en que mantuviéramos las distancias máximas. Al llegar a Han-Guk, me sentí como si entrara en un hormiguero que acababa de ser pateado. Había un movimiento inusual en la planta noble.
Al salir del ascensor, la vi.
Estaba de pie frente al despacho de Min-ho, hablando con su secretaria. Llevaba un conjunto de Chanel blanco que gritaba dinero antiguo y una seguridad que yo nunca tendría en este edificio. Era hermosa, de una belleza pálida y aristocrática, con el pelo negro recogido en un moño perfecto.
Al vernos llegar, sus ojos se clavaron en Min-ho con una familiaridad que me dolió más que cualquier insulto. Luego, su mirada se desplazó hacia mí. No fue una mirada de odio, fue algo peor: fue una mirada de absoluta indiferencia, como si yo fuera una mancha de polvo en el zapato de Min-ho.
—Min-ho —dijo ella, con una voz suave pero que cortaba el aire—. Mi padre dice que no respondes a sus llamadas. Ha tenido que enviarme a mí para recordarte que la cena de la fundación es esta noche.
Min-ho se detuvo a un metro de ella. Su postura era la del Director Kang, pero sus ojos estaban llenos de una fatiga antigua.
—Se-bin, estoy trabajando. La consultora Valeria y yo tenemos una reunión técnica ahora mismo.
—Ah, la española —dijo ella, girándose apenas hacia mí—. He oído que tus ideas son muy... coloridas. Pero en Seúl, Min-ho, el color se desvanece rápido bajo el peso de la realidad. Te espero a las ocho. No hagas que mi padre pierda la paciencia con tu "pequeño proyecto".
Se dio la vuelta y se fue, dejando tras de sí un rastro de perfume caro y una humillación que me quemaba las mejillas. Min-ho entró en su despacho sin decirme una palabra, cerrando la puerta con un golpe seco.
Me senté en mi sitio, sintiéndome pequeña, ridícula y extranjera. Ji-soo se acercó a mi mesa, fingiendo que me traía unos papeles.
—Esa es Cho Se-bin —susurró, con los ojos muy abiertos—. Si ella está aquí, es que Park ha sacado la artillería pesada. Valeria, ten cuidado. La familia Cho es dueña de la mitad de los bancos que financian Han-Guk. Si Min-ho no va a esa cena, el proyecto muere mañana.
Pasé la tarde intentando trabajar, pero las palabras de Se-bin se repetían en mi cabeza: "El color se desvanece rápido bajo el peso de la realidad". ¿Era eso lo que yo era? ¿Un poco de color temporal en la vida gris de Min-ho? ¿Una distracción de la que se cansaría en cuanto las facturas de su ambición empezaran a llegar?
A las seis de la tarde, Min-ho salió de su despacho. Llevaba de nuevo la máscara de hielo. Me miró desde lejos, una mirada rápida, cargada de una culpa que no sabía cómo expresar.
—Tengo que ir a esa cena, Valeria —me dijo cuando pasó por mi lado, lo suficientemente bajo para que nadie más lo oyeran—. No tengo elección.
—Lo sé —respondí, intentando que mi voz no sonara rota—. Es tu mundo, Min-ho. Yo solo estoy de visita.
Él se detuvo un segundo, como si quisiera decir algo más, como si quisiera explicarme que esa cena era una tortura, pero uno de los asistentes de Park apareció por el pasillo y Min-ho siguió caminando.
Me quedé sola en la oficina. La lluvia golpeaba los cristales de Han-Guk, creando un patrón de lágrimas automáticas. Decidí que no podía volver al hotel a esperar. Necesitaba aire. Necesitaba recordar por qué estaba aquí, más allá de un hombre que pertenecía a una dinastía que yo no entendía.
Fui a dar un paseo por el barrio de Ikseon-dong, con sus casitas tradicionales convertidas en cafeterías modernas. Me senté en un rincón oscuro, saqué mi cuaderno de coreano y empecé a escribir palabras al azar. Sarang (Amor). Apeum (Dolor). Gwaecheun (Sueño).
Las palabras se emborronaban con la humedad. Me di cuenta de que, por mucho que aprendiera el idioma, nunca hablaría el lenguaje de los Cho o de los Park. Nunca entendería las alianzas de sangre y dinero que movían los hilos de esta ciudad.
A las diez de la noche, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Min-ho.
Min-ho: "Estoy saliendo. Necesito verte. Estoy en el puente de Banpo, donde las fuentes. Por favor, ven".
Cogí un taxi. El puente de Banpo estaba casi desierto debido a la lluvia y al frío. Las fuentes de colores, que normalmente eran un espectáculo para turistas, estaban apagadas. Allí estaba el sedán negro, con las luces de emergencia parpadeando.
Min-ho estaba fuera del coche, apoyado en la barandilla, dejando que la lluvia le empapara el traje de mil dólares. Parecía un hombre que acababa de salir de una batalla y no estaba seguro de si había ganado o perdido.
—Me han ofrecido un trato —dijo nada más verme llegar—. El padre de Se-bin garantiza la financiación del proyecto durante cinco años. Sin condiciones técnicas. Sin auditorías de Park.
—¿A cambio de qué? —pregunté, aunque la respuesta flotaba en el aire frío entre nosotros.
—A cambio de que yo vuelva al redil. A cambio de que "estabilice" mi vida personal. Quieren que anuncie mi compromiso con Se-bin antes del final del trimestre.
Sentí un vacío inmenso en el estómago. El puente parecía balancearse bajo mis pies.
—¿Y qué les has dicho?
Min-ho se giró hacia mí. Tenía el rostro empapado, pero sus ojos ardían con una rabia que me asustó.
—Les he dicho que mi proyecto no está en venta. Y que mi vida tampoco.
—Min-ho, si rechazas eso... Park te destruirá. Lo has dicho tú mismo. La familia Cho retirará el apoyo y Han-Guk cerrará el departamento de desarrollo en una semana.
Él se acercó a mí y me tomó de los hombros. Sus manos estaban heladas, pero su agarre era firme.
—Prefiero perder la empresa que perderte a ti, Valeria. Prefiero ser un hombre fracasado que puede mirarse al espejo que un vicepresidente exitoso que vive en una mentira de seda. Pero necesito saber una cosa...
—Dime.
—¿Vale la pena? —su voz se quebró un poco—. He pasado toda mi vida construyendo muros para que nadie pudiera hacerme daño. Y ahora, por ti, he dejado que Park y Cho vean mis grietas. ¿Vale la pena luchar por este sueño, o solo estamos retrasando lo inevitable?
Lo miré a los ojos, y en ese momento, no vi al Director Kang. Vi al niño de la playa, al hombre que me llamaba en mitad de la noche porque no podía soportar el silencio de su propia fortaleza.
—No sé si vale la pena por la empresa —dije, acercándome hasta que nuestras frentes se tocaron—. Pero vale la pena por nosotros. Porque si te rindes ahora, Min-ho, el hombre de mis sueños desaparecerá para siempre, y solo quedará una carcasa de cristal.
Min-ho me besó bajo la lluvia de Seúl. Fue un beso que sabía a desesperación y a desafío. En medio de aquel puente oscuro, rodeados por una ciudad que quería devorarnos, nos hicimos una promesa sin palabras: no nos rendiríamos ante los antepasados, ni ante los bancos, ni ante las ex prometidas.
Pero esa noche, cuando regresé al hotel, el sueño fue más vívido que nunca.
No estaba en la playa. Estaba en una sala de juntas inmensa, llena de hombres sin rostro. Min-ho estaba sentado a la cabecera, pero sus manos estaban atadas con hilos de oro que salían de las paredes. Cho Se-bin estaba a su lado, sosteniendo unas tijeras, pero en lugar de cortar los hilos, me miraba a mí y se reía.
—No puedes salvarlo —decía ella en el sueño—. Él es parte del cristal. Y el cristal, cuando se rompe, solo deja heridas que no cierran.
Me desperté con el sonido de mi teléfono. Eran las tres de la mañana.
Un correo electrónico de la central de Madrid. Prioridad máxima.
"Valeria, debido a las recientes inestabilidades en el proyecto Han-Guk y las quejas recibidas por parte de la junta directiva coreana sobre tu conducta personal, la agencia ha decidido suspender tu consultoría con efecto inmediato. Tienes 48 horas para abandonar el país. Tu billete de vuelta está adjunto".
Me quedé sentada en la cama, con la pantalla iluminando mi rostro en la oscuridad. El contraataque de Park no había ido contra Min-ho. Había ido contra mí. Me estaban expulsando de su mundo antes de que pudiera empezar a luchar.
el frío de la pantalla en mis manos y la certeza de que Cho Se-bin y el vicepresidente Park no jugaban limpio. Me quedaban 48 horas en Seúl. Y no tenía ni idea de cómo decírselo a Min-ho.