Valeria Álvarez ha hecho de su vida una fortaleza llena de éxitos.
Arquitecta consagrada, brillante y dueña absoluta de su vida, vive bajo una única norma: nada que la ate, nada que la distraiga, nada que comprometa la libertad que tanto le costó ganar. Sus noches pueden ser intensas, pero siempre breves; su corazón, innegociablemente cerrado.
Hasta que, en una de esas noches sin nombre, un desconocido la hace perder el control que tanto presume dominar.
Un beso que incendia.
Un toque que desarma.
Una decisión impulsiva que no quiere repetir… ni olvidar.
Lo último que espera es verlo entrar a su estudio días después.
Mucho menos descubrir que es su nuevo asistente.
Impuesto. Inamovible.
E hijo de uno de sus inversores más poderosos.
Él es joven, talentoso y peligrosamente seguro de lo que quiere: a ella.
Valeria se aferra a sus límites, a su experiencia, a su distancia.
Pero cada mirada pesa, cada roce la contradice, cada discusión los acerca más de lo que deberían.
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Un incendio anunciado
El deseo y la tensión entre Valeria y el joven podía sentirse en el aire. Y el momento exacto en que Samuel decidió esfumarse fue tan sospechoso como obvio.
—¡Me voy con mis amigos! —anunció de pronto, dándoles una sonrisa tan amplia que parecía decir “ustedes dos se arreglan solos”.
—Sam… —intentó advertir Valeria.
Pero él ya estaba retrocediendo, agitando la mano.
—No rompas nada, nena. O sí. Después me cuentas...
Y desapareció entre la multitud.
Valeria soltó un suspiro, uno que no ocultaba ni fastidio ni incomodidad… sino algo mucho peor: anticipación.
El joven seguía frente a ella.
De pie.
Seguro.
Mirándola como si ya supiera cómo iba a terminar esa noche.
Y Valeria odiaba —y amaba— ese tipo seguridad.
—Tu amigo tiene excelente timing —dijo él, con una sonrisa que era puro atrevimiento.
—Mi amigo tiene demasiada imaginación —respondió Valeria, cruzándose de brazos para fingir control haciendo que sus senos subieran.
Él clavó los ojos en el movimiento.
Ella lo notó.
Él no disimuló y pasó la lengua por sus labios.
—No hace falta tener mucha imaginación —murmuró él—. A veces solo basta con mirar como se debe.
Su tono le recorrió la piel como un roce lento.
Valeria inclinó la cabeza, desafiante.
—¿Y qué exactamente estás mirando?
—Algo que estoy tratando de descifrar —contestó él, acercándose un poco más—. Todavía no decido si eres un peligro… o una provocación.
—¿Y por qué no puedo ser las dos cosas?
El jóven sonrió de lado, y fue la clase de sonrisa que se siente en el estómago.
—Porque no sé si sobreviviría.
El sonido de la música golpeaba, pero entre ellos había un silencio diferente, más espeso, cargado. Las luces del antro iban y venían, dejando ver destellos de sus miradas: la curiosidad de él, la seguridad de ella, y ese tironeo invisible que los empujaba al mismo lugar.
—No deberías mirarme así —dijo Valeria, sin moverse.
—¿Así cómo? —preguntó él, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
—Como si… me conocieras.
Él rió bajo.
—No te conozco. Pero quiero hacerlo.
Hubo un segundo exacto en el que Valeria supo que si hablaba, si daba un paso más, no habría vuelta atrás.
El segundo exacto en que debió detenerse.
Y en el que no lo hizo.
—¿Y qué quieres saber? —susurró ella.
—Todo —respondió él, directo, sin vacilar—. Pero puedo empezar por algo más simple.
—¿Y eso sería?
El joven se inclinó lo suficiente para que su boca quedará sobre la de ella y el aliento de ambos se entremezclara.
—Saber si te quedas conmigo esta noche.
Un latido.
Otro.
Otro.
Valeria sintió algo encenderse bajo su piel, un deseo caliente, familiar, pero a la vez distinto. El chico no era uno de sus encuentros habituales. Había algo más… algo que no quería analizar.
—¿Y por qué debería quedarme está noche contigo? —lo provocó ella.
—Porque se nota que mueres de ganas —dijo él, con la voz más baja que antes—. Y yo también.
No era arrogancia.
Era verdad.
Cruda, descarada y eléctrica.
Ella respiró hondo. Luego sonrió.
—¿Tienes auto?
—Un cuarto privado...—corrigió él, sin parpadear.
Un escalofrío delicioso le recorrió la espalda.
—Guíame —dijo ella finalmente.
El camino hacia el hotel fue una condena lenta a la que ninguno intentó escapar. No se tocaban, pero era como si lo hicieran. Cada paso aumentaba la tensión, cada mirada detenida cargaba la habitación de lo que no se habían permitido todavía.
Cuando subieron al ascensor, él se apoyó en la pared y la observó con un descaro perfectamente controlado.
—No pensé que ibas a decir que sí —confesó él.
—Yo tampoco —respondió Valeria.
—¿Arrepentida?
Ella dio un paso hacia él.
Solo uno.
Bastó.
—¿Parezco arrepentida?
Él exhaló como si le hubieran quitado el aire.
—No. Pareces peligrosa.
—Y tu dispuesto a lastimarte —susurró Valeria.
—Creo que valdrá la pena.
El ascensor se abrió.
Ninguno se movió.
Hasta que él extendió la mano, sin tocarla, solo ofreciéndola.
Ella la tomó.
La habitación era elegante, estaba iluminada por una luz tenue que recortaba sombras en la pared. Apenas cerró la puerta, el muchacho se acercó, pero no la tocó.
Se detuvo a centímetros de ella, esperando.
Provocándola.
—Dilo —murmuró él.
—¿Qué cosa? —preguntó Valeria, fingiendo inocencia, aunque lo sabía.
—Que también lo quieres.
Ella lo tomó por la camisa, acercándolo hasta tener sus rostros casi pegados.
—No pienso decir nada —susurró contra su boca.
—Entonces demuéstralo —respondió él.
Y ella lo hizo.
El beso llegó como un impacto inevitable: un choque de hambre con hambre, una entrega sin promesas, solo necesidad. Él la tomó por la cintura; ella deslizó las manos por su nuca.
No hubo suavidad.
No hubo preguntas.
Solo el entendimiento perfecto de que ambos habían estado esperando exactamente eso.
Los minutos se volvieron borrosos.
La ropa, un estorbo.
El deseo, un idioma común.
Sus lenguas se enredaron en una batalla feroz, saboreando el calor del otro como si fuera el último aliento. Él la presionó contra la pared, sus manos fueron bajando por su espalda hasta apretar sus nalgas con fuerza, levantándola ligeramente para que sintiera la dureza de su miembro contra su vientre. Valeria gimió en su boca, mordiendo su labio inferior mientras sus uñas se clavaban en su cuello, marcando la piel con surcos rojos que prometían más dolor placentero.
Sin romper el beso, ella tiró de su camisa, rasgando los botones que saltaron al suelo como confeti olvidado. Sus dedos exploraron el pecho joven y musculoso de él, pellizcando sus pezones hasta endurecerlos, mientras él respondía desabrochando su blusa con urgencia, exponiendo sus senos llenos que rebotaron libres al caer la tela. La boca de él descendió de inmediato, lamiendo un pezón con avidez, succionándolo hasta que Valeria arqueó la espalda, empujando más contra su rostro.
—¡Joder, no pares! —balbuceó ella, su voz ronca de puro instinto.
Él no paró. En cambio, la levantó del todo, sus brazos fuertes la sostuvieron mientras ella envolvía las piernas alrededor de su cintura. Caminó a trompicones hacia el dormitorio, tropezando con muebles que nadie notó, porque el mundo se reducía a la fricción de sus cuerpos. La dejó caer sobre la cama con un rebote, y en segundos, ambos se despojaron del resto: pantalones, bragas, boxers, todo voló por los aires en un torbellino de impaciencia.
Desnudos por fin, se miraron un instante, jadeantes, los ojos encendidos de lujuria pura. Él era más joven, sí, pero su mirada era la de un depredador que igualaba su fuego. Valeria se incorporó sobre los codos, abriendo las piernas en una invitación descarada, su centro ya húmedo y reluciente bajo la luz tenue de una lámpara. Él se arrodilló al borde de la cama, agarrando sus muslos para separarlos más, y hundió la cara entre ellos sin preámbulos. Su lengua atacó con lamidas rápidas y profundas, chupando el néctar que brotaba de ella, mientras dos dedos se deslizaban en su interior, curvándose para golpear ese punto que la hizo gritar.
Valeria enredó los dedos en su cabello, tirando con fuerza para guiarlo, montando su boca como si fuera una ola que no quería dejar escapar.
—Más...—exigió, y él obedeció, metiendo un tercer dedo, entrando y saliendo con el ritmo justo, su miembro goteando sobre las sábanas.
No pasó mucho antes de que ella explotara, y el clímax la golpeara como un rayo, contrayendo los músculos alrededor de sus dedos mientras espasmos de placer la sacudían. Pero no hubo pausa; él se levantó, posicionando su miembro palpitante en su entrada, y empujó de una vez, llenándola hasta el fondo en una sola embestida.
Ambos jadearon al unísono. Valeria clavó las uñas en su espalda, arañando mientras él la tomaba sin piedad, saliendo casi por completo para volver a clavarse profundamente. Ella levantó las caderas para encontrarse con él, apretándose alrededor de su miembro como un puño, desafiándolo a durar.
Cambiaron posiciones con la fluidez de los amantes que se leen el alma: ella encima, comenzó a cabalgarlo con furia, sus senos se balanceaban mientras rebotaba sobre su longitud, girando las caderas para crear mayor fricción. Él la sujetó por las caderas, embistiéndola desde abajo, sus manos subiendo para apretar sus senos, pellizcando los pezones hasta infringirle un dolor sumamente delicioso.
—Eres el mejor sueño que podría tener —jadeó él, y ella rio, un sonido gutural, antes de inclinarse para morder su hombro, dejando una marca que sangraba levemente.
La noche se extendió en oleadas de sudor y gemidos. La volteó de espaldas, llevándola a clavar las rodillas y palmas sobre la cama, su mano enredada en su cabello para tirar su cabeza atrás mientras la penetraba más fuerte, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. Valeria empujó hacia él, pidiendo más, siempre más, hasta que él la hizo girar de nuevo, colocándola de lado para entrar desde atrás, una mano entre sus piernas frotando su punto de placer mientras la otra jugaba con sus senos.
El clímax los alcanzó juntos al fin, después de horas que parecieron eternas y fugaces a la vez. Él se corrió dentro de ella con un bramido, inundándola de su esencia, mientras Valeria se deshacía en espasmos. Colapsaron entrelazados, sus cuerpos terminaron marcados por mordidas, arañazos ychupetones, y el aire cargado de su esencia compartida.
Esta noche no era solo sexo; era una marca indeleble, un pacto sellado en carne y fluidos. Ninguno olvidaría cómo se habían devorado mutuamente, cómo el deseo los había transformado en algo feroz e inolvidable.
Fue una noche intensa, frenética, de cuerpos buscándose como si el mundo fuera a terminar al amanecer.
Cuando, horas después, Valeria quedó tendida sobre las sábanas, respirando agitada, tuvo un pensamiento tan fugaz como peligroso:
Esto no es buena idea.
Pero quiero repetirlo.
Pero no lo admitió.
Ni siquiera a sí misma.
En cambio, cerró los ojos.
Ignorando que la noche iba a tener consecuencias.
Consecuencias que ella no había previsto.
Ni él tampoco.