En un mundo devastado por una pandemia que acabó con la civilización, Jimena, una enfermera que aún carga con el duelo por la pérdida de su pareja, sobrevive en soledad en la periferia de una ciudad en ruinas. Su existencia se limita a cuidar de un pequeño grupo de marginados: un anciano con una herida incurable, una mujer que ha perdido la razón por el dolor, y una niña salvaje que vive escondida.
Su monótona y silenciosa rutina se rompe cuando Iván, un joven mensajero, llega para pedir su ayuda. En ese momento conoce a Mateo, la persona que hará que todo en su mundo cambie.
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Capítulo 17
Cuando emprendieron el regreso, el sol comenzaba a declinar. Jimena caminaba en silencio, agotada pero en paz. Había visto a los suyos, estaban bien, o tan bien como podían estar. Y ahora volvía al mercado, a los niños enfermos, a la lucha diaria por la supervivencia.
—Gracias —dijo de repente, dirigiéndose a Mateo—. Por acompañarme. Por no juzgarlos.
—Son tu gente, eso es suficiente para mí.
Jimena lo miró, y en sus ojos vio algo que no esperaba: respeto, admiración, y quizás, solo quizás, el principio de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
—Carlos —dijo Mateo, rompiendo el silencio—. ¿Cómo era?
La pregunta la tomó desprevenida. Por un momento, el nombre resonó en su cabeza como un eco lejano, y sintió el dolor familiar en el pecho. Pero esta vez, algo era diferente. El dolor seguía ahí, pero no era tan agudo. Como una herida que empieza a cicatrizar.
—Era luz —dijo al fin—. Siempre estaba contento, siempre encontraba motivos para reír. Incluso en los peores momentos, cuando el hospital estaba lleno y la gente moría a nuestro alrededor, él encontraba algo bueno que decir. Me enseñó a ver el lado positivo de las cosas, luego, cuando él se fue, se me olvidó.
—No se te olvidó, solo lo escondiste, para no sufrir.
—Puede ser.
—¿Qué te enseñó?
Jimena pensó. Había tantas cosas: la paciencia, la bondad, la forma de escuchar sin juzgar. Pero eligió la más simple.
—Me enseñó que la gente no necesita que la salven. Necesita que la acompañen.
Mateo asintió.
—Esa es una buena lección.
—¿Y tú? —preguntó Jimena—. ¿Qué te enseñaron los tuyos?
Mateo tardó en responder. Caminaban despacio, como si quisieran alargar el momento.
—Marta me enseñó a ser paciente. Elena me enseñó a ser valiente. Y las dos me enseñaron que no hay nada más importante que estar presente. Yo fallé en eso. No estuve presente cuando me necesitaban.
—No fallaste, hiciste lo que pudiste.
—Eso me dices tú, pero no me lo creo del todo.
—Yo tampoco me lo creo cuando me dicen lo de Carlos. Pero con el tiempo, aprendes a repetírtelo hasta que suena de verdad.
Mateo la miró, y por un instante, Jimena vio en sus ojos la misma duda, la misma culpa, la misma lucha que ella llevaba años librando.
—¿Y funciona? —preguntó.
—A veces, otras no, pero sigo intentándolo.
Caminaron en silencio un rato. El camino de vuelta se hizo corto, y cuando llegaron al mercado, la noche ya había caído. Pero esta vez, Jimena no sintió miedo al cruzar la barricada. Esta vez, sintió que volvía a casa.
En la puerta de su habitación, Mateo se detuvo.
—Jimena.
—Dime.
—Lo de Carlos… no fue tu culpa.
—No lo sé. A veces creo que sí, que pude hacer algo más.
—No pudiste, él lo sabía. Por eso se quedó contigo hasta el final, porque sabía que harías todo lo posible.
—¿Cómo sabes tanto de pérdidas?
—Porque también he perdido. He aprendido que los muertos no se van del todo. Se quedan aquí —se tocó el pecho—. Y hay que aprender a vivir con ellos.
Se quedaron en silencio, mirándose a los ojos. Jimena sintió que el corazón le latía con fuerza, que algo se movía dentro de ella, algo que había estado dormido durante tres años.
—Buenas noches, Mateo —dijo.
—Buenas noches, Jimena.
Cerró la puerta y se apoyó en ella, sintiendo el latido de su corazón en las sienes. Afuera, los pasos de Mateo se alejaban por el pasillo. Por primera vez en mucho tiempo, Jimena sintió que no estaba sola.
No del todo.